Buscar este blog

domingo, 27 de mayo de 2012

Crónica persona (IV), de Ricardo Serrano


El pueblo al que nos mudamos se llama Fort McMurray, queda al norte de la provincia del Alberta al oeste de Canadá. Fort McMurray era más chiquito qué Punto Fijo, me daba la sensación de que los pueblos me perseguían. Éste era un típico pueblo americano. Tiene un pequeño centro o downtown (como se le dice en inglés), con las tiendas esenciales, un gran río que lo atraviesa y está rodeado por un bosque de pinos. En invierno las temperaturas oscilan entre los menos veinte y menos cuarenta grados. En Fort McMurray están la mayoría de las refinerías petroleras de Canadá, ya que ahí se encuentra el crudo en las arenas bituminosas. Es el único lugar del mundo en el que el crudo se encuentra de esa manera. Miles de venezolanos habían decidido mudarse a Canadá luego del paro. Cuando llegue a Fort McMurray ya conocía a varias de las familias que ahí vivían. Se puede decir que adaptarme a esta nueva vida se me hizo más fácil gracias a eso. Pero también es cierto que si en Punto Fijo me quejaba de que era un pueblo, que conocía a todo el mundo, que me daba fastidio conseguirme a la gente en supermercado, en el centro comercial, etc; en Fort McMurray sería mucho peor. Aquí los venezolanos hacían todo juntos: hacían fiestas mensuales, iban al mismo gym, los hijos iban a la misma escuela, vivían en los mismos vecindarios. Recuerdo que las profesoras en mi colegio me comentaban que les parecía curioso que de todos los imigrantes, los venezolanos eran los que menos se adaptaban o integraban, o al menos eran los que más tardaban en hacerlo. Y esto no por la diferencia en idioma. Los venezolanos comíamos todos en una misma mesa, tomábamos juntos las clases, los venezolanos se empataban con otros venezolanos, etc. La parte negativa es que lamentablemente además de ser amigables y habladores,  algo que también nos caracteriza a los venezolanos es el ser chismosos, así que desde que llegué sentí un rechazo a esa comunidad, sin que nada me pasara en específico.
Mis recuerdos de Fort McMurray van dirigidos a mis días en la escuela, las montadas de bicicleta por el bosque en verano y las idas a esquiar en el invierno. En la escuela me reencontré con un viejo amigo, que había vivido en Punto Fijo pero que luego se había mudado a Caracas; Noé. Noé es una de esas personas que son muy buenos amigos, es fiel y mostró estar ahí para cuando lo necesitaba, en las buenas y en las malas. No era de muchas palabras cuando estábamos en grupo pero me acuerdo que se reía de todo, le daban unos ataques de risa que se caía al suelo y era difícil pararlo. Era una persona bien parecida, recuerdo que muchas veces yo intenté levantarme a chamas y me terminaban preguntando por mi amigo. Noé tiene pelo negro, tez muy blanca y unos ojos verdes muy grandes. Él vivía con su papá y una madrastra, ya que a los cinco años aquí en Venezuela le habían matado a su mamá estando con él, para robarles. Su relación con la madrastra no era nada buena, ella le prohibía tener fotos de su mamá en la casa y había botado de su casa a los dos hermanos mayores de Noé, por eso fue el único que se terminó yendo a Canadá con sus papás. Cuando llego a Canadá, los problemas en su casa se intensificaron y para escapar de ellos, Noé se la pasaba todo el día en mi casa. Luego conocimos a María, una venezolana que también acababa de llegar, y enseguida hizo click con Noé y conmigo. Decidimos tomar juntos todas las clases, porque en el sistema de bachillerato en Canadá uno elige las clases que quiere tomar. Recuerdo que usábamos como pretexto el ser inmigrantes para que nos dieran más tiempo en los exámenes. En la escuela existía un salón que era especializado para ayudar a los estudiantes que provenían de otros países que se llamaba ISL (english as a second lenguaje). Los ayudaban con la escritura, la pronunciación, la lectura, etc. María, Noé y yo siempre pedíamos que nos mandaran a hacer los exámenes ahí para que nos ayudaran a leer las preguntas. Era mentira que necesitábamos eso, los tres sabíamos leer inglés muy bien. Pero las profesoras nos creían y nos entregaban los exámenes en la mano para que fuéramos al salón de ISL, y en el trayecto al salón nos copiábamos todo el examen. Canadá, y Fort McMurray en particular, es un lugar de oportunidades. Está ranqueado entre los lugares con mejores sueldos en el mundo y constantemente están buscando gente para que vaya y trabaje en las refinerías y comercios. La mayoría de los venezolanos sentía que se habían sacado la lotería al mudarse allá. Mi mamá logró obtener el puesto de gerente de la refinería. De nuevo las cosas volvían a dar un giro positivo en mi casa. Pero había algo que no estaba bien, yo sentía que me había ido del país sin cerrar un capítulo. Todos los días me metía en la biblioteca de mi escuela para leer Globovision por internet. Cuando en el 2001 cerraron RCTV y salieron los líderes estudiantiles a protestar, yo sentía que debía estar ahí. Extrañaba a mi país, todos mis trabajos en la escuela eran sobre Venezuela, a todos les hablaba de mi país. Cada cosa que veía en Canadá enseguida la relacionaba con Venezuela y me preguntaba: ¿Por qué no hacer esto allá? ¿Como quedaría?
Fue así que cuando me gradué, senté a mis papás y les pedí que me apoyaran en la decisión de venirme; y lo hicieron. Fui el tema de qué hablar por la comunidad venezolana de Fort McMurray ese verano de 2008. Los amigos de mis papás les preguntaban que por qué me dejaban ir. Me enteré de que muchos otros decían que era un acto de irresponsabilidad el dejarme regresar a Venezuela, otros me consideraban un rebelde sin causa. La verdad es que ni yo sabía si lo que estaba haciendo tenía sentido, pero no quería después preguntarme el “¿y si…?” Además, si hay una etapa para meter la pata y ser rebelde, inventar, explorar, soñar y luchar por los sueños, es la adolescencia.
 Me mude a Caracas a finales del 2008. Al principio viví con mi abuela en Santa Mónica. Ese primer año lo dividí entre hacer la reválida  de bachillerato y dedicarme a lo que quería hacer cuando extrañaba Venezuela; trabajar en la política. Me presenté en Súmate y logré trabajar con ellos por varios meses. Fui representante de esa ONG en varias parroquias de Libertador, incluso logré salir en dos programas de TV y en una entrevista de radio. Pero luego de quedar en la Monteávila decidí mudarme a El Marqués.
Lo cierto es que cuatro años después, puedo decir que hay días en los que me arrepiento de la decisión y otros en los que no. Me encanta mi universidad y la carrera, pero me decepciona ver el nivel de apatía que existe en los jóvenes, nunca fue lo que pensé encontrar. Este año se me vence mi residencia canadiense. Para el gobierno de Canadá es un insulto que uno voluntariamente la pierda, así que será un proceso difícil volverla a pedir o pensar en ser ciudadano canadiense en un futuro. Se puede decir que dejé todo por mi país, me alejé de mi familia y rechacé una oportunidad de vida en un país que me aseguraba estabilidad económica y calidad de vida. Muchas veces me pongo a escuchar la canción de Billy Joel; “Vienna”, y me doy cuenta de que, como a la mayoría de las personas, la juventud se me está pasando volando y que tal vez estoy tan sumergido en la rutina que no me doy cuenta.  Creo que como el común de las personas, tengo ganas de ser algún día respetado y reconocido por mi trabajo. También me preocupa mi estabilidad económica, mi carrera no es conocida por dar buenos ingresos y menos en este país. Lo cierto es que si algo he aprendido a mis 22 años, es que parte de madurar esta en aceptar los fracasos. Me pregunto si este camino que tomé será el que me llevara al éxito. No lo sé, sólo espero que algún día puedan pedirme hacer otra crónica de mi vida, y que con gusto diga que tengo una vida con la suficiente relevancia para no dormir al lector, como sé que ésta lo hará con el que se atreva a leerla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario