Para Adrian y Raquel.
“Sangran en mí las hojas de los árboles”. Eugenio Montejo.
El equipaje es una cosa
infinita.
Todavía encuentro alguna
camiseta ovejita hecha un rebujo en el fondo del baúl de madera que en Caracas
usaba de mesa para la tele y que en Madrid uso para guardar la ropa de verano
cuando es invierno y de invierno cuando es verano. Parecía tan grande allá. Acá su capacidad es insuficiente. Mi mano toca la tela de franela y
la reconoce. No necesito mirar para saber. Mi mano tiene memoria.
Pasa también cuando busco
ibuprofeno en el mueble de las medicinas. A ciegas, por pereza de encender la
luz, mi mano tantea. Explora volúmenes y formas, tropieza con una pestaña de
cartón que el tacto lee, ésta no, ésta es de
allá, juega al toca–toca para
adivinar, ¿será ponstan? hasta dar
con la caja que necesito.
El tropiezo con la cajita
de allá me dispara, me hace volar y
aterrizar en el asiento trasero de un taxi, doce años atrás. Allí, engurruñada
por una mezcla de frío, dolor y miedo, pensaba en círculos sin poder parar de llorar. El hilo musical de mi cabeza
sonaba así:
Qué frío tan coñoemadre, ¿cómo se llamará esta
autopista?, se parece al pulpo, el cartel dice M30, M30, ¿qué quiere decir
M30?, no me ubico, ¿cómo saber dónde está el norte si aquí no hay Ávila?, este
taxista no habla, qué pinta de malandro, esos pelos, por favor, el camino de
vuelta se me está haciendo más largo que el de ida, el dolor me está
reventando, y eso que tengo anestesia, odio la anestesia, me pica en la
mejilla, no siento la boca, no se me entiende cuando hablo, ¿cómo voy a hacer
en la farmacia?, ¿cómo se dirá ponstan
aquí?, yo quiero ponstan, una
merengada de ponstan, ¿cómo se dirá
esa vaina en españoleto?, este
taxista me quiere secuestrar, esta no es la vía por la que vine, ¿por qué
agarró por aquí?, está claro, me quiere
secuestrar, en la autopista no hay semáforos, ¿y si me tiro?, ¿me pasará
mucho?, va a cien kilómetros por hora, si me tiro pongo la mejilla derecha
primero, segurito que no me duele, me inyectaron anestesia por carajazos, voy a llorar callada para que
crea que soy valiente, le voy a decir que no me secuestre, que le va a salir
mal el negocio, que me duele mucho la muela, que enferma soy imposible y que en
esta ciudad nadie pagaría por mí un rescate, qué cagada, aquí no valgo medio,
aquí no soy nadie, aquí no existo, aquí no salgo en la guía telefónica, aquí no
soy secuestrable, aquí no me puede doler la muela porque no sé decir ponstan.
Ahora me río pero…
Vivo en un mundo bilingüe.
Camisetas de aquí y de allá, medicinas de aquí y
de allá, comida de aquí y de allá, palabras de aquí y
de allá.
Todo se traduce.
Siempre fue así.
Hija de inmigrantes
españoles, mi mundo era un cubo de rubik. Porque los hermanos de mi padre y de
mi madre se unieron también a inmigrantes. Españoles, alemanes, italianos,
portugueses y más. Vivía una realidad de cuadritos de colores que combinados al
azar hacían las caras de un cubo. Había que traducir todo. Poner lo que era de allá y acá en su lugar. Supongo que por eso no tengo claro si soy una
emigrante, una inmigrante, una retornada. Aquí
soy de allá, allá soy de aquí. A veces
imagino el mapa de mi país: geografía de cielos. El de Venezuela, el del
España, el del Atlántico entre ambos.
Una tarde, mi hijo hace un
cuenco con sus manos y me ofrece su botín:
Una piña de pino, tres
bellotas maduradas, una granada color
gris ciudad.
Veo las palmas de sus
manos, sudadas y pegajosas y el recuerdo superpone sobre ellas, las mías, más
de treinta años antes, yo pequeña, en aquel valle verde, llevándole a mi madre
mi tesoro: mangos y cocos por crecer, guayabas picadas de gusanitos blancos,
envoltorios de torontos que juntaba y alisaba con mucha paciencia, la pluma de
un turpial.
Se lo cuento a mi hijo y
pregunta por el nombre del árbol del coco. Cocotero, le digo. No me cree. Me
pide merendar “ese pan redondito de tu país que rellenas con York”…quiere
arepas con jamón.
Llamo a mis compadres y atiende
mi ahijada.
Me habla de Segovia, de
Burgos, de Guadalajara, de San Lorenzo del Escorial. En su boca de niña esas
geografías suenan tan mayúsculas que me dan ganas de decirle: princesa, no
digas tacos.
Entonces me recuerdo
diciendo Carabobo, Guasdualito, Margarita, Parapara, Barquisimeto, Aragua, ante
la cara desorientada de los adultos de mi familia.
No sé bien de qué me fui.
Sólo sé que tenía que
irme.
Y que el país intentó detenerme.
Primer aviso; piénsalo bien, traidora:
Cuatro días antes de la
partida: bajando por la autopista de Prados del Este, una lámina de
conglomerado mal amarrada, se desprendió del camión que iba delante de mi carro
y se estrelló contra el parabrisas.
Segundo aviso; no lo vas a poder contar, traidora:
La última imagen de mi
ciudad adorada: atrapada una torre de Plaza Caracas. Busco la ventana y miro
diez pisos hacia abajo. En el asfalto negro y bacheado, una decena de ballenas con sus chorros más que
disuasorios, jaulas, patrullas, gente en estampida, gritos, triquitraquis…¿eran
triquitraquis?
Tercer aviso; ahora o nunca, traidora.
Colofón de la fuga: a diez
metros del estacionamiento del aeropuerto, con las maletas que vendrían por
avión, con los pasaportes en la mano, curva cerrada, mancha de aceite, chirrido
de cauchos que derrapan, equipaje que vuela, cinturones que felizmente no
estaban vencidos y funcionaron como debían.
Cuarto aviso; aquí también estoy:
La venganza: en Madrid, de
camino a tramitar mi documento nacional de identidad. Yo mirando a través de la
ventana cafeterías con dibujos de churros, yo pensando que el atasco me iba a
hacer perder la cita, yo considerando si pagar la carrera e irme caminando, yo
escuchando unos gritos, una frenada larga, un golpe seco. Yo recuperando la
consciencia mientras voces preguntaban si me siento bien, si quiero llamar a
alguien, si me ayudan a poner la denuncia.
Y hoy, tantos años
después, tan lejos de todo aquello, sigue aquí.
En un semáforo en la calle
Alcalá.
A mi derecha, Las ventas.
Pululan rumanos que
quieren limpiarme el parabrisas.
A mi izquierda, una
ambulancia. En su carrocería leo: San
Román.
Se abre el océano y todo
está en un mismo sitio.
Regresa la cola sonora de
un extra, rehenes en una clínica, ladrones, policías.
Desecho aquello.
Pienso en mi hijo y en mi
ahijada comiendo mamones con los antebrazos embarrados del juguito que chorrean,
con las lenguas pintadas de amarillo de raspado de parchita, cantando los chimichimitos y el pájaro guarandol, sabiendo escoger los árboles a trepar (guayaba
no, que resbala, aguacate no, que la rama se quiebra), pronunciando con soltura
chaguaramos y Guachirongo.
Eso será posible desde la
memoria, desde la palabra de los poetas, desde las páginas de los libros, desde
el humo de una empanada de carne mechada hecha en invierno.
Yo hice un viaje de vuelta
que ellos harán cuando sea oportuno.
Mientras tanto, ellos
también viven un mundo bilingüe que ven como un plus, una ganancia, un extra.
Jamás como una pérdida.
No sé si doce años después
alguien pagaría un rescate por mí.
Sé que aparezco en la
guía, que me encuentro a amigos por casualidad en la calle, que el paisaje me
responde cuando le hablo.
Sé que tengo un país con
un mapa hecho de tres cielos que son uno solo.
Y que el Ávila marca el
norte dentro de mí.
Lena, primero me hiciste reir con tu narracion del taxi y luego me hiciste llorar. Creo que todos tenemos ese Avila adentro marcando el norte. Tenemos el verde y el calor adentro, no se va. Pero tambien tengo el frio de Calgary conmigo.
ResponderEliminarGracias Lena!
En mí también sangran las hojas de lo árboles. De los cocoteros, de los mangos.
ResponderEliminarEse sabor me llega en tu texto.
Y me conmueve.
Al igual que mc me hiciste reir y llorar, pero más llorar que reir, porque tengo un año en Zaragoza y no dejo de pensar en Caracas, mi sobrina Andrea de 3 años creciendo sin su tía, en el Avila, en la malta, el toronto, el cine en ingles...Y tantas cosas!! En otoño en clima se me parece al pacheco de Caracas y no dejo de pensar si debería volver.
ResponderEliminarun texto hermoso Lena ! yo cumpli 15 años en Francia, y el Avila sigue alli, marcando mi norte. Espero de todo corazon que en el futuro, mis hijos vean esa otra nacionalidad como un plus, ojala. Voy a hacer un post porque me hiciste recordar algo que queria escribir para mi. Gracias por mandarme el link.
ResponderEliminarYO no tengo Ávila que me indique dónde está el sur y el norte, pero igual me hiciste llorar, Lena querida
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