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miércoles, 30 de mayo de 2012

De cómo viviendo me convertí en ser humano (III), por Oriana Lozada


Empecé a escribir más teatro. Y una nueva vía de comunicación me estaba dando la oportunidad de expresarme: El cine.
Hasta ahora los aprendizajes laborales habían estado llenos de seriedad, y para rematar ese momento de seriedad interpreté varios personajes en la pantalla grande.
Recuerdo que en el estreno vi a una Oriana con la que siempre había soñado, con una carácter definido y que podía muy bien ser controlado por mi misma según la situación, ahí estaba yo, controlando mis emociones en la pantalla grande, sabiendo cómo actuar ante cada situación del personaje, conociendo más al personaje que a mi misma. Fue ahí cuando supe que debía comunicarme con alguien más.
A los 27 años ya tenía el dinero suficiente para mantenerme cómodamente, había subido la escalera hasta donde yo quería, tenía un buen panorama cumplido, era reconocida por hacer un buen trabajo y tenía las puertas abiertas en cualquier campo en el que me quisiera especificar.
Pero había un lugar a donde yo quería ir y dar más.
Hablé con García Lujan y le comenté de la idea de escribir una crónica del mundo entero, de cada extraña ciudad de la que no se conversa demasiado. Él extrañado en este cambio dijo que aceptaba la idea después de terminada, antes no, leería de mis aventuras y luego decidiría si publicarlas.
Mi plan no era durar mucho tiempo afuera, solo quería ir a conocer y maravillarme con otras culturas, salir un poco de mis costumbres para tolerar un poco más de todo. Y así fue, con una nueva maleta que aunque pareciese más llena , yo sentía que tenía más espacio que nunca.
Había contactado a algunos editores en Latinoamérica con los que había tenido contacto para escribirles algún artículo de su ciudad desde la perspectiva de una extranjera y  varios les pareció interesante la idea.
En este viaje yo iría sola, mi músico había desistido de ir, y yo no tenía planeado durar mucho tiempo ausente, aunque sospechara que esta ciudadana del mundo no podría quedarse nunca más en un solo lugar.
Había contactado a varios amigos que estaban regados por el mundo, comenzaría este trayecto  primero en los lugares que tenía conocidos, y luego ya vería lo que haría.
En Bogotá tenía unas cuantas  ex compañeras de clases, luego pasaría por Perú, ahí no había nadie, pero sabía que no estaría sola; tenía planeado ir a Buenos Aires a visitar a una vieja amiga del colegio con la que siempre tuve contacto, de Buenos Aires iría a Brazil y a Uruguay. Por ahora ese era mi plan latinoamericano, en el camino encontraría bastante que inventar.
En el fondo de mi sabía que esta “gira” me llevaría a escribir mucho, quería hacer una especie de “Diarios de motocicleta” a lo Che Guevara e ir descubriendo por el mundo.
Si acepto que se generaba una gran nostalgia el dejar todo por un rato, qué iba a pasar cuando regresara, ¿habría gente que estaría sustituyendo mi lugar? Existía un susto, porque yo sabía que este viaje que yo planeaba hacer por poco tiempo en realidad no tenía fecha de vencimiento, este viaje para mi tenía algo distinto. Me causaba nostalgia no tener alguien que me acompañara, solo una libreta, mi amiga fiel de siempre, la que nunca me había abandonado. Era un momento en el que se ponían de frente todos mis fracasos de nuevo, me estaba jugando mucho conmigo misma, darme cuenta que nadie estaba dispuesto a dejarlo todo por ir a ser “ciudadana del mundo”  que nadie tenía tanta curiosidad por el mundo como para ir a descubrirlo, que nadie me amaba demasiado como para dejarlo todo e ir conmigo, que nadie estaba suficientemente loco como para poner la torta como yo. Eran momento de felicidad, pero era inevitable el decirme de nuevo, aquí estamos tu y yo Oriana, de nuevo, solas jugando a descubrirnos a nosotras mismas, valdrá la pena conocerte tanto Oriana, ¿de verdad? Al final regresé donde ya había estado, sentada, con un sentimiento de nostalgia enorme, con una libreta, sin saber de verdad en qué terminaría esta búsqueda, tanto esfuerzo y reconocimiento para dejarlo de lado en una búsqueda. Al final de todo estaba en el mismo lugar donde había empezado, buscando un destino, solo que esta vez no quería habitar en uno; esta vez esta premisa no me garantizaba que no regresara a esta mismo sitio, ya la última vez había dicho que era un alma libre, y me había quedado parada en lo que al final si quise ser.
Entonces agarré mi maleta, esta vez tenia una nostalgia encima, como si yo supiera que iba a abandonar todo lo que tenía acostumbrado, este viaje que no venía obligado por algún trabajo o compromiso  me estaba causando mayor revuelto en el estómago que cualquier otro que no hubiese tenido planeado.
Empaqué lo primordial, aquellas cosas que siempre habían sido mis favoritas y que me darían esa sensación de que no me estaba abandonando. Mis faldas largas favoritas, que me daban esa sensación de frescura y libertad, mis camisas más holgadas y grandes, una lámpara en la que podría colocar aceites aromáticos que me había regalado mi padrastro Richard el Diciembre del 2011, mi tanda de libros predilectos, mi ipad, y mi estuche de cuidado personal, incluyendo maquillaje. No quería llevar nada de valor, quería desprenderme de todo lo que me podría causar preocupación, pero para hacerlo me di cuenta que necesitaría dejar mi cerebro e inevitablemente no pude hacerlo.
Tomé mi ligera maleta, una buena tarjeta de crédito y volé a Bogotá, mi amiga estaba esperando en el Aeropuerto de Bogotá “El Dorado”, este lugar nunca me había parecido tan poco familiar, las otras veces que había ido se me hacía muy conocido a mi casa, a mi país, pero esta vez yo sabía que era el comienzo de un camino sin casa, Bogotá esta vez no se estaba pareciendo a mi casa, era un lugar completamente nuevo y extraño, era el inicio de mi viaje a lugares desconocidos.
Llegamos al apartamento, mi amiga Ana y yo, ella estaba muy contenta por mi visita, se notaba que sus ánimos estaban mucho más arriba que los míos. Ella contaba chistes e historias de lo maravillosa que me iba a parecer la ciudad y lo divertida que podía ser la gente. No recuerdo haber tenido un trayecto tan melancólico, parecía uno de esos recorridos en los que habías terminado con tu novio y estabas de regreso a casa, esa sensación en el estómago de frío, sin hambre, sin vida, como dice Shakira, sin llanto y sin sonrisa; ella hablaba y hablaba, yo asentía y disimulaba, no quería ganarme enemigos tan rápido.
Es que cómo no iba a estar melancólica si yo había planeado un viaje incierto, con el único fin de ir a conocer por el mundo, buscar información, irme de periodista que busca datos por el mundo para luego venir a comunicarlos, aquella periodista que quería llegar con nuevas historias, contando su drástica transformación personal. Quien no se iba a sentir mal sabiendo que su objetivo de viaje era tan poco objetivo, me había dado cuenta que yo me había convertido en otra persona, aquel espíritu libre que creía que seguía siendo se había reducido a unas cuantas historias, a otras cuantas interpretaciones, y una que otra crónica que me hacían ver como un espíritu que iba libre por la ciudad tomando lo mejor de ella. En realidad me había encerrado tanto en mi arte, mi poesía, mis rimas que fui acostumbrándome a una vida con perfecta medida, dentro de tanto arte había camuflajeado una métrica en cada paso, si algo no rimaba no lo hacía, y este viaje no estaba rimando con nada de lo que había conseguido.
Sentada en la acogedora habitación que mi amiga me había dado, con la excusa de estar cansada del viaje apagué la luz y solo me quedaba pensar. Porqué no me quedé allá en la vida normal que todos tenían, felices, con hijos, esposos, trabajando todo el mundo, salimos los fines de semana con los amigos, nos salimos de vez en cuando de ser gente común al contar nuestras experiencias en un blog, hasta completar un libro y publicarlo, tendría lectores, ya tenía un grupo de colegas que les gustaba lo que hacía, ¿porqué carajo me la quise dar de diferente? ¿Con quién quería lucirme? ¿Conmigo misma? Mamá estaría en casa con Trudi, viendo TV, tomando un poquito y vino, en una casa comodita y calientita, yo aquí, pensando porqué la dejé sola, ¿estaría extrañándome? Ya no podía hacer nada, solo estaba la nostalgia de porqué no pasé más noches junto a ella viendo TV, sentadas tranquilas, de vez en cuando haciendo comentarios de lo que pasaba, pero estando una al lado de la otra. De qué valía todo lo que había recorrido, todas esas noches que la había dejado sola, en las que buscaba hacer relaciones sociales para consolidarme un buen futuro, si a la larga estaría en otro país sola, en una habitación muy oscura, y con la cabeza igual de incierta que a los 19 años cuando no sabía hacia qué camino iría.
Siempre escuché que la gente se lamentaba al final de su vida porqué no había disfrutado más a los de su alrededor, porqué no los había tratado lo suficientemente bien, porqué no los había hecho pasar un buen rato mientras estaban conmigo en vez de crearles amarguras y dudas, de qué me había servido todo eso, si al final, solo quería estar con esas personas especiales.
Estaba en un momento de crisis, lloraba como una niña pequeña, la mujer de 30 años, que estaba en la mejor época de su vida decidió ponerle fin a la cúspide de su carrera por decisión propia antes que la vida sola se encargara de tumbarla, era mi orgullo tan grande para obligarme a tomar decisiones donde pareciese yo tener el control de todo. Solo me decía en qué monstruo me convertí, solo quedaba pensar que no me quería lo suficiente, o que quizá me quería tanto como para no darme cuenta que la vida sencilla y común era la que de verdad yo quería.
Aquella noche, un Martes de Febrero, me dormí llorando, sin nadie que me abrazara, ni siquiera yo misma quería darme palabras de aliento, simplemente estaba divorciada de mi misma también. No solo estaba en un país desconocido, si no que también estaba con una desconocida: yo misma.



Me levanté como si nada, el sol estaba precioso, mi amiga se había ido a trabajar, eran ya las 10 am, había un clima soleado pero con un frío parecido al que te pega en la colonia Tovar, solo que esta vez había un cielo despejado que dejaba que los rayos del sol te pegaran completamente.
El desayuno estaba hecho, Ana me lo había preparado, me dejó un par de arepas, junto con una nota que decía “Como en casa”. Ana era venezolana, se había mudado hace unos años a Bogotá porque el trabajo se lo pedía, ella una mujer independiente y sin esposo no lo dudó. Nos habíamos conocido en una de las tantas convenciones que hice con Sudeban, pero ella y yo tuvimos una química especial, ella también escribía para un diario en Bogotá, El Espectador, solíamos intercambiarnos por mail nuestros artículos, ambas teníamos una vida bastante parecida, ella era muy sonriente, era de esas personas que siempre deslumbran con una linda sonrisa, tez muy blanca y un cabello largo precioso que combinaban con sus oscuras pupilas.
Agarré mi arepa y salí a caminar con mi arepa en mano. Al salir de la casa me di cuenta que tenía una linda fachada, era estrecha pero alta, tenía un techo de tejas rojo, y tenía un lindo jardín verde manzana, me dije : Esto es tan Ana, parecía la casa de Caperucita Roja, solo hace falta un árbol y manzanas rojas.
La calle estaba sola, estuve pendiente de ver los puntos de referencia, caminé unas 4 cuadras y empecé a ver gente, yo seguía con mi arepa en mano, contenta de tener un pedazo de mi país en mano.
Sabía que no iba a regresar a la casa por un buen rato, así que anoté la dirección y me fui tranquila y segura que alguien luego me daría la dirección y podría decirle a algún taxi que me llevara.
Alquilé una bicicleta y empecé a pedalear, aquella ciudad era preciosa, muy verde, sin embargo no estaba en casa, seguía esa melancolía que ya empezaba a fastidiarme. Algo que si conservaba era que podía meterme en un hueco profundo, pero me aburría pasar mucho tiempo ahí, quería sonreír, pasarla bien, yo confiaba en la ley de atracción y mientras más tiempo durara con el drama, más drama iba a traer a mi vida, sabía que tenía que modificar esa actitud aunque mi corazón estuviese arrugado.
Pasé todo el día viendo lugares, no anoté nada en mi libreta, realmente no quería escuchar a nadie ni a mi misma. El azul de este cielo me hizo recordar aquel azul que se veía cuando caminaba por los Palos Grandes en Caracas, era inevitable pararse a verlo. En eso pasé todo mi día. Llegué a casa y estaba Ana con unos amigos, me invitaron a quedarme un rato con ellos y acepté. Hablé con alguno de ellos y me recomendaron algunos lugares, otros me dijeron de talleres por si estaba interesada, les hablé que quería aprender a pintar, me recomendaron un curso que comenzaría pronto, yo estaba bastante interesada, estaba buscando qué hacer, por primera vez en mucho tiempo no tenía obligaciones.
Al día siguiente me levanté por un ballenato que sonaba, no podía creer esto, se supone que la gente contemporánea no es demasiado patriota, en la capital de Venezuela los vecinos no te despiertan con unas Llaneras, yo estaba en Bogotá y los vecinos me habían despertado con un buen ballenato; Entonces fue cuando me dije, “Bienvenida al intercambio cultural, toma tu tolerancia” .
Este tipo de sarcasmo me produce cierta gracias, por lo que me levanté animada y me preparé un buen cereal, siempre he amado probar los productos industriales de otros países, cereales, atún, mantequilla, jugos; pareciera que en cada país hubiese un código de cuanta azúcar echarle, cuanto porcentaje de ingredientes, en fin, es la misma comida pero sabe distinto, así son los humanos, son la misma especie pero saben distinto.
Cereal con leche fue lo único que tuve en el estómago aquel día, pasé todo el día en un taller de escultura, sabía que ahí me tenía que quedar, y así se me pasaron dos meses en el taller, escuchando muy de cerca aquel cantado del acento colombiano que ya se me hacía común.
Mientras estaba en una de las clases, nos tocaba dibujar para luego hacer el gran Machu Pichu. Mi inquietud se prendió, era hora de partir a mi próximo hogar, Perú.
Una de las chicas del taller, me escuchó hablar y se acercó hacia mi. Me dijo que si no me molestaba que ella me acompañara en el viaje. Aquella mujer de ojos verdes parecía ser agradable, tenía un aspecto bastante hippie, parecía estar adaptada a no estorbarle a la vida.
Ella me comentó tener amigos que nos podían dar hospedaje en el Amazonas en la frontera hacia Perú, y hasta allí llegamos, de bus en bus, cada vez la idea me emocionaba más; los viajes normalmente tienen una fecha de expiración, pero de este me emocionaba que parecía no tener fin, podías viajar y viajar y no sabías qué podrías descubrir, yo me sentía Colon.
Llegamos a Flor de Agosto, el Estado en frontera con Colombia.
Esta mujer estaba realmente loca y enamorada de algo de la vida que yo todavía no lograba entender, pero parecía que a ella no le quedaba duda qué era. Se la pasaba todo el día tejiendo, o haciendo manualidades, me enseñó un par de bordados y nos hicimos varios gorritos y camisas juntas, habíamos creado una especie de amistad tejida en lana.
Conocimos pueblos, gente y logramos vender algunas artesanías. Encontramos una tienda donde podíamos comprar materiales para las esculturas y ahí comenzó. Ella se propuso dibujar todos los rostros que les trasmitieran algo, y yo me propuse dibujar todos los lugares que para mi tuviesen algo especial e inolvidable, ambas los llevaríamos a esculturas. “La hippie” decía que era una manera de conservar contigo esos momentos, era como una fotografía, pero construida con tus propias manos, en cierta forma eras parte de la creación de ese individuo o esa cosa, ahora lo admirado sería tuyo.
Yo le decía “La hippie” y ella me decía “venezolana”, se creó un especie de juego entre nuestros nombres, delante de la gente nos presentábamos con estos nombres y las dos nos reíamos.
Cusco quedaba bastante debajo de Perú, conocimos todas las provincias que quedaban en el camino, nos sentíamos en una especie de maratón en el que se te empieza a olvidar la meta cuando empiezas a disfrutarte el camino.
Comíamos todo lo que se nos atravesase, cantábamos. Teníamos una buena ventaja, la comunidad hippie es una sola, estés donde estés todos parecen ser hermanos y se saludan, se dan casa, simplemente por ser miembros de la misma comunidad. “la Hippie” me decía “nosotros somos los más.. cómo es que se dice.. ¿panas? Fíjate que un gordito ver a otro gordito en la calle y no lo saluda, un negro a otro negro no le da casa por el simple hecho de serlo, en cambio los hippies nos vemos en la calle y nos saludamos, y nuestra comida es la del otro pana” . Y era verdad, estos seres parecían conocerse de toda la vida. Al principio tenía la inocente costumbre de decirle, ¿lo conoces? De dónde, “wao pero tu si conoces gente” hasta que empezó a explicarme de qué se trataba todo.
Vivíamos de grupo de hippies a hippies, a veces quería gritar hablar alto, todo estaba tan en calma, parecía que sus emociones se habían muerto y se habían quedado en un estado de equilibrio permanente, yo definitivamente no lo soportaba del todo.
Llegamos a Cusco. Cuando entramos a Macchu Pichu lo primero que se me vino a la mente fueron las frases del Che Guevara en “Diarios de motocicleta” haciendo alusión entre la civilización y la naturaleza (aquel paisaje) diciendo      “hemos cambiado esto, señalando Machu Pichu, por esto, señalando la civilización” . Quedé boca abierta, estaba ante aquello, miles de personas había ido y su vida seguía igual, el curso del mundo no mejoraba, Cómo tanta gente ha visto esto y ha seguid actuando igual, después de ver esa majestuosidad se puede creer que todo es posible.
La Hippie parecía que por primera vez había roto su estado de equilibrio constante para darle paso a la exaltación de aquellas montañas. Tanto fue su desorden emocional que decidió quedarse allí. Primera parada de un pasajero, ya una encontró un nuevo hogar.
Antes de irme me entregó un rostro de los que había dibujado, me dijo “me falta esculpirlo, si te gusta te dejo esa tarea a ti, pero tranquila ya todo esta casi listo, me fijé muy bien en los detalles, eso sí, no lo abras hasta llegar a tu destino final”. La curiosidad casi me mata, pero logré sobrevivir e inmediatamente y con un nudo en la garganta me despedí y me grité a mis adentros… ¡¡AL FIN PUEDO GRITAR!! -Cabe acotar que cada vez que yo tenía emociones muy fuertes “La hippie” lograba tranquilizarme y bajarme los picos anímicos para estar en perfecto equilibrio-
Pero ya no hacía falta gritar, tanto tiempo con ella me hizo darle calma a todo, a lo que le remató mi estadía con los Indios de la región, que definitivamente me había hecho ver todo con sencillez, ahora yo sí creía de verdad en la perfección y era la de la naturaleza.

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