Buscar este blog

jueves, 24 de mayo de 2012

Crónica personal, por Ricardo Serrano.

Sé que sonará cliché, pero realmente cuando en la clase de crónica me mandaron a hacer un trabajo sobre mi vida, lo primero que pensé es que no tenía prácticamente nada sobre qué escribir. Al sentarme en frente de la computadora para comenzar a escribirla, después de haberme inventado como 30 idas a la cocina para “hacer algo”, el primer nombre que se  me ocurrió para darle a este escrito fue: “Te reto a que la leas sin dormirte”. De hecho, algo que he venido criticando en los últimos años es que a las celebridades tanto de Hollywood como venezolanas les ha dado por una fiebre o moda de sacar libros autobiográficos, cosa que sinceramente a muchos les queda como grande. Desde Keith Richards hasta Justin Bieber ha llegado la gama de artistas que han decido hacer de la autobiografía una manera más de comercializar su fama. Pero lo cierto es que si a algunas de estas biografías las puedo considerar aburridas, ni siquiera tengo calificativos para decir qué opino de una crónica sobre la mía. Ciertamente esto es algo que me toca una yaga: No cabe duda de que, a sus 16 años, Justin Bieber ha vivido tres veces más de lo que yo a mis 22. Trato de evitar tocar ese tema porque soy parte de una generación que vive en un alto nivel de competitividad y que no tiene límites. Lamentándolo mucho, lo que me caracteriza a mí con mi generación no es el ser exitoso en la competencia, sino más bien el sentimiento constante de ansiedad que siento  al saber que me estoy quedando atrás mientras otros avanzan.
Bajándole dos al comentario Emo y yendo al grano como dicen, ya advertidos del alto nivel de aburrimiento en el que se están metiendo al leer esto (no indicado para lectores con sueño ligero), hablare sobre mí porque, después de todo, esta es una crónica de mi vida.
Yo nací el tres de Abril de 1990, en la clínica Paraíso de Maracaibo. Me llamo Ricardo. Sólo Ricardo, sin segundo nombre. El nombre era originalmente de un novio que tuvo la tía mayor de mi mamá. Cuando mi abuela fue a tener a mi mamá y a su morocho, mi tía (en aquel momento empatada con Ricardo) le sugirió a mi abuela ponerle ese nombre al morocho de mi mamá. Así fue y años después, mi tío Ricardo desarrollaría un interés por las motos, incluso llegando a participar en carreras de motocross, pero lo cual lamentablemente cerraría con un trágico accidente que lo llevó a la muerte y que dejaría marcada por siempre a mi mamá. Así que en honor a él mi mamá me puso su nombre. Mi madre se llama Mary Luz y mi padre Víctor. Ambos, junto a mi hermano David, son lo más importante en mi vida. Hablaré primero de mi mamá. Esto se debe a que no cabe ninguna duda que mi personalidad, mis grandes defectos, mis grandes fortalezas, mi forma de hablar, mis gustos y mis miedos; todos, unos más que otros; de alguna forma tienen la firma de ella. Mi mamá es una mujer que sin lugar a dudas sobresale del montón, y no lo digo por ser su hijo, ni queriendo decir que esto sea bueno o malo. Ella es una mujer de carácter fuerte y de personalidad muy independiente, pasional, pero sobre todo perfeccionista. Mi mamá es ingeniera mecánica, posee un alto sentido común y es muy analítica. Le interesa mucho la política y es muy exitosa en su trabajo. Creo que su cara refleja muy bien su personalidad, ya que tiene un rostro muy perfilado, una nariz delgada, una mirada seria y feroz, y dos rayitas en la frente que aprieta cuando está pensando. Mi papá, su antítesis, es un hombre que habla calmado. Es odontólogo y disfruta mucho de su profesión. Le gusta hacer deportes y montañismo, nada, hace yoga y tai chí. De él aprendí a amar la naturaleza, tomé la pasión por la natación, y heredé sus canas, pero lamentablemente no la paciencia.  Él tiene el pelo blanco, ya que al igual que a mí le salieron canas desde los quince anos. Tiene una mirada muy noble y se ríe mucho de los chistes malos. Ambos son totalmente diferentes: ella, una maracucha de carácter fuerte y calculador; y él, un caraqueño de temperamento calmado y pacient; lo que para mí los hace complementarse muy bien.
Mi niñez transcurrió en la ciudad de Punto Fijo en el estado Falcón. Creo que es un excelente lugar para crecer. Vivíamos ahí porque mi mamá trabajaba en la Shell y mi papá había montado su clínica en la ciudad. Punto Fijo, y más específicamente el campo petrolero, era algo muy distinto al resto de Venezuela. Los primeros en vivir ahí habían sido los americanos y holandeses que se trajeron las compañías petroleras a trabajar en las refinerías, por lo que los campos son totalmente americanos, tanto en la infraestructura como en el estilo de vida. Si hay algo que me quedó muy claro a mí de mi niñez, es que es primordial para todo niño que tenga contacto con la naturaleza. El poder montar bicicleta todo el día y perderse en el monte y en la playa con total libertad no tiene precio. Mis recuerdos de aquel Punto Fijo parecen surrealistas comparados con la realidad actual. Cuando era niño todavía quedaban algunos americanos y holandeses viviendo en la península. Tengo recuerdos de asistir a las ventas de garaje que hacían los americanos, se veían cosas interesantísimas. Una que nunca olvidaré fue aquella a la cual asistí con Ivonne, mi tía favorita, quien también vive en Punto Fijo. En esa oportunidad, la dueña de la venta de garaje era una viejita americana que, entre las cosas que vendía, estaba un barril lleno de los souvenirs que traían todos los productos hogareños durante los años cincuenta, en los que se acostumbraba a regalar en los supermercados réplicas miniatura de los envases o productos. Yo era el consentido de mi tía y a través de ella pude ver los últimos años de la vida americana en los campos. Yo relaciono mucho el estilo de vida que se vivía en los campos petroleros al que puedo ver en la serie “Desasperate Housewives”: las casas sin cercas con los jardines verdes, las calles bien numeradas, el colegio en medio de la urbanización, los clubes. Existían  clubes de las amas de casa o madres del campo, mi tía participaba en todos, incluso recuerdo una vez que ganó el premio al mejor jardín del campo. Mi tía también participaba en eventos benéficos que organizaban, cursos de bonsai y hasta sabía tapizar los muebles de su casa. En navidad, las amas de casa hacían un concurso por el mejor pesebre, dejaban las puertas abiertas para que la gente entrara a verlos. También se hacía un concurso por la decoración de luces. Recuerdo que a esa edad, tendría yo cinco o seis años, me encantaba ir a ver una casa en específico que la decoraba un señor, el cual les daba a los visitantes unos lentes con los que al ver las luces aparecían figuras. El campo parecía una especie de internado controlado por Martha Stewart o algo sacado de la película  “The Stepford Wives”. Hoy en día, mi tía se está divorciando y es prácticamente la única que queda del círculo de sus amigas en Punto Fijo. Desde el paro petrolero en el año 2002, el campo está abandonado, con las casas vacías y los jardines llenos de monte. Mi tía se quedó anhelando y de cierta manera viviendo en ese pasado perfecto, en el que tenía el esposo perfecto, el jardín perfecto y los muebles perfectos.
De niño vivía en una urbanización de tráiler que quedaba muy cerca del mar. La vida en el tráiler la recuerdo como una época muy feliz. Mi cuarto estaba lleno de aviones guindados en el techo porque para aquel entonces yo decía que quería ser piloto. Tenía también un barril full de Legos, a mi papá siempre le han gustado y los armaba conmigo. El tráiler era una casa pequeña pero cómoda, sin embargo recuerdo que todo era muy frágil; más de una vez se incendió un tráiler en la urbanización. También recuerdo una vez que una amiga de mi mamá, que es muy gorda, al entrar pisó y se rompió el suelo. Mi papá luego la ayudo a salir del ático que había abajo, ya que el tráiler estaba suspendido por unas bases de concreto. Para ese entonces recuerdo que me encantaba montar bicicleta, oír mi longplay de Serenata Guayanesa y del soundtrack de Star Wars, y correr por el monte atrapando iguanas y hasta culebras.
Mi papá desde pequeño intentó inculcarme el amor a la naturaleza. Desde bebé me llevaba con él a subir el cerro Santa Ana, tengo fotos de él con un sujetador de bebé en la espalda escalando la montaña. Éste es el único cerro en toda la península de Paraguana, tiene 800 metros de altura aproximadamente. Subirlo es una experiencia única y una excursión divertida. Lo que me gusta del Santa Ana es que al subirlo puedes ver las diferentes floras que tiene dependiendo de la altura a la que estés. Al comenzar es todo xerófito, lleno de cactus, cujíes y cardones. Por la mitad del cerro todo lo que hay es pasto debido a la brisa que pega. Ya en lo alto es una selva tropical cubierta por árboles, orquídeas, bromelias y cascadas. La subida tiene dos puntos clave: el primero es una planicie, desde la cual se puede ver toda la península, la sierra de San Luis a lo lejos, y si tienes suerte, hasta Aruba. El segundo punto clave es la subida por una roca gigante que da hacia un risco y que a su vez es una cascada, lo único que tienes es un mecate viejo, que está ahí desde que subo el cerro. Me encantaba subirlo y deslizarme por el barro. Luego mi papá nos bañaba a mí y a David con una manguera en el jardín.
Otro paseo al que mi papá nos llevaba con regularidad era darle la vuelta a la Península en carro, pero a diferencia de la mayoría de los turistas, nosotros nos quedábamos a acampar. Para mi papá era muy importante que David y yo supiésemos cómo armar una carpa o hacer los nudos principales. Papá siempre elegía él mismo el lugar para acampar, al lado de un dubi dubi (un árbol típico de la Península y de Aruba) que quedaba a unos metros del Faro de la Amacoya, un faro abandonado. Llevábamos una parrillera de camping Coleman en la que hacíamos arepas y nos quedábamos toda la noche pescando y viendo las estrellas. Hasta el día de hoy no conozco un cielo más estrellado que el de la península, pero especialmente recuerdo el de ese punto. A mí nunca me gustó mirar las estrellas, mi papá siempre intentó ensenármelas pero me daba miedo, me hacía ver lo pequeños y frágiles que somos. Pero cuando hacíamos ese paseo era imposible no mirar. Competíamos entra mi papá, David y yo a ver quién veía más estrellas fugaces. Me encantaba darle la vuelta a la península, era un camino rústico y se podían ver zorrillos y lechuzas madrigueras. Luego, en un punto del trayecto, se llega a los médanos blancos que dan hacia el mar. Recuerdo que nos tirábamos desde la punta de la duna hasta caer en la playa. Nunca se me olvidará que una de las veces que fuimos nos despertaron unos pescadores vendiéndonos langostas y en su peñero cargaban un tiburón que ocupaba casi mitad del barco.
Tanto mi mamá como mi papá amaban el mar y tenían amigos muy proactivos. Eran todas parejas jóvenes de los noventa. Cuando yo tenía cuatro años aproximadamente ellos tomaban clases de buceo en Morrocoy, así que todos los fines de semana íbamos y yo me quedaba con mi niñera Ninita en Cayo Sombrero. De ahí le tomé el gusto a la playa, que sin lugar a dudas es mi lugar favorito.
Mis vacaciones cuando era niño estaban dividas entre ir a Maracaibo a visitar a mi familia materna e ir a Caracas a visitar a mi abuela paterna, quien luego se mudaría con nosotros. Mi mamá tiene siete hermanos, así que tengo bastantes primos. La casa de mis abuelos en Maracaibo era grande; era como una especie de granja que quedaba pegada a un risco del que se veía todo el lago y la ciudad. Tenía una piscina pegada justo al risco, un viejo taller de carpintería, un lago pequeño y una gallinera al lado de la casa. Mis vacaciones allá eran básicamente correr todo el día por el monte con mis primos. A veces, de tanto correr los pantalones terminaban rotos, y muchas veces se me caían por lo flaco que era, así que mis tíos me lo amarraban con un mecate y así podía seguir corriendo tranquilo. Para mí eso era equivalente a un viaje a Disneyland. Éramos siete primos varones y una niña que es mi prima María Fernanda. Hacíamos desastres, nos metíamos al taller donde mis tíos generalmente tenían lotes de madera que les traían para su mueblería y nos robábamos las piezas de madera para hacer fuertes en el monte. Muchas veces nos metíamos en el viejo taller sólo para buscar qué encontrábamos, ya que durante muchos años mis abuelos habían usado ese taller como un depósito y muchas veces sus amigos les pedían guardar cosas ahí que luego nunca pasaban recogiendo. Mis tías y mi mamá nos pedían que lo que consiguiéramos se lo lleváramos, ya que muchas veces conseguíamos planchas antiguas, patinetas viejas, en fin, antigüedades que ellas luego usaban para decorar las casas.  Una tarde luego de ir al cine y ver Misión Imposible, decidimos crear un club de espionaje, así que nos metimos en el taller y subimos al segundo piso donde había unas oficinas abandonadas. Decidimos que ahí sería la sede y empezamos a hacer las supuestas misiones. Una de las pruebas para poder convertirte en espía era subir a la platabanda del techo de la casa de mis abuelos y lanzarse. Al darse cuenta de lo que hacíamos, mi mamá y mis tías nos regañaron y enseguida llamaron a mis tíos. Ambos tíos, quienes eran los que nos cuidaban durante el día, sabían que al darse la vuelta nosotros volveríamos a intentar subirnos, así que decidieron dedicar esa tarde a ayudarnos con la prueba de espionaje. Mi tío Fernando sacó un arnés que tenía guardado y con una cuerda nos ayudó a escalar un muro que había debajo de la piscina hacia el risco. Al final de la tarde no había diferencia entre mis tíos y nosotros, ellos estaban tan metidos en el juego de espías como nosotros, así que nos ayudaron a escribir un diploma dándonos el título de espías. Mi tío Fernando, quien murió a manos del hampa luego que le intentaran robar en el negocio, era gruñón; un hombre complicado y del mal carácter. Era un hombre que se la pasaba inventando cosas en su tiempo libre, construía mecanos, hacía marionetas y móviles. Pero casi todas las cosas que inventaba eran para nosotros; nos construía carretas como las de las películas de vaqueros para que mis primos y yo jugáramos por la casa de mis abuelos montados en ella. Pero sin lugar a dudas, un invento que nunca olvidaré y que no fue sino hasta hace poco que se lo conté a mi mamá, fue el de la tripa de caucho y las patinetas. Fue durante la época en que comenzó la fiebre con los monopatines. Todos mis primos y yo teníamos uno, y una tarde mi tío consiguió en el taller una tripa de caucho de camión, así que decidió cortarla, amarrarla entre dos postes, y usarla como una especie de china gigante para impulsarnos por la calle (que era una pendiente) a mis primos y a mí.
Para mí, no hay navidad como las navidades en Maracaibo. La numerosa familia siempre hace que las reuniones sean divertidas. Siempre que íbamos en diciembre hacíamos un paseo todos juntos, primos y tíos, por todo lo largo de la avenida Bella Vista, que todos los años la alcaldía de la ciudad la adorna con temas diferentes. A lo largo de toda la avenida se pueden ver muñecos y figuras gigantes referentes a la navidad iluminados en la noche. Algunos se mueven, otros tienen música y la única pieza que siempre repiten es una torre Eiffel iluminada al final del recorrido.  Antes, todos los diciembres nos reuníamos en casa de mis abuelos, hacíamos un intercambio familiar y cada año nuevo mi tío Fernando prendía una lámpara de papel voladora y la soltaba. Me gustaba ver desde el risco de la casa de mis abuelos cómo cada año nuevo a las doce los barcos de carga que navegan por el lago disparaban el fuego rojo, que se le conoce como “el silbador”. Además, no hay otro sitio en Venezuela donde más se consuman fuegos artificiales como en Maracaibo, es imposible ver el cielo. Hay veces que se siente de día por la cantidad de fuegos que tiran, y verlo desde la casa de mis abuelos era estar apreciando el show en primera fila. Lamentándolo mucho, no en vano Maracaibo es uno de los lugares con más accidentes relacionados a quemaduras en el mes decembrino. Mis favoritos eran los pequeños que explotaban en el suelo; rabitos de cochino, los tanques de guerra, la serpentina, la ranita, las bombas o bolas del diablo y por supuesto el clásico de poner un tumba-rancho en el basurero y asustar a las mamás con las cebollitas.
Pero la otra parte de mis vacaciones era el venir a Caracas. Cuando mencionaban la palabra Caracas en mi casa los ojos se me salían, yo contaba los días por venir a Caracas a visitar a mi abuela Myriam. Mi papá es hijo único y yo era el primer nieto de mi abuela, así que me dedicaba toda su atención cuando venia. Apenas llegaba mi abuela me llevaba al Museo de los Niños. Recuerdo que siempre me llevaba de vuelta a Punto Fijo mi matica de caraotas que había sembrado en el área de botánica del museo, como también el papel reciclado, así como también contaba los días por volverme a montar en el transbordador espacial y saltar con el arnés por la luna. También era una visita segura el Museo de Ciencias, que antes tenía una exposición de dinosaurios, tema que me apasionaba, y tenía unos dinosaurios mecánicos que se movían y hacían ruidos. Recuerdo una vez de pequeño una de las idas al museo; íbamos mi abuela, David y yo. Tomamos el metro y en una de las estaciones entró un hombre al vagón y justo antes de que se cerrase la puerta, dejó un bolso dentro y salió del vagón. De inmediato, un señor que iba con nosotros se paró y tocó el botón de emergencia y empezó a gritar ¡es una bomba! Mi abuela nos abrazo a David y a mí, los tres estábamos cerca del bolso. Al llegar a la próxima estación nos mandaron a bajar y salir de la estación de inmediato. Al día siguiente vimos en el periódico que de hecho sí había sido una bomba niple que habían puesto en el vagón. Aún conservamos el recorte de periódico.

No hay comentarios:

Publicar un comentario