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sábado, 26 de mayo de 2012

Crónica personal (III), por Ricardo Serrano

Mis días en bachillerato no fueron muy buenos. Yo era retraído, demasiado flaco, no jugaba fútbol, tenía problemas socializando y no tenía mucha suerte con las chamas, algo que no es que haya cambiado mucho. Mis días en esa época se dividían entre la escuela y la natación, nadaba en el Club Miramar. EL club era enorme, tenía tres piscinas, tres canchas de tenis, un cine al aire libre, bowling, muchas áreas verdes y una playa. De ahí recuerdo los mejores atardeceres que he visto en mi vida.
En bachillerato hice pocos amigos ahí, pero esas amistades quedaron para siempre y ahora somos más unidos que nunca, yo veo a mis dos mejores amigos como hermanos. Conocí a Ariana un día que nos peleábamos por un trabajo, ella es la persona más tremenda que he conocido. A Ariana le encantaba hacer travesuras y no tenía miedo a hacérselas ni a los adultos. El día que nos peleamos fue porque por algún motivo ella me rompió un dibujo que había hecho para una clase, la profesora nos castigó y nos mandó a quedarnos en el almuerzo encerrados en el salón. No nos quedó otra que hablarnos y al final del recreo ya éramos amigos. Ariana me manipulaba mucho en bachillerato, pero había algo en ella que me hacía aguantarle las manipulaciones. Ella era irreverente, era diferente a los demás, no tenía límites en criticar y decir cualquier cosa; y para mí, que era una persona más bien retraída, ella me hizo cambiar un poco mi actitud ante la vida. Una tarde que estábams reunidos en mi casa haciendo un trabajo del colegio, Ariana decidió llamar a un compañero de la escuela y decirle que nos estaban secuestrando en la casa. A los veinte minutos vimos al chamo llegar con sus papás a la casa a tratar de salvarnos. Ariana y yo no podíaamos parar de reírnos, pero Ariana salió y actuó, puso cara de trauma y voz de susto y le salía tan natural que los papás se lo creyeron y pensaron en llamar a la policía, pero Ariana logró persuadirlos diciéndoles que ya lo habíamos hecho. Aparte de todo esto, Ariana compartía conmigo los mismos gustos en música y era muy raro conocer a una niña que le gustase tanto el rock como a mí.  Los papás de Ariana son muy adinerados, así que ella era muy consentida, tal vez a eso se deba su actitud irreverente. Pero al mismo tiempo, cuando Ariana estaba conmigo hablaba de temas que no podía hablar con mis otros amigos, como de política, que desde muy niño me interesó. Nunca se me olvidará una época por la que nos dio a salir a montar bicicleta en las tardes por el campo y a veces bajábamos a la playa. Más de una vez nos bañamos con ropa, llegábamos mojados a la casa de Ariana y nos secábamos. Cuando conocí a Ariana ella era rellenita, o sea una gordita con cara bonita; pero no fue mucho después de conocerla que se puso a hacer ejercicio y rebajó. Hoy en día es una mujer muy atractiva, sigue con su actitud irreverente pero muy madura a la vez, y ya no es tan tremenda.
Mi otro gran amigo es Orlando. A él lo conocí desde cuarto grado. Orlando es de temperamento calmado, muy moralista y le gusta como a mí hablar de política y música. En esa etapa de mi vida me dio por bajar mucha música, sé que es algo normal en todos los adolecentes, pero creo que yo lo hacía más que el promedio. Además, la música que escuchaba era diferente a la de muchos. En mi casa, por más que pueda sonar un poco chocante o sifrino el comentario, no se escucha música venezolana y muy poca música latina. Mi mamá en su adolescencia era fanática de Led Zeppeling, Pink Floyd y Supertramp. Mi papá de AC/DC,  The Police y Santana. A los diez años mi papá me puso The Wall (musical de Pink Floyd) y poco después Tommy (musical de The Who). Así fue como desde pequeño se me moldeó el oído al rock y al pop. Al principio escuchaba las canciones que se me pegaban de mi casa, pero luego me fui amoldando a mi propio gusto musical. Si hay un CD que encierre mi años en bachillerato es “Supernatural” de Santana. Cuando salió ese CD me compré el disco y el DVD del concierto. No podía dejar de escuchar “Smooth” con Rob Thomas, incluso hasta el día de hoy sigue siendo una de mis canciones favoritas. Recuerdo que guardaba el dinero que me daban para comer en la cafetería del colegio y lo reunía para comprar mis CDs. Cuando tenía los 40 mil bolívares reunidos me iba a pie o en bicicleta a la única tienda de CDs en Punto Fijo, que se llama Eureka. Así fue como compré “Contraband” de Velvet Revolver, “Get Born” de Jet, “Californication” de Red Hot Chilli Peppers y “No Angel” de Dido. Para aquel entonces no existía la moda de bajar música como ahora, así que me acuerdo de que las escuchaba todas por la página web de Yahoomusic.com. Gracias a esa página y a ver Much Music todos los días llegué a dar con artistas y grupos que marcarían mi vida. Así fue como llegué a conocer a mis dos grandes ídolos: Aerosmith y Madonna. La primera canción que escuche de Aerosmith fue “Crazy” y me cautivó el carisma y la voz de Steven Tyler combinado con los solos de guitarra de Joe Perry. Me encantaba que era una banda de rock pero que al mismo tiempo era muy versátil. Podía pasar de escuchar “Rag Doll” o “Dude Looks Like a Lady” cuando me sentía energético con ganas de gritar, a escuchar “I Dont Wanna Miss a Thing” cuando me sentía con los ánimos caídos. De Madonna me gustaba su irreverencia, sus chistes políticos y por supuesto sus canciones; era la música pop en su mayor expresión. Una canción que asocio mucho con mi tiempo en Punto Fijo es “American Pie” (la versión que Madonna sacó). La repetía y repetía sin dejarla de cantar.
Luego en el 2002 ocurrió un hecho que marcaría un antes y después en mi vida. Ya nunca volvería a ser el mismo: El paro petrolero. Yo tenía doce años. A mi mamá, como ya antes lo mencioné, siempre le apasionó la política. Todos los mediodías nos sentábamos a comer viendo el noticiero y recuerdo a mis papás discutiendo de las cosas que pasaban en el país. Yo, como cualquier niño, no conocía el tema a profundidad, pero por mi mamá siempre me llamó la atención la política. En mi casa me inculcaron desde pequeño que había que estar interesado en los temas sociales que nos afectaban a todos, quitar ese cierto tabú que la gente crea alrededor de la política. Creo que mi pasión en aquel momento por la naturaleza mostraba de alguna manera, aunque nunca me gusta auto-elogiarme, que yo quería ser proactivo con problemas que afectaban a mi entorno. Yo para ese entonces tenía trece años, no tendría la inocencia de un niño chiquito, pero creo que aún conservaba una mente menos contaminada que la que tengo ahora de joven… Y Chávez siempre me inspiró, desde que lo vi, malicia. Me acuerdo que el día de las elecciones presidenciales en 1998, casi todos los hermanos de mi mamá votarían por Chávez y ese día yo hice un dibujo de todos los candidatos. Por algún motivo le dibujé a Chávez unos cachos. A los diez años en una carta que le hice al niño Jesus en el año 2000 escribí textualmente: “Niño Jesús, este año antes de pedirte cosas materiales te pido el bienestar social y económico para todos los venezolanos, a excepción de algunos” (esto lo pude ver recientemente, debido a que mi mamá guardo todas las cartas).
En el 2002 comenzaron los problemas con los trabajadores de PDVSA. Por primera vez un presidente nombraba a dedo los cargos de la compañía, se comenzaba a oír la palabra “meritocracia” en las protestas que hacían los trabajadores de la empresa en Caracas durante los tiempo de almuerzo. Pronto se organizaron los trabajadores del CRP (Centro de Refinación Paraguana) y ahí entraba mi mamá. El 7 de abril del año 2002, estábamos David y yo en el cuarto de mi abuela viendo una película en RCTV, cuando de repente comenzó una cadena. Esa sería la famosa locución donde Chávez sacaría un pito y despediría, en cadena nacional, a todos los gerentes principales de PDVSA. El clima se fue poniendo más tenso, para finales de año mi mamá pasaba muy poco tiempo en la casa. Ella estaba, al igual que mi papá, dedicada de completo a la protesta civil. Recuerdo claramente una noche que mi mamá me llamó y me pidió que entrara a su cuarto, porque tenía algo importante que hablar conmigo. Se sentó en el borde de la cama; seguro venía de alguna actividad relacionada con la protesta porque cargaba su koala y gorra de Gente del Petróleo, que se había vuelto prácticamente su uniforme. Me preguntó si yo sabía lo que pasaba. Le dije que sí, pero para aquel entonces yo solo veía el problema como un problema directo con Chávez, no sabía lo que pasaba en la empresa, ni las razones sociales y políticas por las que realmente se oponían mis papás al gobierno. Mi mamá comenzó hablarme y me dijo que ella quería que yo estuviese enterado de lo que pasaba y quería saber si estaba de acuerdo, porque sus acciones tendrían una consecuencia en nuestro día a día. La conversación cada vez se tornaba más seria, la mirada en mi mamá era una que no le había visto antes. No era la furia que se le veía en los ojos durante las problemáticas entregas de boletas en el colegio o cuando raspaba un examen, esto era otra cosa, eran ojos de temor, de incertidumbre y era primera vez que veía eso en ella; porque mi mamá, si me inspiroó algo toda la vida, es que ella mantenía el control sobre todo, era parte de su personalidad matemática y calculadora. Me explicó lo que Chávez trataba de hacer con la empresa y me dijo lo importante de tener ética en la vida. Recalcó que hacía esto por David y por mí, que por eso era tan importante que nosotros entendiéramos lo que pasaba. Mi mamá era gerente del taller mecánico en la refinería, si se hubiese quedado seguramente la habrían ascendido a un puesto mucho más alto. Para ese entonces nosotros vivíamos una vida muy cómoda. Económicamente hablando, esta protesta ponía en riesgo esa estabilidad económica que teníamos en mi casa. Pero fue ahí que mi mamá me dijo que si no se unía a la protesta luego no podría exigirme ser fiel a mis convicciones y valores.  Luego de una larga conversación sobre valores y ética, mi mamá me advirtió que si se sumaba al paro, las cosas cambiarían en nuestras vidas, ya no podríamos salir tanto fuera del país de vacaciones, habría que hacer algunos ahorros en las compras diarias y en los lujos como los juguetes, etc. Todas cosas muy banales y superficiales, pero que para la vida de un niño a veces son importantes. No es fácil para un padre decirle a un hijo que no podrá ofrecerle el estilo de vida que quiere darle, quitarle lo que por tanto años lo acostumbraste a tener. Pero yo tampoco estaba tan alienado de la realidad, yo veía noticias y sabía con quién se estaba enfrentando mi mamá y por qué lo hacía. Sin dudarlo le demostré mi apoyo y me tomé la protesta como algo personal. Para mí, la gran diferencia de la lucha de los ex PDVSA con los demás problemas que han tenido los trabajadores de muchas otras empresas a lo largo de estos trece años, como los doctores, maestros, obreros, trabajadores de las industrias expropiadas, etc; está en que los petroleros se pararon por una cuestión de ética profesional y valores, nunca fue una lucha por un aumento de sueldo o condiciones laborales. Eso para mí la hace mucho más relevante. 
Creo que el paro pegó de una manera más fuerte en Falcón por dos razones: Primero, por ser un pueblo que gira en torno a la compañía petrolera y esa refinería es, de hecho, la más grande del mundo. O sea, si el CRP se paraba, PDVSA entera se paraba. Segundo, creo que el hecho de que Punto Fijo era un pueblo, lo hacía todo un gran infierno. Todos compraban la comida en el mismo supermercado, todos iban los fines de semana al mismo centro comercial, al mismo cine, al mismo McDonald’s, todos tenían a sus hijos en la misma escuela. En fin, el opositor no podía excluir al chavista de su vida y viceversa. Para el once de abril del 2002 yo llevaba días asistiendo a marchas con mi papá. El diez de abril me había salvado por segundos de unos perdigones, gracias a que corrí y me escondí debajo de un camión de perro calientes. Días antes mi mamá se había reunido con el presidente de PDVSA de aquel entonces, y había exigido la renuncia de los generales impuestos a dedo por Chávez. El once me acuerdo que la consigna era “ni un día mas”. Pusieron unas cornetas en la marcha donde escuchábamos qué decía Chávez y donde un vocero nos relataba qué pasaba en Caracas.
El dos de enero del año 2003 botaron a mi mamá de PDVSA. Las protestas, como era de esperarse, se intensificaron y mi mamá cada vez agarraba más protagonismo en el polo opositor de Punto Fijo, creo que debido a su facilidad para expresarse. Constantemente salía en los periódicos y televisoras locales. Recuerdo haberla visto en un programa de Falconia, un canal local que tenía tendencia chavista y ver cómo varios comentaristas insultaban a mi mamá. Era algo totalmente surreal pero a la vez, tengo que admitirlo, me resultaba emocionante. Todo eso de las marchas, los cacerolazos, era algo que para un niño puede resultar algo más bien divertido. Yo ya veía a Chávez como Darth Vader y cuando salíamos a marchar me sentía como uno más del ala rebelde.
Luego ocurrieron los hechos de la urbanización Los Cemerucos, un conjunto de casas para los empleados de PDVSA. La Guardia Nacional se apareció un día y empezó a sacar a las familias de sus casas a la fuerza. Suspendieron las clases en los colegios, y se formó una especie de guerra civil en el conjunto residencial que duró por semanas. Mis papás dormían acampando en un parque infantil de la urbanización. Todos los días escuchaba de papás de compañeros de estudio que se los llevaban presos. Veía los testimonios de amigas de mi mamá que lloraban con impotencia al no saber a dónde irse a vivir. Literalmente a esta gente la dejaban en la calle, no les habían pagado sus prestaciones, muchos de ellos endeudados porque nunca imaginaron que esto pasaría. Gracias a Dios este no sería el caso de mi familia. Recuerdo el testimonio de una amiga de la familia, que por cierto había sido nuestra antigua vecina en la urbanización de tráilers, y contaba cómo los guardias le lazaban bombas al cuarto del bebé, en el que claramente se veía que había una cuna. La señora relató cómo un guardia se bajó el pantalón para orinar en la entrada de su casa y le gritó al verla: “¡Tú necesitas a un macho, no al marico de tu marido!”. Luego, recuerdo las noches en las que íbamos a visitar a los amigos de mis papás a la cárcel. Poco después mi colegio convocaría a una reunión para decirles a los representantes que estaba quebrado, esto debido a que casi la totalidad de los estudiantes eran hijos de ex – PDVSA y la mayoría ya no tenía ni con qué pagarle la escuela a sus hijos. Al lunes siguiente de esa reunión recuerdo los comentarios de las mamas de compañeros que se habían puesto a llorar en plena reunión rogándole a los representantes de la escuela para que no la cerraran.  
El problema se extendió hasta el paro nacional convocado por la CTV y Federcámaras, para el que montaron la Coordinadora Democrática, que diariamente mostraba un reporte de cómo se cumplía el paro a nivel nacional. Mi mamá siempre salía de vocera del CRP. Pasó el tiempo y recuerdo que la mayoría de la gente en nuestro entorno fue abandonando Punto Fijo. La mayoría se fue del país, otros se mudaron a sus ciudades de origen. Pero mientras todos se movían, mi mamá seguía de fondo trabajando con Gente del Petróleo. Se creó la Red en Positivo, que era una campaña de concientización a los venezolanos de la situación que se vivía en el país, de cómo los medios de PDVSA no se veían invertidos en el pueblo. Recuerdo haber escuchado una vez a mamá decir que ella se sentía culpable, porque antes de Chávez ella nunca había participado en nada político, y que desde que trabajaba en PDVSA nunca se había detenido a pensar en si de verdad estaban siendo bien invertidos los recursos, pero que al mismo tiempo la idea no era quedarse enfrascado en los errores del pasado, sino mas bien tomar una actitud proactiva hacia la vida y buscar el cambio.  Al ver que las cosas no cambiaban, mi mamá cayó en una crisis depresiva que nos afectó a todos en la casa. Para una mujer como ella, que había sido excelente estudiante, y que había luchado para obtener el cargo que tenía en PDVSA, no estaba acostumbrada a recibir el fracaso con tanta frecuencia. En el año 2004 un amigo le propuso montar una compañía de mantenimiento mecánico a plantas. La compañía fue un fracaso por que Chávez se aseguró de amenazar a todas las compañías nacionales en no contratar a ex –PDVSA. Fue así como mi mamá consiguió trabajo con Ecopetrol en Colombia. Por esos años fueron varias las semanas que mi mamá pasaba afuera de la casa. Y luego ese mismo año consiguió un contrato por seis meses en Indonesia y Singapur. Lo tomó y, aunque fue muy fuerte la lejanía, creo que estar de vuelta a su trabajo le hizo bien.
Aún con todos estos trabajos, mi mamá seguía muy activa con su lucha política y, un día saliendo de una reunión con líderes de Gente del Petróleo, le dispararon. Gracias a Dios logró salvarse de que la bala le diera. Tiempo después le llegó a mi mamá una propuesta de trabajo en Canadá. La primera respuesta de mi mamá fue negativa, ella no quería dejar a su país, ni a su familia. Pero mi, papá preocupado por su seguridad, la convenció, y fue así como en marzo del 2005 estaba montándome en un vuelo con destino a Alberta, Canadá.

viernes, 25 de mayo de 2012

Crónica personal (II), de Ricardo Serrano

A los siete años, PDVSA, la empresa donde trabajaba mi mamá, decidió mandarla por un año y medio a vivir en Estados Unidos. Así que nos mudamos por ese tiempo con mi abuela. Ése, yo lo consideraría uno de los mejores años de mi vida, y creo que igual opinan mis papás y mi abuela. Mi mamá trabajaría unos meses en California y luego en New Jersey, así que para enero de 1997 yo estaba aterrizando en Los Ángeles. Yo soy muy nacionalista, pero si hay un lugar con el que le “montaría los cachos” a Venezuela sería con California. Ahí se respira un ambiente feliz, es el estado hippie por excelencia, hay mucho colorido y paisajes hermosos. California está llena de bulevares y pueblitos cerca del mar, con tienditas únicas manejadas por dueños  locales, bellos atardeceres, y carreteras largas que bordean el mar. Todos los fines de semana salíamos a un paseo nuevo: Santa Bárbara, San Francisco, Hollywood, Laguna Beach, Sacramento, Yellowstone, Mammoth Lakes… Todos los conocimos montados en un Toyota Corolla. Recuerdo que las carreteras eran larguísimas, y siempre escuchábamos un CD del soundtrack de la película “Blues Brothers” que ponía mi papá y uno de los clásicos de Sinatra que ponía mi mamá. De California recuerdo los puestos de donas, la gente rara, los punketos, los homosexuales (era algo nuevo para mí). Incluso recuerdo haber escuchado a mi mamá y abuela hablar de lo extraño que era ver a una pareja lesbiana de tercera edad, que vivían cerca de nosotros, agarrase de mano y besarse en público. También recuerdo los años nuevos en el barrio chino de San Francisco.
Mi escuela me gustaba, no me costó tanto adaptarme y ya tenía una base de inglés porque en Venezuela yo había estado en un curso. Claro, no lo hablaba bien, pero entendía y me defendía. A mi abuela, que es maestra, la escuela la llamó como voluntaria para ayudar a los niños hispanos, y así fue que pasó sus días ocupada. Mi papá, que no tenía licencia para ejercer allá, consiguió un trabajo en un laboratorio dental. Se hizo muy amigo del dueño del laboratorio, quien nos invitaba constantemente a pescar en su bote. Me acuerdo de que cuando salimos con él siempre parábamos en unas casas flotantes que estaban en medio del mar para comprar carnada.
Luego de unos meses nos mudamos a New Jersey, e íbamos todos los fines de semana a New York de vacaciones. New York es una de mis ciudades favoritas. El año que vivimos en New Jersey pasamos el año nuevo allá. New York en diciembre tiene un ambiente único, sobre todo las vitrinas temáticas de los locales decoradas con muñecos que se mueven. Recuerdo una en especial de Macy’s sobre el cuento del señor Scrooge, cada vitrina tenía una escena diferente del cuento. Me acuerdo que varias veces patiné sobre hielo en el Rockefeller Center con mi mamá, a quien le encanta patinar. Decidimos ir a recibir el año nuevo en Time Square. La calle estaba repleta de gente, el frío era bastante fuerte y recuerdo que nos paramos justo al lado de una pizzería que trabajaría esa noche 24 horas. Por pura casualidad nos conseguimos con un grupo de venezolanos que estaban al lado de nosotros esperando el año ahí también. El frío estaba tan fuerte que mi papá decidió agarrar una caja de cartón que vio en una esquina y meternos a David y a mí adentro, técnica que es aplicada por los indigentes de New York para contrarrestar el frío en invierno. Para el año en que nos mudamos a Estados Unidos (que fue 1997), se estaba estrenando la película Godzilla, y en una de las escenas recuerdo que aparecía este monstruo aplastando Time Square. Por eso, al momento en que llegó la hora de darse el feliz año, me dio miedo mirar hacia arriba y decidí mas bien sentarme en la caja. Las luces, los adornos gigantes en las calles, el árbol gigante y la música navideña en cada tienda, hacen para mí de esa ciudad uno de los mejores destinos en el mes de Diciembre.
De esa época recuerdo haber tenido una fiebre por Batman; veía con David las comiquitas y mi papá nos compraba las historietas y nos las leía todas las noches. Mi mamá nos compró unas pijamas de Batman y Robin a David y a mí y no nos las quitábamos ni para ir al supermercado. De New Jersey el recuerdo que me queda es el Toys R Us que nos quedaba cerca de casa. Podíamos pasar horas ahí y lo mejor era que dejaban probar la mayoría de los juguetes. También recuerdo el patinar en hielo sobre los lagos congelados en invierno.
El año en Estados Unidos lo aprovechamos muy bien, logramos recorrer varios estados en carro y mi papá aprovechó para llevarnos de camping casi todos los meses. En una ocasión fuimos a conocer el Gran Cañón en Arizona. Decidimos acampar y en la noche empezó una tormenta con lluvia y mucho viento. No podíamos dormir, mi papá de repente salió porque escuchó algo y de inmediato se volvió a meter cuando vio que se trataba de una manada de coyotes que pasaba por el lugar. Son muchos los recuerdos que me quedan de salidas a acampar que hicimos durante ese año.
Los recuerdos que tengo al regresar de Estados Unidos están ligados con la construcción de mi casa en Punto Fijo. Antes de irnos por ese medio año a Estados Unidos, mis papás habían comenzado a construir una casa en Punto Fijo, buscando tener más comodidad y espacio del que teníamos en el tráiler. La casa había sido diseñada por ellos y con la ayuda de una tía que es arquitecto. Mis papás querían una casa con un estilo rústico pero a la vez moderno. Cuando compraron el terreno lo hicieron en una zona vacía que quedaba cerca de una urbanización, se pusieron de acuerdo con varias de las parejas amigas de ellos para que todos construyeran sus casas ahí. Al final, por razones distintas, los únicos que terminaron construyendo ahí fueron mis papás, así que mi casa quedó sin vecinos rodeada de puro monte. Recuerdo haber acompañado a mi papá a ver dónde mandaba a hacer el suelo de la casa. Ellos querían poner baldosas de arcilla y se las mandó a hacer a un señor que vivía en un caserío de la Península. Me acuerdo de que las hacía en un horno de bahareque con una mezcla de lodo que se usa para construir casas, que quedaba al lado de su casita. Por lo rústico del lugar, sobre las baldosas caminaban chivos, gallinas, gatos y perros, así que luego cuando caminaba por la casa podía ver las huellas de estos animales en el piso de mi casa. La península de Paraguaná está llena de casitas coloniales hechas de bahareque a punto de caerse, así que otra de las cosas que hice con mi papá fue buscar ladrillos de las que ya estaban caídas, para construir una pared interna de la casa que daba a la sala y otra que quedaba en el living room. Era meramente decorativa, pero el contraste de la pared con ladrillos antiguos, descolorados y la pared blanca le daba un toque muy hogareño a mi casa. Para mí esa siempre será mi casa, mis papás la construyeron pensando en que nunca se mudarían de ahí, así que no dudaron en invertirle años de trabajo para hacerla un lugar caluroso y bonito. Mi lugar favorito era el estudio, tenía una gran ventana que daba hacia el jardín, pero lo que la hacía tan especial era que estaba cubierta por unos estantes que habían mandado a empotrar en las paredes para poner los libros. Mi mamá organizo la biblioteca de la casa por géneros y cada estante estaba decorado con un adorno de diferentes países. Mi casa era muy verde, tenía un jardín interno justo al lado de la cocina con palmeras y maticas de café. Desde que nos mudamos a la casa comprábamos tortugas y las dejábamos ahí. Nunca les daba de comer, imagino que vivían de los insectos que atrapaban. El jardín de la casa era grande, a un costado del patio frontal de la casa mi papá había sembrado un sauce llorón y en el jardín de atrás había una piscina y varias palmeras. Sin lugar a dudas, algo que hacía a la casa más fresca era la entrada. El terreno que mi casa tenía en frente era de la alcaldía, o sea que nadie iba a construir una casa ahí. Por ello mi papá decidió usarlo para sembrar distintos árboles. Habían Mangos, Cemerucos, Acacias, Cujíes, un árbol de la vida, y una hilera de Nins en la acera de mi casa que hacían un arco natural en la calle. Daba la sensación de que entrabas en un túnel natural cuando llegabas a la calle. Para ese entonces, yo estaba en los Boyscouts. Era guía en el zoológico de Punto Fijo, decía que quería ser veterinario y me apasionaban los animales. Unos de mis pasatiempos era salir al monte alrededor de mi casa a atrapar lagartos, iguanas y culebras para ponerlos en peceras. Se me ocurrió que quería hacer un grupo de protección al ambiente e hice una lista para inscribir a los miembros, que eran apenas cinco: mi mamá, mi papá, mi abuela, David y mi amigo Jhonny. Mi papá le pagó a la misma empresa que le hacía sus tarjetas de presentación para que me hicieran unas a mí, y me llevó una tarde a la papelería que las hacía para que diseñara las tarjetas. El grupo se llamaba RAM (Rescate Al Ambiente). No tardó en que se me ocurrieran las primeras obras de RAM. La primera fue construir una laguna en el terreno que quedaba en frente de mi casa y poner un contenedor de reciclaje. Luego de semanas de pedirle a mi papá que lo hiciéramos, accedió y lo construimos, pero terminó siendo un lugar para que los mosquitos pusieran sus larvas. La segunda fue una recolección de basura, así que un fin de semana salimos mi papá, mi mamá, David y yo a recoger la basura en las calles cerca de mi casa, cada uno con una bolsa negra en la mano. Pero el proyecto más ambicioso de RAM era construir una reserva ecológica en la laguna de Guaranao, que queda en pleno centro de Punto Fijo. La laguna quedaba al lado de la autopista y cada vez que pasaba podía ver flamingos, corocoros, gaviotas y tijeretas paradas en los mangles. Pero la laguna queda al lado de un barrio que la usa como desagüe. Así que dibujé un día un plano del proyecto y llamé a un familiar de mi abuela que fue el fundador del Parque Universal de La Paz en Caricuao, y le pedí que me ayudara. El señor obviamente por educación y simpatía me siguió la corriente, pero nunca se lo mandé.

jueves, 24 de mayo de 2012

Crónica personal, por Ricardo Serrano.

Sé que sonará cliché, pero realmente cuando en la clase de crónica me mandaron a hacer un trabajo sobre mi vida, lo primero que pensé es que no tenía prácticamente nada sobre qué escribir. Al sentarme en frente de la computadora para comenzar a escribirla, después de haberme inventado como 30 idas a la cocina para “hacer algo”, el primer nombre que se  me ocurrió para darle a este escrito fue: “Te reto a que la leas sin dormirte”. De hecho, algo que he venido criticando en los últimos años es que a las celebridades tanto de Hollywood como venezolanas les ha dado por una fiebre o moda de sacar libros autobiográficos, cosa que sinceramente a muchos les queda como grande. Desde Keith Richards hasta Justin Bieber ha llegado la gama de artistas que han decido hacer de la autobiografía una manera más de comercializar su fama. Pero lo cierto es que si a algunas de estas biografías las puedo considerar aburridas, ni siquiera tengo calificativos para decir qué opino de una crónica sobre la mía. Ciertamente esto es algo que me toca una yaga: No cabe duda de que, a sus 16 años, Justin Bieber ha vivido tres veces más de lo que yo a mis 22. Trato de evitar tocar ese tema porque soy parte de una generación que vive en un alto nivel de competitividad y que no tiene límites. Lamentándolo mucho, lo que me caracteriza a mí con mi generación no es el ser exitoso en la competencia, sino más bien el sentimiento constante de ansiedad que siento  al saber que me estoy quedando atrás mientras otros avanzan.
Bajándole dos al comentario Emo y yendo al grano como dicen, ya advertidos del alto nivel de aburrimiento en el que se están metiendo al leer esto (no indicado para lectores con sueño ligero), hablare sobre mí porque, después de todo, esta es una crónica de mi vida.
Yo nací el tres de Abril de 1990, en la clínica Paraíso de Maracaibo. Me llamo Ricardo. Sólo Ricardo, sin segundo nombre. El nombre era originalmente de un novio que tuvo la tía mayor de mi mamá. Cuando mi abuela fue a tener a mi mamá y a su morocho, mi tía (en aquel momento empatada con Ricardo) le sugirió a mi abuela ponerle ese nombre al morocho de mi mamá. Así fue y años después, mi tío Ricardo desarrollaría un interés por las motos, incluso llegando a participar en carreras de motocross, pero lo cual lamentablemente cerraría con un trágico accidente que lo llevó a la muerte y que dejaría marcada por siempre a mi mamá. Así que en honor a él mi mamá me puso su nombre. Mi madre se llama Mary Luz y mi padre Víctor. Ambos, junto a mi hermano David, son lo más importante en mi vida. Hablaré primero de mi mamá. Esto se debe a que no cabe ninguna duda que mi personalidad, mis grandes defectos, mis grandes fortalezas, mi forma de hablar, mis gustos y mis miedos; todos, unos más que otros; de alguna forma tienen la firma de ella. Mi mamá es una mujer que sin lugar a dudas sobresale del montón, y no lo digo por ser su hijo, ni queriendo decir que esto sea bueno o malo. Ella es una mujer de carácter fuerte y de personalidad muy independiente, pasional, pero sobre todo perfeccionista. Mi mamá es ingeniera mecánica, posee un alto sentido común y es muy analítica. Le interesa mucho la política y es muy exitosa en su trabajo. Creo que su cara refleja muy bien su personalidad, ya que tiene un rostro muy perfilado, una nariz delgada, una mirada seria y feroz, y dos rayitas en la frente que aprieta cuando está pensando. Mi papá, su antítesis, es un hombre que habla calmado. Es odontólogo y disfruta mucho de su profesión. Le gusta hacer deportes y montañismo, nada, hace yoga y tai chí. De él aprendí a amar la naturaleza, tomé la pasión por la natación, y heredé sus canas, pero lamentablemente no la paciencia.  Él tiene el pelo blanco, ya que al igual que a mí le salieron canas desde los quince anos. Tiene una mirada muy noble y se ríe mucho de los chistes malos. Ambos son totalmente diferentes: ella, una maracucha de carácter fuerte y calculador; y él, un caraqueño de temperamento calmado y pacient; lo que para mí los hace complementarse muy bien.
Mi niñez transcurrió en la ciudad de Punto Fijo en el estado Falcón. Creo que es un excelente lugar para crecer. Vivíamos ahí porque mi mamá trabajaba en la Shell y mi papá había montado su clínica en la ciudad. Punto Fijo, y más específicamente el campo petrolero, era algo muy distinto al resto de Venezuela. Los primeros en vivir ahí habían sido los americanos y holandeses que se trajeron las compañías petroleras a trabajar en las refinerías, por lo que los campos son totalmente americanos, tanto en la infraestructura como en el estilo de vida. Si hay algo que me quedó muy claro a mí de mi niñez, es que es primordial para todo niño que tenga contacto con la naturaleza. El poder montar bicicleta todo el día y perderse en el monte y en la playa con total libertad no tiene precio. Mis recuerdos de aquel Punto Fijo parecen surrealistas comparados con la realidad actual. Cuando era niño todavía quedaban algunos americanos y holandeses viviendo en la península. Tengo recuerdos de asistir a las ventas de garaje que hacían los americanos, se veían cosas interesantísimas. Una que nunca olvidaré fue aquella a la cual asistí con Ivonne, mi tía favorita, quien también vive en Punto Fijo. En esa oportunidad, la dueña de la venta de garaje era una viejita americana que, entre las cosas que vendía, estaba un barril lleno de los souvenirs que traían todos los productos hogareños durante los años cincuenta, en los que se acostumbraba a regalar en los supermercados réplicas miniatura de los envases o productos. Yo era el consentido de mi tía y a través de ella pude ver los últimos años de la vida americana en los campos. Yo relaciono mucho el estilo de vida que se vivía en los campos petroleros al que puedo ver en la serie “Desasperate Housewives”: las casas sin cercas con los jardines verdes, las calles bien numeradas, el colegio en medio de la urbanización, los clubes. Existían  clubes de las amas de casa o madres del campo, mi tía participaba en todos, incluso recuerdo una vez que ganó el premio al mejor jardín del campo. Mi tía también participaba en eventos benéficos que organizaban, cursos de bonsai y hasta sabía tapizar los muebles de su casa. En navidad, las amas de casa hacían un concurso por el mejor pesebre, dejaban las puertas abiertas para que la gente entrara a verlos. También se hacía un concurso por la decoración de luces. Recuerdo que a esa edad, tendría yo cinco o seis años, me encantaba ir a ver una casa en específico que la decoraba un señor, el cual les daba a los visitantes unos lentes con los que al ver las luces aparecían figuras. El campo parecía una especie de internado controlado por Martha Stewart o algo sacado de la película  “The Stepford Wives”. Hoy en día, mi tía se está divorciando y es prácticamente la única que queda del círculo de sus amigas en Punto Fijo. Desde el paro petrolero en el año 2002, el campo está abandonado, con las casas vacías y los jardines llenos de monte. Mi tía se quedó anhelando y de cierta manera viviendo en ese pasado perfecto, en el que tenía el esposo perfecto, el jardín perfecto y los muebles perfectos.
De niño vivía en una urbanización de tráiler que quedaba muy cerca del mar. La vida en el tráiler la recuerdo como una época muy feliz. Mi cuarto estaba lleno de aviones guindados en el techo porque para aquel entonces yo decía que quería ser piloto. Tenía también un barril full de Legos, a mi papá siempre le han gustado y los armaba conmigo. El tráiler era una casa pequeña pero cómoda, sin embargo recuerdo que todo era muy frágil; más de una vez se incendió un tráiler en la urbanización. También recuerdo una vez que una amiga de mi mamá, que es muy gorda, al entrar pisó y se rompió el suelo. Mi papá luego la ayudo a salir del ático que había abajo, ya que el tráiler estaba suspendido por unas bases de concreto. Para ese entonces recuerdo que me encantaba montar bicicleta, oír mi longplay de Serenata Guayanesa y del soundtrack de Star Wars, y correr por el monte atrapando iguanas y hasta culebras.
Mi papá desde pequeño intentó inculcarme el amor a la naturaleza. Desde bebé me llevaba con él a subir el cerro Santa Ana, tengo fotos de él con un sujetador de bebé en la espalda escalando la montaña. Éste es el único cerro en toda la península de Paraguana, tiene 800 metros de altura aproximadamente. Subirlo es una experiencia única y una excursión divertida. Lo que me gusta del Santa Ana es que al subirlo puedes ver las diferentes floras que tiene dependiendo de la altura a la que estés. Al comenzar es todo xerófito, lleno de cactus, cujíes y cardones. Por la mitad del cerro todo lo que hay es pasto debido a la brisa que pega. Ya en lo alto es una selva tropical cubierta por árboles, orquídeas, bromelias y cascadas. La subida tiene dos puntos clave: el primero es una planicie, desde la cual se puede ver toda la península, la sierra de San Luis a lo lejos, y si tienes suerte, hasta Aruba. El segundo punto clave es la subida por una roca gigante que da hacia un risco y que a su vez es una cascada, lo único que tienes es un mecate viejo, que está ahí desde que subo el cerro. Me encantaba subirlo y deslizarme por el barro. Luego mi papá nos bañaba a mí y a David con una manguera en el jardín.
Otro paseo al que mi papá nos llevaba con regularidad era darle la vuelta a la Península en carro, pero a diferencia de la mayoría de los turistas, nosotros nos quedábamos a acampar. Para mi papá era muy importante que David y yo supiésemos cómo armar una carpa o hacer los nudos principales. Papá siempre elegía él mismo el lugar para acampar, al lado de un dubi dubi (un árbol típico de la Península y de Aruba) que quedaba a unos metros del Faro de la Amacoya, un faro abandonado. Llevábamos una parrillera de camping Coleman en la que hacíamos arepas y nos quedábamos toda la noche pescando y viendo las estrellas. Hasta el día de hoy no conozco un cielo más estrellado que el de la península, pero especialmente recuerdo el de ese punto. A mí nunca me gustó mirar las estrellas, mi papá siempre intentó ensenármelas pero me daba miedo, me hacía ver lo pequeños y frágiles que somos. Pero cuando hacíamos ese paseo era imposible no mirar. Competíamos entra mi papá, David y yo a ver quién veía más estrellas fugaces. Me encantaba darle la vuelta a la península, era un camino rústico y se podían ver zorrillos y lechuzas madrigueras. Luego, en un punto del trayecto, se llega a los médanos blancos que dan hacia el mar. Recuerdo que nos tirábamos desde la punta de la duna hasta caer en la playa. Nunca se me olvidará que una de las veces que fuimos nos despertaron unos pescadores vendiéndonos langostas y en su peñero cargaban un tiburón que ocupaba casi mitad del barco.
Tanto mi mamá como mi papá amaban el mar y tenían amigos muy proactivos. Eran todas parejas jóvenes de los noventa. Cuando yo tenía cuatro años aproximadamente ellos tomaban clases de buceo en Morrocoy, así que todos los fines de semana íbamos y yo me quedaba con mi niñera Ninita en Cayo Sombrero. De ahí le tomé el gusto a la playa, que sin lugar a dudas es mi lugar favorito.
Mis vacaciones cuando era niño estaban dividas entre ir a Maracaibo a visitar a mi familia materna e ir a Caracas a visitar a mi abuela paterna, quien luego se mudaría con nosotros. Mi mamá tiene siete hermanos, así que tengo bastantes primos. La casa de mis abuelos en Maracaibo era grande; era como una especie de granja que quedaba pegada a un risco del que se veía todo el lago y la ciudad. Tenía una piscina pegada justo al risco, un viejo taller de carpintería, un lago pequeño y una gallinera al lado de la casa. Mis vacaciones allá eran básicamente correr todo el día por el monte con mis primos. A veces, de tanto correr los pantalones terminaban rotos, y muchas veces se me caían por lo flaco que era, así que mis tíos me lo amarraban con un mecate y así podía seguir corriendo tranquilo. Para mí eso era equivalente a un viaje a Disneyland. Éramos siete primos varones y una niña que es mi prima María Fernanda. Hacíamos desastres, nos metíamos al taller donde mis tíos generalmente tenían lotes de madera que les traían para su mueblería y nos robábamos las piezas de madera para hacer fuertes en el monte. Muchas veces nos metíamos en el viejo taller sólo para buscar qué encontrábamos, ya que durante muchos años mis abuelos habían usado ese taller como un depósito y muchas veces sus amigos les pedían guardar cosas ahí que luego nunca pasaban recogiendo. Mis tías y mi mamá nos pedían que lo que consiguiéramos se lo lleváramos, ya que muchas veces conseguíamos planchas antiguas, patinetas viejas, en fin, antigüedades que ellas luego usaban para decorar las casas.  Una tarde luego de ir al cine y ver Misión Imposible, decidimos crear un club de espionaje, así que nos metimos en el taller y subimos al segundo piso donde había unas oficinas abandonadas. Decidimos que ahí sería la sede y empezamos a hacer las supuestas misiones. Una de las pruebas para poder convertirte en espía era subir a la platabanda del techo de la casa de mis abuelos y lanzarse. Al darse cuenta de lo que hacíamos, mi mamá y mis tías nos regañaron y enseguida llamaron a mis tíos. Ambos tíos, quienes eran los que nos cuidaban durante el día, sabían que al darse la vuelta nosotros volveríamos a intentar subirnos, así que decidieron dedicar esa tarde a ayudarnos con la prueba de espionaje. Mi tío Fernando sacó un arnés que tenía guardado y con una cuerda nos ayudó a escalar un muro que había debajo de la piscina hacia el risco. Al final de la tarde no había diferencia entre mis tíos y nosotros, ellos estaban tan metidos en el juego de espías como nosotros, así que nos ayudaron a escribir un diploma dándonos el título de espías. Mi tío Fernando, quien murió a manos del hampa luego que le intentaran robar en el negocio, era gruñón; un hombre complicado y del mal carácter. Era un hombre que se la pasaba inventando cosas en su tiempo libre, construía mecanos, hacía marionetas y móviles. Pero casi todas las cosas que inventaba eran para nosotros; nos construía carretas como las de las películas de vaqueros para que mis primos y yo jugáramos por la casa de mis abuelos montados en ella. Pero sin lugar a dudas, un invento que nunca olvidaré y que no fue sino hasta hace poco que se lo conté a mi mamá, fue el de la tripa de caucho y las patinetas. Fue durante la época en que comenzó la fiebre con los monopatines. Todos mis primos y yo teníamos uno, y una tarde mi tío consiguió en el taller una tripa de caucho de camión, así que decidió cortarla, amarrarla entre dos postes, y usarla como una especie de china gigante para impulsarnos por la calle (que era una pendiente) a mis primos y a mí.
Para mí, no hay navidad como las navidades en Maracaibo. La numerosa familia siempre hace que las reuniones sean divertidas. Siempre que íbamos en diciembre hacíamos un paseo todos juntos, primos y tíos, por todo lo largo de la avenida Bella Vista, que todos los años la alcaldía de la ciudad la adorna con temas diferentes. A lo largo de toda la avenida se pueden ver muñecos y figuras gigantes referentes a la navidad iluminados en la noche. Algunos se mueven, otros tienen música y la única pieza que siempre repiten es una torre Eiffel iluminada al final del recorrido.  Antes, todos los diciembres nos reuníamos en casa de mis abuelos, hacíamos un intercambio familiar y cada año nuevo mi tío Fernando prendía una lámpara de papel voladora y la soltaba. Me gustaba ver desde el risco de la casa de mis abuelos cómo cada año nuevo a las doce los barcos de carga que navegan por el lago disparaban el fuego rojo, que se le conoce como “el silbador”. Además, no hay otro sitio en Venezuela donde más se consuman fuegos artificiales como en Maracaibo, es imposible ver el cielo. Hay veces que se siente de día por la cantidad de fuegos que tiran, y verlo desde la casa de mis abuelos era estar apreciando el show en primera fila. Lamentándolo mucho, no en vano Maracaibo es uno de los lugares con más accidentes relacionados a quemaduras en el mes decembrino. Mis favoritos eran los pequeños que explotaban en el suelo; rabitos de cochino, los tanques de guerra, la serpentina, la ranita, las bombas o bolas del diablo y por supuesto el clásico de poner un tumba-rancho en el basurero y asustar a las mamás con las cebollitas.
Pero la otra parte de mis vacaciones era el venir a Caracas. Cuando mencionaban la palabra Caracas en mi casa los ojos se me salían, yo contaba los días por venir a Caracas a visitar a mi abuela Myriam. Mi papá es hijo único y yo era el primer nieto de mi abuela, así que me dedicaba toda su atención cuando venia. Apenas llegaba mi abuela me llevaba al Museo de los Niños. Recuerdo que siempre me llevaba de vuelta a Punto Fijo mi matica de caraotas que había sembrado en el área de botánica del museo, como también el papel reciclado, así como también contaba los días por volverme a montar en el transbordador espacial y saltar con el arnés por la luna. También era una visita segura el Museo de Ciencias, que antes tenía una exposición de dinosaurios, tema que me apasionaba, y tenía unos dinosaurios mecánicos que se movían y hacían ruidos. Recuerdo una vez de pequeño una de las idas al museo; íbamos mi abuela, David y yo. Tomamos el metro y en una de las estaciones entró un hombre al vagón y justo antes de que se cerrase la puerta, dejó un bolso dentro y salió del vagón. De inmediato, un señor que iba con nosotros se paró y tocó el botón de emergencia y empezó a gritar ¡es una bomba! Mi abuela nos abrazo a David y a mí, los tres estábamos cerca del bolso. Al llegar a la próxima estación nos mandaron a bajar y salir de la estación de inmediato. Al día siguiente vimos en el periódico que de hecho sí había sido una bomba niple que habían puesto en el vagón. Aún conservamos el recorte de periódico.