Sé que sonará cliché, pero realmente cuando en la
clase de crónica me mandaron a hacer un trabajo sobre mi vida, lo primero que
pensé es que no tenía prácticamente nada sobre qué escribir. Al sentarme en
frente de la computadora para comenzar a escribirla, después de haberme
inventado como 30 idas a la cocina para “hacer algo”, el primer nombre que
se me ocurrió para darle a este escrito
fue: “Te reto a que la leas sin dormirte”. De hecho, algo que he venido
criticando en los últimos años es que a las celebridades tanto de Hollywood
como venezolanas les ha dado por una fiebre o moda de sacar libros
autobiográficos, cosa que sinceramente a muchos les queda como grande. Desde
Keith Richards hasta Justin Bieber ha llegado la gama de artistas que han
decido hacer de la autobiografía una manera más de comercializar su fama. Pero
lo cierto es que si a algunas de estas biografías las puedo considerar
aburridas, ni siquiera tengo calificativos para decir qué opino de una crónica
sobre la mía. Ciertamente esto es algo que me toca una yaga: No cabe duda de
que, a sus 16 años, Justin Bieber ha vivido tres veces más de lo que yo a mis
22. Trato de evitar tocar ese tema porque soy parte de una generación que vive
en un alto nivel de competitividad y que no tiene límites. Lamentándolo mucho,
lo que me caracteriza a mí con mi generación no es el ser exitoso en la
competencia, sino más bien el sentimiento constante de ansiedad que siento al saber que me estoy quedando atrás mientras
otros avanzan.
Bajándole dos al comentario Emo y yendo al grano como
dicen, ya advertidos del alto nivel de aburrimiento en el que se están metiendo
al leer esto (no indicado para lectores con sueño ligero), hablare sobre mí
porque, después de todo, esta es una crónica de mi vida.
Yo nací el tres de Abril de 1990, en la clínica
Paraíso de Maracaibo. Me llamo Ricardo. Sólo Ricardo, sin segundo nombre. El
nombre era originalmente de un novio que tuvo la tía mayor de mi mamá. Cuando
mi abuela fue a tener a mi mamá y a su morocho, mi tía (en aquel momento empatada
con Ricardo) le sugirió a mi abuela ponerle ese nombre al morocho de mi mamá.
Así fue y años después, mi tío Ricardo desarrollaría un interés por las motos,
incluso llegando a participar en carreras de motocross, pero lo cual
lamentablemente cerraría con un trágico accidente que lo llevó a la muerte y
que dejaría marcada por siempre a mi mamá. Así que en honor a él mi mamá me
puso su nombre. Mi madre se llama Mary Luz y mi padre Víctor. Ambos, junto a mi
hermano David, son lo más importante en mi vida. Hablaré primero de mi mamá. Esto
se debe a que no cabe ninguna duda que mi personalidad, mis grandes defectos, mis
grandes fortalezas, mi forma de hablar, mis gustos y mis miedos; todos, unos
más que otros; de alguna forma tienen la firma de ella. Mi mamá es una mujer
que sin lugar a dudas sobresale del montón, y no lo digo por ser su hijo, ni
queriendo decir que esto sea bueno o malo. Ella es una mujer de carácter fuerte
y de personalidad muy independiente, pasional, pero sobre todo perfeccionista.
Mi mamá es ingeniera mecánica, posee un alto sentido común y es muy analítica.
Le interesa mucho la política y es muy exitosa en su trabajo. Creo que su cara
refleja muy bien su personalidad, ya que tiene un rostro muy perfilado, una
nariz delgada, una mirada seria y feroz, y dos rayitas en la frente que aprieta
cuando está pensando. Mi papá, su antítesis, es un hombre que habla calmado. Es
odontólogo y disfruta mucho de su profesión. Le gusta hacer deportes y montañismo,
nada, hace yoga y tai chí. De él aprendí a amar la naturaleza, tomé la pasión
por la natación, y heredé sus canas, pero lamentablemente no la paciencia. Él tiene el pelo blanco, ya que al igual que a
mí le salieron canas desde los quince anos. Tiene una mirada muy noble y se ríe
mucho de los chistes malos. Ambos son totalmente diferentes: ella, una maracucha
de carácter fuerte y calculador; y él, un caraqueño de temperamento calmado y
pacient; lo que para mí los hace complementarse muy bien.
Mi niñez transcurrió en la ciudad de Punto Fijo en el
estado Falcón. Creo que es un excelente lugar para crecer. Vivíamos ahí porque
mi mamá trabajaba en la Shell y mi papá había montado su clínica en la ciudad.
Punto Fijo, y más específicamente el campo petrolero, era algo muy distinto al
resto de Venezuela. Los primeros en vivir ahí habían sido los americanos y
holandeses que se trajeron las compañías petroleras a trabajar en las
refinerías, por lo que los campos son totalmente americanos, tanto en la infraestructura
como en el estilo de vida. Si hay algo que me quedó muy claro a mí de mi niñez,
es que es primordial para todo niño que tenga contacto con la naturaleza. El
poder montar bicicleta todo el día y perderse en el monte y en la playa con
total libertad no tiene precio. Mis recuerdos de aquel Punto Fijo parecen
surrealistas comparados con la realidad actual. Cuando era niño todavía
quedaban algunos americanos y holandeses viviendo en la península. Tengo
recuerdos de asistir a las ventas de garaje que hacían los americanos, se veían
cosas interesantísimas. Una que nunca olvidaré fue aquella a la cual asistí con
Ivonne, mi tía favorita, quien también vive en Punto Fijo. En esa oportunidad,
la dueña de la venta de garaje era una viejita americana que, entre las cosas
que vendía, estaba un barril lleno de los souvenirs que traían todos los
productos hogareños durante los años cincuenta, en los que se acostumbraba a
regalar en los supermercados réplicas miniatura de los envases o productos. Yo
era el consentido de mi tía y a través de ella pude ver los últimos años de la
vida americana en los campos. Yo relaciono mucho el estilo de vida que se vivía
en los campos petroleros al que puedo ver en la serie “Desasperate Housewives”: las casas sin cercas con los jardines
verdes, las calles bien numeradas, el colegio en medio de la urbanización, los
clubes. Existían clubes de las amas de
casa o madres del campo, mi tía participaba en todos, incluso recuerdo una vez
que ganó el premio al mejor jardín del campo. Mi tía también participaba en
eventos benéficos que organizaban, cursos de bonsai y hasta sabía tapizar los
muebles de su casa. En navidad, las amas de casa hacían un concurso por el
mejor pesebre, dejaban las puertas abiertas para que la gente entrara a verlos.
También se hacía un concurso por la decoración de luces. Recuerdo que a esa
edad, tendría yo cinco o seis años, me encantaba ir a ver una casa en específico
que la decoraba un señor, el cual les daba a los visitantes unos lentes con los
que al ver las luces aparecían figuras. El campo parecía una especie de internado
controlado por Martha Stewart o algo sacado de la película “The Stepford Wives”. Hoy en día, mi tía se
está divorciando y es prácticamente la única que queda del círculo de sus
amigas en Punto Fijo. Desde el paro petrolero en el año 2002, el campo está
abandonado, con las casas vacías y los jardines llenos de monte. Mi tía se
quedó anhelando y de cierta manera viviendo en ese pasado perfecto, en el que
tenía el esposo perfecto, el jardín perfecto y los muebles perfectos.
De niño vivía en una urbanización de tráiler que
quedaba muy cerca del mar. La vida en el tráiler la recuerdo como una época muy
feliz. Mi cuarto estaba lleno de aviones guindados en el techo porque para
aquel entonces yo decía que quería ser piloto. Tenía también un barril full de
Legos, a mi papá siempre le han gustado y los armaba conmigo. El tráiler era
una casa pequeña pero cómoda, sin embargo recuerdo que todo era muy frágil; más
de una vez se incendió un tráiler en la urbanización. También recuerdo una vez
que una amiga de mi mamá, que es muy gorda, al entrar pisó y se rompió el
suelo. Mi papá luego la ayudo a salir del ático que había abajo, ya que el
tráiler estaba suspendido por unas bases de concreto. Para ese entonces recuerdo
que me encantaba montar bicicleta, oír mi longplay de Serenata Guayanesa y del soundtrack de Star Wars, y correr por el
monte atrapando iguanas y hasta culebras.
Mi papá desde pequeño intentó inculcarme el amor a la
naturaleza. Desde bebé me llevaba con él a subir el cerro Santa Ana, tengo
fotos de él con un sujetador de bebé en la espalda escalando la montaña. Éste
es el único cerro en toda la península de Paraguana, tiene 800 metros de altura
aproximadamente. Subirlo es una experiencia única y una excursión divertida. Lo
que me gusta del Santa Ana es que al subirlo puedes ver las diferentes floras
que tiene dependiendo de la altura a la que estés. Al comenzar es todo xerófito,
lleno de cactus, cujíes y cardones. Por la mitad del cerro todo lo que hay es
pasto debido a la brisa que pega. Ya en lo alto es una selva tropical cubierta
por árboles, orquídeas, bromelias y cascadas. La subida tiene dos puntos clave:
el primero es una planicie, desde la cual se puede ver toda la península, la sierra
de San Luis a lo lejos, y si tienes suerte, hasta Aruba. El segundo punto clave
es la subida por una roca gigante que da hacia un risco y que a su vez es una
cascada, lo único que tienes es un mecate viejo, que está ahí desde que subo el
cerro. Me encantaba subirlo y deslizarme por el barro. Luego mi papá nos bañaba
a mí y a David con una manguera en el jardín.
Otro paseo al que mi papá nos llevaba con regularidad
era darle la vuelta a la Península en carro, pero a diferencia de la mayoría de
los turistas, nosotros nos quedábamos a acampar. Para mi papá era muy importante
que David y yo supiésemos cómo armar una carpa o hacer los nudos principales. Papá
siempre elegía él mismo el lugar para acampar, al lado de un dubi dubi (un
árbol típico de la Península y de Aruba) que quedaba a unos metros del Faro de
la Amacoya, un faro abandonado. Llevábamos una parrillera de camping Coleman en
la que hacíamos arepas y nos quedábamos toda la noche pescando y viendo las
estrellas. Hasta el día de hoy no conozco un cielo más estrellado que el de la
península, pero especialmente recuerdo el de ese punto. A mí nunca me gustó
mirar las estrellas, mi papá siempre intentó ensenármelas pero me daba miedo,
me hacía ver lo pequeños y frágiles que somos. Pero cuando hacíamos ese paseo
era imposible no mirar. Competíamos entra mi papá, David y yo a ver quién veía
más estrellas fugaces. Me encantaba darle la vuelta a la península, era un
camino rústico y se podían ver zorrillos y lechuzas madrigueras. Luego, en un
punto del trayecto, se llega a los médanos blancos que dan hacia el mar. Recuerdo
que nos tirábamos desde la punta de la duna hasta caer en la playa. Nunca se me
olvidará que una de las veces que fuimos nos despertaron unos pescadores
vendiéndonos langostas y en su peñero cargaban un tiburón que ocupaba casi
mitad del barco.
Tanto mi mamá como mi papá amaban el mar y tenían
amigos muy proactivos. Eran todas parejas jóvenes de los noventa. Cuando yo
tenía cuatro años aproximadamente ellos tomaban clases de buceo en Morrocoy,
así que todos los fines de semana íbamos y yo me quedaba con mi niñera Ninita en
Cayo Sombrero. De ahí le tomé el gusto a la playa, que sin lugar a dudas es mi
lugar favorito.
Mis vacaciones cuando era niño estaban dividas entre
ir a Maracaibo a visitar a mi familia materna e ir a Caracas a visitar a mi
abuela paterna, quien luego se mudaría con nosotros. Mi mamá tiene siete
hermanos, así que tengo bastantes primos. La casa de mis abuelos en Maracaibo
era grande; era como una especie de granja que quedaba pegada a un risco del
que se veía todo el lago y la ciudad. Tenía una piscina pegada justo al risco,
un viejo taller de carpintería, un lago pequeño y una gallinera al lado de la
casa. Mis vacaciones allá eran básicamente correr todo el día por el monte con
mis primos. A veces, de tanto correr los pantalones terminaban rotos, y muchas
veces se me caían por lo flaco que era, así que mis tíos me lo amarraban con un
mecate y así podía seguir corriendo tranquilo. Para mí eso era equivalente a un
viaje a Disneyland. Éramos siete primos varones y una niña que es mi prima María
Fernanda. Hacíamos desastres, nos metíamos al taller donde mis tíos
generalmente tenían lotes de madera que les traían para su mueblería y nos
robábamos las piezas de madera para hacer fuertes en el monte. Muchas veces nos
metíamos en el viejo taller sólo para buscar qué encontrábamos, ya que durante
muchos años mis abuelos habían usado ese taller como un depósito y muchas veces
sus amigos les pedían guardar cosas ahí que luego nunca pasaban recogiendo. Mis
tías y mi mamá nos pedían que lo que consiguiéramos se lo lleváramos, ya que
muchas veces conseguíamos planchas antiguas, patinetas viejas, en fin,
antigüedades que ellas luego usaban para decorar las casas. Una tarde luego de ir al cine y ver Misión
Imposible, decidimos crear un club de espionaje, así que nos metimos en el
taller y subimos al segundo piso donde había unas oficinas abandonadas. Decidimos
que ahí sería la sede y empezamos a hacer las supuestas misiones. Una de las
pruebas para poder convertirte en espía era subir a la platabanda del techo de
la casa de mis abuelos y lanzarse. Al darse cuenta de lo que hacíamos, mi mamá
y mis tías nos regañaron y enseguida llamaron a mis tíos. Ambos tíos, quienes
eran los que nos cuidaban durante el día, sabían que al darse la vuelta
nosotros volveríamos a intentar subirnos, así que decidieron dedicar esa tarde
a ayudarnos con la prueba de espionaje. Mi tío Fernando sacó un arnés que tenía
guardado y con una cuerda nos ayudó a escalar un muro que había debajo de la
piscina hacia el risco. Al final de la tarde no había diferencia entre mis tíos
y nosotros, ellos estaban tan metidos en el juego de espías como nosotros, así
que nos ayudaron a escribir un diploma dándonos el título de espías. Mi tío
Fernando, quien murió a manos del hampa luego que le intentaran robar en el
negocio, era gruñón; un hombre complicado y del mal carácter. Era un hombre que
se la pasaba inventando cosas en su tiempo libre, construía mecanos, hacía
marionetas y móviles. Pero casi todas las cosas que inventaba eran para
nosotros; nos construía carretas como las de las películas de vaqueros para que
mis primos y yo jugáramos por la casa de mis abuelos montados en ella. Pero sin
lugar a dudas, un invento que nunca olvidaré y que no fue sino hasta hace poco que
se lo conté a mi mamá, fue el de la tripa de caucho y las patinetas. Fue
durante la época en que comenzó la fiebre con los monopatines. Todos mis primos
y yo teníamos uno, y una tarde mi tío consiguió en el taller una tripa de
caucho de camión, así que decidió cortarla, amarrarla entre dos postes, y
usarla como una especie de china gigante para impulsarnos por la calle (que era
una pendiente) a mis primos y a mí.
Para mí, no hay navidad como las navidades en
Maracaibo. La numerosa familia siempre hace que las reuniones sean divertidas. Siempre
que íbamos en diciembre hacíamos un paseo todos juntos, primos y tíos, por todo
lo largo de la avenida Bella Vista, que todos los años la alcaldía de la ciudad
la adorna con temas diferentes. A lo largo de toda la avenida se pueden ver
muñecos y figuras gigantes referentes a la navidad iluminados en la noche. Algunos
se mueven, otros tienen música y la única pieza que siempre repiten es una
torre Eiffel iluminada al final del recorrido.
Antes, todos los diciembres nos reuníamos en casa de mis abuelos,
hacíamos un intercambio familiar y cada año nuevo mi tío Fernando prendía una
lámpara de papel voladora y la soltaba. Me gustaba ver desde el risco de la
casa de mis abuelos cómo cada año nuevo a las doce los barcos de carga que
navegan por el lago disparaban el fuego rojo, que se le conoce como “el
silbador”. Además, no hay otro sitio en Venezuela donde más se consuman fuegos
artificiales como en Maracaibo, es imposible ver el cielo. Hay veces que se
siente de día por la cantidad de fuegos que tiran, y verlo desde la casa de mis
abuelos era estar apreciando el show en primera fila. Lamentándolo mucho, no en
vano Maracaibo es uno de los lugares con más accidentes relacionados a
quemaduras en el mes decembrino. Mis favoritos eran los pequeños que explotaban
en el suelo; rabitos de cochino, los tanques de guerra, la serpentina, la
ranita, las bombas o bolas del diablo y por supuesto el clásico de poner un
tumba-rancho en el basurero y asustar a las mamás con las cebollitas.
Pero la otra parte de mis vacaciones era el venir a
Caracas. Cuando mencionaban la palabra Caracas en mi casa los ojos se me
salían, yo contaba los días por venir a Caracas a visitar a mi abuela Myriam.
Mi papá es hijo único y yo era el primer nieto de mi abuela, así que me
dedicaba toda su atención cuando venia. Apenas llegaba mi abuela me llevaba al
Museo de los Niños. Recuerdo que siempre me llevaba de vuelta a Punto Fijo mi
matica de caraotas que había sembrado en el área de botánica del museo, como
también el papel reciclado, así como también contaba los días por volverme a
montar en el transbordador espacial y saltar con el arnés por la luna. También
era una visita segura el Museo de Ciencias, que antes tenía una exposición de
dinosaurios, tema que me apasionaba, y tenía unos dinosaurios mecánicos que se
movían y hacían ruidos. Recuerdo una vez de pequeño una de las idas al museo;
íbamos mi abuela, David y yo. Tomamos el metro y en una de las estaciones entró
un hombre al vagón y justo antes de que se cerrase la puerta, dejó un bolso dentro
y salió del vagón. De inmediato, un señor que iba con nosotros se paró y tocó
el botón de emergencia y empezó a gritar ¡es una bomba! Mi abuela nos abrazo a
David y a mí, los tres estábamos cerca del bolso. Al llegar a la próxima
estación nos mandaron a bajar y salir de la estación de inmediato. Al día siguiente
vimos en el periódico que de hecho sí había sido una bomba niple que habían
puesto en el vagón. Aún conservamos el recorte de periódico.
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