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domingo, 20 de noviembre de 2011

Venezuela es un país esencialmente triste: Para una lectura de Los desterrados, de Eduardo Sánchez Rugeles.


¿Fue Andrés Bello el primero de nuestros desterrados, o lo fue Simón Rodríguez?, ¿quién asumió ese destierro primero, como condición final de su existencia? Bello sale para Londres en senda Embajada con Bolívar y López Méndez y decide quedarse en la ciudad de la niebla. Veinte años después, parte hacia Chile, a realizar su gran labor pedagógica. Rodríguez viviría menos fortuna. Ambos, dejaron atrás al territorio nuevo, con no más de medio siglo de existencia desde 1777, denominado Venezuela. La condición de destierro en Bello y en Rodríguez es sin igual: son próceres, héroes civiles, de la gesta independentista. Figuras intelectuales nuestras como Baralt, ya lo serían de los tiempos republicanos. Y entrado el siglo XX, con Pocaterra, Gallegos, Picón Salas, nos encontraremos con otro tipo de desterrados: aquellos que la historia no quiso para sí, en esa tierra decimonónica, aun entrados ya los pasos en el siglo de los modernos.
Nuestra condición de desterrados, exiliados, hijos de la diáspora, es remoto. Miguel de Cervantes añoró toda su vida poder ir a las Indias, específicamente hacia el Alto Perú, hoy Bolivia, a hacer fortuna. El veterano de Lepanto pasaría mucho de sus días como recogedor de Impuestos para la Corona Española, repudiado por el común en esta amarga labor, solo para ver esos dineros hundirse muy cerca de las costas inglesas en ese ridículo histórico denominado “La Derrota de la Armada Invencible”. Antes que él, Garcilaso hizo sus mejores días en Italia. Los fundadores de la lengua española, se sentían hijos de ese aire de libertad que era la Bota italiana, y lamentaban constantemente sus penas en tierras de España.
Somos hijos de los nómadas. Pero en especial, lo es todo aquel que se atreva a las ideas en tierras americanas. La lista de aquellos llenos de ansias de otros lugares es enorme: desde Guzmán Blanco hasta Ramos Sucre, desde nuestros grandes artistas plásticos hasta nuestros más destacados poetas. La utopía de las ideas, de la Ilustración, del pensamiento, ha encontrado múltiples obstáculos en el Nuevo Mundo, e incluso aquellos que han triunfado, se han llenado la boca con la sangre del destierro.
Existen quienes no se han querido ir y han terminado marchándose por causas de fuerza mayor (en Hispanoamérica, siempre es política esta fuerza mayor), y quienes lo han decidido libremente. Han roto lazos; quemado naves. Han odiado incluso la tierra en donde nacieron. Después de la Guerra Civil española, la lista es larga: Guillén, Salinas, Cernuda. Muertos: Lorca, Hernández. Desterrados de la generación del 98: Machado, Jiménez. El caso que más me ha llamado la atención siempre ha sido el de Cernuda. En su Díptico Español, bien nos dice, ya desde el primer poema, Es lástima que fuera mi tierra, lo siguiente:
                        Soy español sin ganas
                               Que vive como puede bien lejos de su tierra
                               Sin pesar ni nostalgia. He aprendido
                               El oficio de hombre duramente,
                               Por eso en él puse mi fe. Tanto que prefiero
                               No volver a una tierra cuya fe, si una tiene, dejó de ser
                                               La mía,
                               Cuyas maneras rara vez me fueron propias,
                               Cuyo recuerdo tan hostil se me ha vuelto
                               Y de la cual ausencia y tiempo me extrañaron.

Cernuda asume con lucidez algo que acompaña a muchos hombres, en especial desde los tiempos de la Ilustración: rabiar la tierra, destetarse de ella. Otra figura quizá similar pueda ser José Antonio Ramos Sucre. No suelen ser bien vistos; incomodan; rompen los moldes de una modernidad idiota, que se afana en los infiernos del Nacionalismo, de la idea de Raza, o en el fundamentalismo religioso, económico e ideológico. Vivimos, aun, un tiempo que no acepta disidentes, y en donde aquel que rompe con lazos asumidos en el colectivo como definitivos, debe hacer fila en la larga cola de los pronto a ser ahorcados. Nos hemos acostumbrado a ver, hoy en día, estas figuras asomarse en sociedades no Occidentales: en China, en Irán, en otros lares. Pero en Occidente esta lista es larga. Son pocos quienes han defendidos a los heterodoxos, a los raros, a quienes creen más en el individuo que en los colectivos. Figuras tan disímiles como Beckett, Celan, Canetti, Brodsky, Naipaul, Goytisolo, por solo mencionar algunos, se asoman como soles en estos tiempos excluyentes.
Autores como George Steiner, en su Extraterritorial, o el doctor José Solanes, entre nosotros, han trabajado con fuerza el exilio, el destierro, la diáspora entre los intelectuales. Quisiera hablar del libro de Solanes. Editado por Monte Ávila en 1993 y desaparecido de cualquier estante, Solanes hace una de las exploraciones más lúcidas sobre el tema, en lengua española. Los nombres del exilio, no tiene nada que sobre; todo dice, todo explora, todo recorre. Español exiliado en tierras venezolanas, psiquiatra destacado, José Solanes escribió un libro que merece ser reeditado con premura. En él, podemos encontrar las preguntas bien formuladas con respecto a todo aquello que comprenda la condición humana más allá de las fronteras nacionales. Es de la mano de Solanes que pude explorar con claridad un libro como Los desterrados, de Eduardo Sánchez Rugeles. No quisiera hablar sobre su éxito editorial, sus logros como autor joven, sus triunfos en concursos literarios. Tampoco de sus títulos universitarios, o su labor docente en Venezuela. El Sánchez Rugeles que me interesa es aquel que decidió irse a vivir a España y no volver más. Aquel que edita en Venezuela, que hiere con fuerza en la carne de la comodidad criolla, que se hace antipático ante el cheverismo desatado entre nosotros.
El libro Los desterrados, no habla de cualquier partida de tierras nacionales. Habla del exilio del lector. Del venezolano como lector de sí mismo, es decir, de la ausencia de una conciencia crítica profunda, no inmediatista, no venal. Durante todo el libro de crónicas de este autor, diversos matices son explorados: la muerte en muchas variantes, la sátira más ruda, la ironía más afilada, el humor más corrosivo. Sánchez Rugeles explora no el fracaso de una utopía nacional, no sus restos: explora la distopía colectiva como condición sine qua non criolla. Abordando casi siempre dos historias en paralelo, que se van hilando una a otra para la construcción de la historia final, el texto va haciéndose crónica a través de la música popular venezolana, de Sabina, y de diversos parajes que acogen a sus protagonistas: Chipre, Portugal, Italia, España. Todo recorre, por medio de veloces y muy acertados flash-backs, recuerdos dolorosos de los tiempos en que estos desterrados vivían en Venezuela. El fracaso de sus ilusiones, el quiebre de sus promesas, el resultado final de sus caminos, allende el mar. El exiliado es el paradigma del hombre, diría Solanes.
Las críticas son feroces hacia todo lo que consideramos bueno, nuestro, instituido: El Miss Venezuela, Sábado Sensacional, nuestros ilustrados, nuestros deportistas, el militarismo, la mitología de la izquierda entre nosotros y muchos de sus falsos logros, figuras como Rómulo Gallegos, entre tantas cosas. Las crónicas de este libro están escritas con la saliva de múltiples gargajos.
Textos mayores son El odio, casi un manifiesto para todo aquel que desee dejar atrás esa condición particular: ser venezolano; Redención, quizás el texto más hermosamente escrito, saudoso, donde nos encontramos con citas como esta:
            Todo está en la memoria. Uno, finalmente, no pertenece a una cosa tan abstracta e insignificante como un país, ni siquiera a una ciudad. La vida, supongo, se construye en tu calle, en la ventana de tu casa o tropezando en el mercado con las personas de siempre; quizás la idiosincrasia no sea más que una cuestión de esquinas y paradas de autobús. Yo, por ejemplo, no sabría decir si soy venezolano o portugués, mucho menos español, ni siquiera soy caraqueño. Lo que sí puedo decirte y lo que realmente siento es que soy de Los Chaguaramos. En el fondo, no soy más que un ciudadano de la Avenida Las Ciencias.

También textos como La Culpa, o E-mail desde Jamaica, son memorables, en donde la crítica política, en especial en el último de los textos mencionados, es clara y concisa:
La verdad es muy simple, Henry: el llamado chavismo es un proyecto totalitario. Cualquier justificación de este despropósito no es más que mala literatura. Impera en estas tierras un totalitarismo bailable, un bingo incompleto, un absolutismo circense, una raza híbrida de tiranuelos y sicarios. Esta feria del mal gusto no aparece descrita en los ensayos de Arendt o Raymond Aron. La teoría, en este contexto, es inútil. No puedo satisfacer tu curiosidad de científico social ya que la realidad venezolana no se adapta a ninguno de los modelos que interpreta la lógica del mundo. Autores como Bobbio o Sartori preferirían alquilar pornos o ver un partido de fútbol de la segunda división italiana antes que perder su tiempo en teorizar sobre lo «inteorizable». Existe una expresión popular que, en gran medida, permite comprender la dialéctica criolla: en Venezuela impera la cultura del cogeculo. Este modismo vulgar, de explícitas alusiones, se aplica a totalidad de la rutina y ha sido institucionalizado por el mal gobierno. En este país es legítimo afirmar –parodiando el título de la novela de Sael Ibáñez– que vivir atemoriza.

En otros textos, Sánchez Rugeles, explora la nostalgia, la melancolía devoradora de cualquier sueño y, en términos formales, diversas expresiones comunicacionales del siglo XXI: en todo momento, los correos electrónicos, el chat, los viajes constantes, la búsqueda de algo indefinido, define el rumbo de los textos.
Los desterrados es casi una bitácora personal de Sánchez Rugeles, a través de varios personajes, en especial Lautaro Sanz, a quien podemos reconocer como a un hijo posmoderno de Maqroll el Gaviero. Trece crónicas, más el Discurso de recepción del Premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri, componen el libro.
Lo invitamos a leerlo en su condición de lector, siempre fuera de toda frontera en estos tiempos y otros más atrás,  con toda la rabia interior que usted pueda tener reprimida, y sin olvidar que usted también, en algún momento de su historia, también podría llegar a ser un desterrado.

martes, 20 de septiembre de 2011

El equipaje es una cosa infinita, por Lena Yau.

Para Adrian y Raquel.

“Sangran en mí las hojas de los árboles”. Eugenio Montejo.

El equipaje es una cosa infinita.
Todavía encuentro alguna camiseta ovejita hecha un rebujo en el fondo del baúl de madera que en Caracas usaba de mesa para la tele y que en Madrid uso para guardar la ropa de verano cuando es invierno y de invierno cuando es verano. Parecía tan grande allá. Acá su capacidad es insuficiente. Mi mano toca la tela de franela y la reconoce. No necesito mirar para saber. Mi mano tiene memoria.
Pasa también cuando busco ibuprofeno en el mueble de las medicinas. A ciegas, por pereza de encender la luz, mi mano tantea. Explora volúmenes y formas, tropieza con una pestaña de cartón que el tacto lee, ésta no, ésta es de allá, juega al toca–toca para adivinar, ¿será ponstan? hasta dar con la caja que necesito.
El tropiezo con la cajita de allá me dispara, me hace volar y aterrizar en el asiento trasero de un taxi, doce años atrás. Allí, engurruñada por una mezcla de frío, dolor y miedo, pensaba en círculos sin poder  parar de llorar. El hilo musical de mi cabeza sonaba así:
Qué frío tan coñoemadre, ¿cómo se llamará esta autopista?, se parece al pulpo, el cartel dice M30, M30, ¿qué quiere decir M30?, no me ubico, ¿cómo saber dónde está el norte si aquí no hay Ávila?, este taxista no habla, qué pinta de malandro, esos pelos, por favor, el camino de vuelta se me está haciendo más largo que el de ida, el dolor me está reventando, y eso que tengo anestesia, odio la anestesia, me pica en la mejilla, no siento la boca, no se me entiende cuando hablo, ¿cómo voy a hacer en la farmacia?, ¿cómo se dirá ponstan aquí?, yo quiero ponstan, una merengada de ponstan, ¿cómo se dirá esa vaina en españoleto?, este taxista me quiere secuestrar, esta no es la vía por la que vine, ¿por qué agarró por aquí?, está  claro, me quiere secuestrar, en la autopista no hay semáforos, ¿y si me tiro?, ¿me pasará mucho?, va a cien kilómetros por hora, si me tiro pongo la mejilla derecha primero, segurito que no me duele, me inyectaron anestesia por carajazos, voy a llorar callada para que crea que soy valiente, le voy a decir que no me secuestre, que le va a salir mal el negocio, que me duele mucho la muela, que enferma soy imposible y que en esta ciudad nadie pagaría por mí un rescate, qué cagada, aquí no valgo medio, aquí no soy nadie, aquí no existo, aquí no salgo en la guía telefónica, aquí no soy secuestrable, aquí no me puede doler la muela porque no sé decir ponstan.
Ahora me río pero…
Vivo en un mundo bilingüe.
Camisetas de aquí y de allá, medicinas de aquí y de allá, comida de aquí y de allá, palabras de aquí y de allá.
Todo se traduce.
Siempre fue así.
Hija de inmigrantes españoles, mi mundo era un cubo de rubik. Porque los hermanos de mi padre y de mi madre se unieron también a inmigrantes. Españoles, alemanes, italianos, portugueses y más. Vivía una realidad de cuadritos de colores que combinados al azar hacían las caras de un cubo. Había que traducir todo. Poner lo que era de allá y acá en su lugar. Supongo que por eso no tengo claro si soy una emigrante, una inmigrante, una retornada. Aquí soy de allá, allá soy de aquí. A veces imagino el mapa de mi país: geografía de cielos. El de Venezuela, el del España, el del Atlántico entre ambos.
Una tarde, mi hijo hace un cuenco con sus manos y me ofrece su botín:
Una piña de pino, tres bellotas maduradas, una granada color gris ciudad.
Veo las palmas de sus manos, sudadas y pegajosas y el recuerdo superpone sobre ellas, las mías, más de treinta años antes, yo pequeña, en aquel valle verde, llevándole a mi madre mi tesoro: mangos y cocos por crecer, guayabas picadas de gusanitos blancos, envoltorios de torontos que juntaba y alisaba con mucha paciencia, la pluma de un turpial.
Se lo cuento a mi hijo y pregunta por el nombre del árbol del coco. Cocotero, le digo. No me cree. Me pide merendar “ese pan redondito de tu país que rellenas con York”…quiere arepas con jamón.
Llamo a mis compadres y atiende mi ahijada.
Me habla de Segovia, de Burgos, de Guadalajara, de San Lorenzo del Escorial. En su boca de niña esas geografías suenan tan mayúsculas que me dan ganas de decirle: princesa, no digas tacos.
Entonces me recuerdo diciendo Carabobo, Guasdualito, Margarita, Parapara, Barquisimeto, Aragua, ante la cara desorientada de los adultos de mi familia.
No sé bien de qué me fui.
Sólo sé que tenía que irme.
Y que el país intentó detenerme.
Primer aviso; piénsalo bien, traidora:
Cuatro días antes de la partida: bajando por la autopista de Prados del Este, una lámina de conglomerado mal amarrada, se desprendió del camión que iba delante de mi carro y se estrelló contra el parabrisas.
Segundo aviso; no lo vas a poder contar, traidora:
La última imagen de mi ciudad adorada: atrapada una torre de Plaza Caracas. Busco la ventana y miro diez pisos hacia abajo. En el asfalto negro y bacheado, una decena de ballenas con sus chorros más que disuasorios, jaulas, patrullas, gente en estampida, gritos, triquitraquis…¿eran triquitraquis?
Tercer aviso; ahora o nunca, traidora.
Colofón de la fuga: a diez metros del estacionamiento del aeropuerto, con las maletas que vendrían por avión, con los pasaportes en la mano, curva cerrada, mancha de aceite, chirrido de cauchos que derrapan, equipaje que vuela, cinturones que felizmente no estaban vencidos y funcionaron como debían.
Cuarto aviso; aquí también estoy:
La venganza: en Madrid, de camino a tramitar mi documento nacional de identidad. Yo mirando a través de la ventana cafeterías con dibujos de churros, yo pensando que el atasco me iba a hacer perder la cita, yo considerando si pagar la carrera e irme caminando, yo escuchando unos gritos, una frenada larga, un golpe seco. Yo recuperando la consciencia mientras voces preguntaban si me siento bien, si quiero llamar a alguien, si me ayudan a poner la denuncia.

Y hoy, tantos años después, tan lejos de todo aquello, sigue aquí.
En un semáforo en la calle Alcalá.
A mi derecha, Las ventas.
Pululan rumanos que quieren limpiarme el parabrisas.
A mi izquierda, una ambulancia. En su carrocería leo: San Román.
Se abre el océano y todo está en un mismo sitio.
Regresa la cola sonora de un extra, rehenes en una clínica, ladrones, policías.
Desecho aquello.
Pienso en mi hijo y en mi ahijada comiendo mamones con los antebrazos embarrados del juguito que chorrean, con las lenguas pintadas de amarillo de raspado de parchita, cantando los chimichimitos y el pájaro guarandol, sabiendo escoger los árboles a trepar (guayaba no, que resbala, aguacate no, que la rama se quiebra), pronunciando con soltura chaguaramos y Guachirongo.
Eso será posible desde la memoria, desde la palabra de los poetas, desde las páginas de los libros, desde el humo de una empanada de carne mechada hecha en invierno.
Yo hice un viaje de vuelta que ellos harán cuando sea oportuno.
Mientras tanto, ellos también viven un mundo bilingüe que ven como un plus, una ganancia, un extra.
Jamás como una pérdida.
No sé si doce años después alguien pagaría un rescate por mí.
Sé que aparezco en la guía, que me encuentro a amigos por casualidad en la calle, que el paisaje me responde cuando le hablo.
Sé que tengo un país con un mapa hecho de tres cielos que son uno solo.
Y que el Ávila marca el norte dentro de mí.






martes, 13 de septiembre de 2011

La ciudad anterior: recordando a Maracay desde Sevilla, de Carlos Castro.

Robert De Niro me persigue por toda Sevilla. Lleva a todas partes un vaso con whisky y hielo. Cada vez que me encuentra me dice:
–El carácter no se regala.

Cuando me subo a un autobús me gusta sentarme de espaldas al camino: el vértigo (si escribes vértigo en Nokia se te interpone testigo, si escribes ateísmo se te interpone budismo), el vértigo, repito, de avanzar hacia atrás, es bello. Hablando de autobuses sevillanos (apartando el hecho de que todos hieden): cuando digo “Tomo el autobús”, todo el mundo piensa que me lo bebo. ¿Por qué? Pasa que ahora soy extranjero, siempre. El Orinoco por el Guadalquivir, América Latina por Andalucía. Pero Lucía no quiere andar todavía. Aunque soy feliz, qué carajo.
Pero no era eso de lo que quería hablar ahorita. Vine a hablar de la ciudad anterior: Maracay. De las que resultaron ser, quizá, mis dos despedidas.

Despedida del domingo: 13 de marzo de 2011. La hora exacta no la recuerdo, digamos que era pleno “atardecer de un ocaso crepuscular” (como se titula el libro del poeta Luis Carlos Álvarez Fresón, invención de mis venerados Les Luthiers). Paseaba con Raúl en bicicleta, en la que resultó ser “Una ronda nocturna sin destino, hermano”, alrededor de una Maracay un día después del Apocalipsis (que mañana lunes recomenzaría). Dimos vueltas por el Centro, un Centro peligrosamente en calma, vacío, sucio, hermoso, tenue, silencioso. Raúl no, porque estaba acostumbrado, pero yo sí puse a prueba mi ingle sobre una trayectoria accidentada. Una semana antes de dejarla, Maracay era la misma y era otra: la silueta del hombre se interpuso a la silueta del niño (o digamos que la silueta del niño se ensanchó de pronto, ya ni sé). Y a pesar de que no había nadie en sus calles, estoy seguro de que todo el mundo estaba allí, escondido, sin querer decirme adiós. Llegamos hasta Las Delicias. “Quiere llover, cachetón. Vamonós”, dijo Raúl. El espeluznante misterio místico de una expresión como “Quiere llover”. Mierda. Jonathan diría después que también los dioses relajan sus vejigas.
Despedida del lunes 14: el día llegó y salí a enfrentarlo, dichoso: aullidos de cornetas, frenazos, rugido y llanto de motores, humo muerto, multitudes felicísimas y tristísimas tropezándose, invadiéndose, negociándose, ayudándose, gritándose; basura viva, perpetua; estruendosa música popular omnipresente; paisaje urbano deteriorado, recompuesto, vuelto a deteriorar; nombres, apellidos, promesas, proposiciones, juramentos en cada pared (desde mediados del siglo XX, blancos, amarillos, verdes, rojos), en cada poste de una Maracay que me arrastra, me trae un autobús, me monta y me cruza por varias esquinas hasta desaparecerme.
El aire de la ciudad está hecho de derrota y frustración, de solidaridad y afecto, de violencia y cuidado, de buenas intenciones mezcladas son sed. Y aunque el caos parece para siempre, es mientras tanto. Absolutamente todo parece mientras tanto. Y no llovió, por cierto.
Volviendo al autobús, primero:
–Buenos días, mi gente. Ando por aquí para que me conozcan. Mi nombre es [no pude retenerlo]. Quiero ser presidente. Por eso estudio bastante. Ayúdenme con algo ahí mientras tanto, ¿sí? –dijo un adolescente que apareció de la nada, liceísta. Los pasajeros se rieron y casi todos le regalaron unas monedas. Yo no. Bajó y se reunió con su grupo de compañeros. Chocaron las manos y corrieron. Carcajadas y tropiezos. “Una de Superior”, pensé, “Con suerte, Pampero, o Gran Reserva”. No vale la pena que repita aquí las impresiones de la gente apenas se hubo marchado el pequeño prospecto de primer mandatario. No.
Y después:
–En los días buenos le va bien a todo el mundo. En los días malos le va bien al que se esfuerza –dijo el señor (ojos azules, rubio, largo y fuerte, andrajoso, en muletas) una vez se incorporó bien en el estribo, e inmediatamente después ofreció su mercancía, alta en el aire, sucedida por la fetidez de una axila evidentemente poco ventilada: un bocadillo de plátano por 2 Bs. Entregó una muestra obligada, impuesta, forzada, el coño de su madre, a cada pasajero. Soltó la perorata de los favores del producto, la oferta exclusiva, irrepetible. Nadie le compró: gente cruel, incluyéndome. Recogió los bocadillos uno a uno, con una sonrisa demorada. Se bajó.
Lo esperaba, detrás, atragantados todos de gente terrible y preciosa, un centenar de autobuses más.
Y así, bicicleta y autobús, fue como me despedí, quizá, de Maracay.

–Con que el carácter no se regala, eh, Robert.
–Así es.
–¿Qué es carácter, Robert?
–No lo sé. Décadas siendo actor y no lo sé. Además sólo me pagaron por decir que no se regala.
–Entiendo.
–Sí.
–…
–…
–Robert…
–Dime.
–El carácter es una ciudad.

lunes, 5 de septiembre de 2011

De exilios y extrañamientos (sin reversa), por Ricardo Cie

Hace unos días, estaba sentado en la oficina de un amigo dueño de una productora. Hablábamos de un par de proyectos en conjunto y se levantó de su silla para atender un asunto con una de sus empleadas. En esos minutos esperando en su oficina, revoloteando con la mirada sobre la biblioteca de “El Potrillo” (así le dicen porque se llama Alejandro Fernández. No canta. Hasta ahí los parecidos), veo un lomo que me resulta familiar. Blanco, la tipografía del título es manuscrita y corrida, a lápiz y la reconozco de inmediato: ¿Qué hace un libro de Pedro León Zapata en la biblioteca del Potrillo en Ciudad de México? Me levanto, tomo el libro y efectivamente, es una recopilación de Zapatazos. Lo abro y busco en las primeras hojas alguna pista de su origen y la encuentro: Una dedicatoria. El libro se lo regalé en el 2006. Yo se lo regalé.


Esta anécdota, encierra, para mí, el significado de migrar. Es un intercambio de vida, donde uno acerca a muchos su bagaje y recibe otro que no hace más que ampliar los horizontes. ¿Qué posibilidad habría de que “El Potrillo” hubiera conocido a éste Zapata?¿De qué otra forma yo me habría relacionado con un “potrillo” que habla?


Nunca hubiera conocido la profunda verdad del “ser venezolano” si no me hubiera ido. Ese distanciamiento necesario del que hablan muchos escritores (Cortázar, por ejemplo) que sólo pudieron escribir de los suyos en la distancia, es un concepto que no se puede entender hasta que te vas y miras ese lugar que es tu génesis desde lejos.


Descubrir tu acento, sin ir más lejos. Darte cuenta, a punta de no estar, que en la calle oyes una forma de hablar diferente y reconoces que por ahí está pasando un venezolano. Llegar a darte cuenta de que, en ocasiones, no tienes siquiera que oír el acento: ves de lejos a alguien que camina y gesticula de tal manera que sabes que es un compatriota.


Yo me marché hace 11 años. No me fui por Chávez, ni por la inseguridad, que ya la había vivido en carne propia. Me hicieron una oferta de trabajo que no fui capaz de rechazar. Así de simple. Me marché con mi esposa a ver qué tal. Y mientras trataba de adaptarme al nuevo entorno, mientras aprendía a no decir ¡Verga! cada dos minutos (que aquí es una palabrota mayor) y bajaba la velocidad del habla porque no me entendían, la Venezuela de la que me fui desapareció. La mataron a puñetazos rojos. Le desfiguraron la cara y el alma.


Y aunque sé que hay una Venezuela afín que sigue, que lucha, que se deprime y luego se vuelve esperanzar, que intenta retomar algún camino al futuro, once años después, no es ni volverá a ser el país del que me fui. Y no hablo de un sistema político que también estaba lleno de sinsentidos. Es algo más profundo y difícil de expresar. Puedo ir al país donde está mi familia, donde hay tantos amigos que extraño, donde hay un Avila como el que recuerdo y el cielo tiene unos colores y una nitidez que no he visto en ningún otro lugar, pero no puedo volver al país del que me fui. Ese no existe. Y a medida que pasa el tiempo, no sé que voy a sentir al enfrentarme al que hoy es.


Mientras tanto, hay una gran cantidad de cosas a las que me he acostumbrado y que no son venezolanas. Tengo un hijo nacido en México y ese sí es un lazo indestructible. Tengo un matrimonio de 14 años que sólo 3 pasaron en Venezuela. Hay lugares que me encantan, gente maravillosa y una historia fascinante aquí. Hay una patria adoptada en gestación.


Por diversas situaciones fuera de mi control, no he podido volver de visita con la frecuencia que quisiera. Tengo ya unos 5 años que no aterrizo en La Guaira, muchos más que no voy a Morrocoy y mis últimas 100 arepas las he rellenado con queso Manchego Mexicano. Y debo confesar que tengo algo de miedo al pensar en volver. Me preocupa el encuentro con ese otro país que no es el que dejé y que inevitablemente es parte de mí. Y de nuevo, no hablo sólo de unas circunstancias políticas que se han vuelto lamentables. Son cosas más humanas también: Unos padres que se hacen mayores, sobrinos que dejé niños ahora son hombres, amigos que ya no voy a encontrar allá. En definitiva, una vida que no tiene caja de cambios y a la que no puedo ponerle retroceso.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Venezolanos melosos en el exterior, por Vicente Ullive-Schnell

Bien dice Kundera cuando habla de exilio y estar lejos de su país que el alejamiento de la tierra de origen produce un encantamiento por todo lo propio, una exaltación y una euforia por la patria donde cada tequeño, cada pincho en el estadio o empanada en El Palito se recuerda como el más delectable manjar. Todo es idílico, todo es perfecto, no hay novia fea ni noche aburrida en la memoria del extranjero meloso.

Ahora bien, pocas veces pensé que yo pudiese ser víctima de tal situación y por ello intentaba en la medida de lo posible mantenerme alejado de las reuniones y encuentros con los otros venezolanos, ya que en las conversaciones todo lo del país que nos recibía se volvía criticable, imperfecto, hasta ridículo, y Venezuela era la tierra del mejor clima, la mejor comida, las mejores amistades.

Sin embargo, tratando de ayudar a un compatriota a promocionar una fiesta venezolana, me vi invitado a un café en la Plaza de Saint-Michel de París, para asistir a una “noche venezolana” y comer un pabellón criollo, algo nada desdeñable. Así que fui, qué podía ser peor, convencido de que al menos un buen plato me comería y tomaría unas cervecitas, siempre tratando de evitar la conversación política.

Al llegar al local ya la cosa comenzó a presentarse mal, ya que el restaurante era un “mezcladito” latino, como para no perder cualquier churupo venido de nuestro Continente: los lunes eran venezolanos, los martes colombianos, los miércoles mexicanos y los fines de semana cubanos, algo que evidentemente atrae más público europeo, buscando “lo exótico” y preguntándote si has oído hablar de Tito Puente o Compay Segundo para bailar “salsa”. De ahí que al entrar, un collage bastante chocante saltase a los ojos: afiches de charros mexicanos paseándose por las playas de Varadero, un mapa de Colombia al lado de una pintura tipo daguerrotipo de Gardel, un cuatro, una bandera de Guatemala y un poncho quién sabe si de Perú. Las mesas, por supuesto, eran de maderita tipo del llano y, gracias a Dios, las mesoneras no estaban obligadas a vestirse de burriquitas o bailar pasos tradicionales. Por supuesto que la escena era un poco contrastante ya que al exterior hacía más o menos ocho grados sobre cero y estábamos sentados en mesas como si estuviésemos en tremendo calor tropical, al lado de la guacamaya de plástico y la palmera pintada en la pared. Pero bueno, ¿qué carrizo, no? Ahí estábamos.

El primer problema apareció al pedir las cervezas, ya que lo que había era una marca cubana de dudosa procedencia (no era Cristal) y otra extrañamente, peruana. Nada venezolano, y no es por ser patriótico, pero cuando se paga cinco euros la botellita, al menos que me den de la mía.

Luego apareció mi amigo, quien me explicó que teníamos que poner el “ambiente”, algo raro ya que entre tanto pájaro de colores y palmerita y playa pintada, a mí me parecía que el ambiente ya estaba “puesto”. Nada, al final, apartando unas maracas y unas ceramiquitas que decían “Tasca Gao” de la pared, conseguimos un puesto para proyectar unas fotos que él había tomado en la Gran Sabana. Al menos era algo, con la única excepción de que la pared estaba detrás de mi puesto, pero “como tú entenderás, mi pana”, tuve que “hacer un esfuerzo” para “colaborar” y agachar la cabeza cada vez que encendían el retroproyector.

Después de que la proyección de las diapositivas power point había comenzado a rodar, despertando “uuuus” y “aaaahs” entre los venezolanos y miradas curiosas más no admirativas de parte de los franceses, vino lo peor: mi amigo sacó su guitarra –al menos no era un cuatro- y me explicó que iba a cantar canciones venezolanas. Ahora bien, antes de que me llamen antipatriótico, quiero dejar algo en claro: yo me siento bastante venezolano, al menos igual que cualquier tipo que tenga al lado, pero cuando se habla de “música venezolana” ahí es que yo retrocedo, porque que yo sepa, desde que tengo uso de razón la música que escuché en Venezuela fue Bob Marley, Las Fania y el merengue del perrito, en el peor de los casos. Por eso es que cuando en el ambiente empezó a resonar “sabaaaaaana” y las venezolanas empezaron a decir “¡qué bello!” yo, por mi parte, empecé a sentir un nudo en el estómago que me cortaba el apetito.

Poco después llegó el pabellón, bastante bien cocinado sino fuera por el hecho de que tenía que agachar la cabeza, casi hundiendo la nariz en las caraotas cuando alguien encendía el retroproyector y otro gritaba “¡no veo!”, o cuando las fotos eran proyectadas dentro de mi ojo, arriesgándome a equivocarme y sacarme una córnea con el tenedor o algo. El repertorio musical, por su parte, continuó con “la vaca mariposa” y por supuesto “Venezuela”, seguido del “Alma Llanera”, lo cual ya empezó a afectarme de gravedad, más o menos como el protagonista de la náusea cuando le hablaban.

Fue en ese entonces cuando apareció lo que se llama una “diferencia cultural”, ya que los franceses reaccionaban apáticamente ante los gemidos, perdón, tonadas, de mi compañero, y los aullidos de las muchachas que no paraban de decir “qué bello”, para más originalidad. Sucede que los franceses dicen amar el arte de lo que se llama “hablar”, por eso es que cuando sales en París no te ves nunca encerrado en un café con música a tantos decibeles que tienes que recurrir única y exclusivamente a tus sonrisitas y poses para levantarte a la chama que está contigo, porque si te pones a hablar la ronquera que te queda y la repetidera de “¿qué? No escucho” es bárbara. De ahí que los franceses empezasen a hablar más alto, y una de las muchachas, ya con un pañuelo a los ojos para secarse las lágrimas, se dio a la tarea de decir “chíton, innnorantes”, con ese acento tan de venezolana que uno extraña. Los franceses, un poco perplejos, volteaban para constatar que seguía el grupito reunido con una guitarra cantando en otra mesa y luego volvían a su conversación, para luego ser encarados con un “¡Coye, vale!”, “¡respeeeeten, por favor!”, siempre en español, lo cual añadía al diálogo de sordos.
Yo por mi parte, canté –lo confieso- un par de estrofas que me sabía, la cosa es que a estas alturas la tortícolis era bárbara por lo del proyector en toda la pepa del ojo y francamente, tiré el guante cuando alguien empezó a pedir gaitas, y no sólo gaitas sino “Sin Rencor” a lo cual no pude sino reaccionar igual que los atletas españoles cuando hace un año les pusieron el himno de Franco sin querer en lugar del himno de España. Se pararon y se fueron. Yo me levanté, saludé a lo lejos a mi amigo, traté de no bloquear demasiado el Churún Merú que pasaba por decimoctava vez y salí tranquilamente por la puerta, convencido de que el mejor lugar de París son los restaurantes chinos, baratos, buena calidad y sobretodo, sin venezolanos melosos.


miércoles, 31 de agosto de 2011

Migración, por Eleonora Istúriz Zambrano

"Los que sufren el insilio sueñan muchas veces con una isla que no existe más que en su imaginación; los que viven en exilio mueren soñando regresar algún día....." Del libro de cuentos Julio Ramón Ribeiro Maldito amor de 1996

Hace ocho años me encontraba en la situación de que había terminado la universidad y ya sólo tenía que hacer la tesis. Llevaba ya casi dos años separada de mi ex marido, con un hijo que venía a verme a diario casi por obligación. Veía a las parejas con envidia y me sentía muy sola. Trabajaba mucho, muchísimo y cada día tenía menos. Pensaba: trabajo más que antes, soy productiva y me esfuerzo, no es mi culpa, no es que no haga las cosas bien, es el país que no da. ¿Qué puedo hacer? y allí, creo que por primera vez, pensé en que estaba en un momento decisivo: o me implicaba en “algo” (conspirar, meterme en política, hacer algo para tratar de detener lo que ahora es una realidad) o largarme.
Era la época de las guarimbas, de la lluvia de botellas, piedras y petardos para entrar o salir de la Candelaria, donde vivía. Un día sí, un día no, veía como hacían fogatas para cerrar las calles y venía la guardia nacional a dispararle a la gente, venían en ambulancias, en los taxis blancos y en los camiones de la basura (camuflados) para sorprender a la gente que protestaba. Más de una vez apagué las luces del apartamento y a rastras les tiraba botellas para evitar que se llevaran a alguien o para que dejaran de disparar.
Mi rutina era trabajo, universidad y casa; al acabarse la Escuela, me quedó un poco de tiempo y entonces me dedicaba a leer y navegar por internet. Un día cayó en mis manos una revista donde hablaban de un estudio que había hecho un sociólogo español. Este especialista puso un anuncio en un periódico haciéndose pasar por una chica, con el fin de estudiar las respuestas que obtuviera. El aviso decía: “Joven universitaria, muy guapa y seria pero morbosa busca hombres para relaciones sexuales”.
Me hizo mucha gracia y pensé que yo también podría hacer lo mismo y reírme un rato. Como no iba a gastarme un dinero que no tenía en publicar avisos, decidí hacerlo por internet. Para ello me metí en las páginas de contactos y puse más o menos lo mismo:”chica universitaria…..” y me describí más o menos como soy (para ser más convincente y no olvidarme del cuento, si ponía otra cosa podían pillarme por eso, por la falta de memoria). Así que lo único que alteré fui mi estatura y el color de cabello, me puse un poco más alta y desde luego rubia. Vamos, el tópico que les gusta a la mayoría de los hombres. Y funcionó. En mi siguiente entrada en la red, vi como llovían hombres con promesas de todas clases. Los había militares (esos con el pecho lleno de medallas), cursis de esos que te mandan angelitos, corazones etc., gordos, flacos, de todo. De ese mar de pretendientes sólo tres se dieron cuenta de que se trataba de un juego, entre ellos mi actual marido. Le dije “¿tú has leído lo que puse en mi perfil? Y me dijo, si y sé que no es verdad y lo que me interesa eres tú.
Hablábamos a diario, nos enviábamos mensajes al celular, luego él me llamaba a casa. A los tres meses me estaba subiendo a un avión para venirme.
Concretando, creo que me vine evidentemente por amor, pero también por desamor: desamor con el país y con la gente. Harta de tanta violencia e injusticia. Porque no me veía futuro allá. Me vine casi sin pensarlo, no tenía nada que perder.

Al llegar aquí lo primero que me llamó la atención fue que “esto” fuera un país, un lugar de 480 km aproximadamente, creo que más pequeño que Guarenas y con sólo 70 mil habitantes (ahora mismo por la crisis quizás seamos menos). Es un principado, donde no hay correo propio (usamos correos españoles o la Poste francesa) en el que el periódico es como el de un liceo. Donde no se produce nada, se vive del turismo de nieve; sin embargo la gente vive bien.
Me impresionaba ver a gente mayor de dependientes o cajeros de automercado. Por otro lado, estas personas que sólo son empleados de una tienda se pueden permitir un carro, una casa, vacaciones y comprarse cosas.
Un choque: El idioma, aquí se hablan 4 lenguas: Catalán (lengua oficial), francés, español, portugués (hay portugueses como arroz) e inglés. Yo me preguntaba ¿Qué puedo hacer con mis estudios de Letras aquí?
Parecía un lugar de oportunidades, que se podían hacer cosas, habían construcciones por todos lados (el boom del ladrillo), mirabas las ofertas de negocios y faltaban cosas (siguen faltando, pero no hay suficiente demanda, dicen).
Al día siguiente de mi llegada salí a comprar azúcar, al querer volver, no sabía dónde estaba el edificio, todo era igual, edificios, casas, todos de piedra y con flores en los balcones. Para un ojo acostumbrado al caos urbanístico de Caracas donde no hay nada igual, ni siquiera en armonía, esta consonancia arquitectónica era confusa. Claro, yo llegué muerta de sueño como a las 6 de la tarde y con jet lag a tope. Logicamente a los días ya distinguía las casas.
Otra cosa de la que me di cuenta ese día fue que aquí la vida comienza a partir de las 10 de la mañana, antes es madrugada.
Cuando llevaba como un mes, luego de un largo paseo sentí ese cansancio del que quiere ya llegar a casa. Esa casa era Venezuela, y fue en ese instante cuando tomé conciencia de que me había marchado, no es que fuera idiota y no lo supiera, pero mi cuerpo no lo había asimilado. Ese día me dije, mi casa está aquí. Pasarían muchos más antes de poder rellenar cualquier formulario poniendo este lugar como residencia.
Mi estancia los primeros años fue muy dura a nivel emocional, este es un país donde se vive para trabajar, no existe vida social, nadie viene a verte, a nadie le interesa lo que te pasa, puedes pasar un año sin hablar con tu vecino. Todos dicen que no debería ser así, pero ninguno hace algo por cambiar las cosas, llega el momento en que tú haces igual, te encierras en tu vida y ya. No quiero ser como ellos, quiero ser una persona amistosa como siempre he sido. A veces nos tomamos algo con alguna persona, pero no nos llamamos, no vienen a casa y yo no voy a la suya. Podemos pasar una tarde estupenda, pero no pasa de allí, de una tarde.
Por esos días comencé a buscar algo que hacer, lo primero que se me ocurrió es que podría realizar un post grado en Lengua Catalana, esto me permitiría trabajar en un liceo o como correctora en alguna publicación. Para empezar tenía que terminar mi tesis, validar todos los papeles aquí y me esperaban por lo menos 5 años más de estudios. Me animaba mucho un anuncio que veía frecuentemente en el periódico, pero un día se lo comenté a mi profesora de catalán y me dijo:” exigen un nivel “D” (abarca las reglas generales y excepciones en gramática y sintaxis, variantes del catalán que se hablan en otras zonas y un sinfín de cosas) y pagan una miseria, trabajas como un animal por muy poco, por eso nadie lo quiere. Así que esa opción quedaba descartada. Los puestos de trabajo que había y siguen habiendo son en tiendas, auto- mercados, hoteles o restaurantes y los horarios de esclavos (9:00am a las 9:00 de la noche y ahora se habla de 10:00pm) sólo un día libre a la semana. En andorra sólo hay 4 días festivos al año, de resto se trabaja. Los empleos en gobierno están destinados a los Andorranos y los pocos cupos para extranjeros generalmente son para gente de la comunidad europea. Para obtener la nacionalidad por vía del matrimonio tienes que esperar 3 años y para un residente son 20 años y en ambos casos se debe presentar un examen. Esto y el hecho de que mi esposo y yo nos conocimos con 38 años hicieron que pensara en probar suerte con los complementos (ya lo hacía en Caracas y no me iba tan mal, sobrevivía). Así que un dinero que había ganado trabajando la temporada de diciembre en la empresa donde trabaja Juan, lo invertí integro en hacer varios collares y accesorios y me fui por la tiendas ofreciéndolos en consignación. Contacté chicas que trabajaran y pudieran pagarse sus caprichos y les ofrecí mis productos. No fue, ni es fácil, primero tuve que aprender a trabajar por estaciones (en Caracas hay como mucho dos estaciones, playa y diciembre, temporada en la que la gente busca cosas de fiesta). Tuve que aprender a usar otros colores, texturas y otros gustos. Mientras que en Venezuela podía perfectamente vivir de dos o tres modelos de collares al año, aquí tengo que hacer más de veinte tipos para asegurarme vender algo. Evidentemente todas estas experiencias me han enriquecido mucho, cada día estoy aprendiendo algo. La crisis que atraviese Europa no ayuda para nada, pero vamos resistiendo como se puede. Por fortuna mi marido tiene un buen empleo y puede mantenerme mientras espero a que las cosas mejoren.
A todas estas, pasé por cosas muy malas a nivel mental, tuve lo que llaman el síndrome del inmigrante, tenía pánico a quedarme sola (me venía a la mente cosas tan locas como miedo a morirme lejos de mi tierra, entre desconocidos, me acordaba siempre de un capítulo de Sefarad, de Muñoz Molina donde hablaba de eso), fue una etapa de nervios que no se la deseo a nadie. Me curó mi madre, y mi perrito Pancho, ellos con su presencia me hicieron sentir que no estaba sola. Bueno eso y el poner mis papeles en regla.
Ahora estoy mentalmente fuerte, pero sigo y seguiré sin acostumbrarme a la soledad aquí, no es una soledad elegida, es impuesta. No obstante, soy feliz, porque tengo un trabajo que me gusta, tengo tiempo para mis cosas y un marido maravilloso que me respeta, admira y ama como nunca nadie lo ha hecho. Como pareja hemos logrado superar muchas cosas y estamos muy compenetrados. Muchas veces al estar en tu tierra, no arreglas los problemas porque no te das la oportunidad, te largas a casa de tu madre o la de una amiga en un arranque. Mientras que cuando estás sola, te ves obligada a enfrentar las cosas y luego te das cuenta de que era una tontería y has ganado mucho. Aquí me he desprendido de muchos prejuicios tontos, creo que provincianos y me ha abierto la mente en muchos aspectos. Sin duda he aprendido muchas cosas y sigo aprendiendo cada día.
El clima es un asunto grave para alguien que viene de un país con sol todo el año, aquí el invierno dura 10 meses, es así. Las temperaturas suelen ser muy bajas, hemos llegado a -16º. El verano apenas dura un mes (este año ni eso, la temperatura más alta ha sido 26 y eso duró dos días). Ya lo he superado, sólo me quejo en otoño justo cuando acaba el verano. Luego guardo silencio y se quejan más los locales que yo.
También me he dado cuenta que al ser esto un Principado (como Mónaco) tan cerrado en todos los sentidos (aquí manda un Cap de govern (Jefe o cabeza de gobierno) y el Obispo de la Seo de Urgell) no se permiten muchas cosas y los medidas sociales no existen. Es un país de derechas. Con muchos límites a la inmigración, no entra quien quiere, sino quien puede. Hay cupos de permisos de trabajo y casi todos a personas de la comunidad europea, con las excepciones de los argentinos o chilenos que vienen con contratos de trabajo a hacer la temporada de esquí.
No hay contrastes raciales, de hecho el día de reyes un hombre se pinta de negro. Los poquísimos negros que hay destacan obviamente y está casi fichados (por nuestros ojos, desde luego). Por no haber no hay muchos latinoamericanos y los que hay son argentinos o chilenos, población banca. Esto a mi modo de ver conspira contra la integración y favorece la xenofobia. Yo misma me doy cuenta de que cuando salgo me pongo a contar gente morena y es ya por los años aquí. Vivir en una gran ciudad es lo mejor que nos puede pasar, tener el roce de la gente a diario y hablar con todos.
Hago mi vida aquí y veo mi futuro aquí. He vuelto a Venezuela recientemente, en Noviembre 2010 y la verdad es que no me quedaron ganas de volver. Tenía 3 años sin ir y el cambio fue muy grande. Parecía que hubiese pasado un tornado, no recordaba las cosas tan destruidas, una cuidad sucia, vieja, rota. Todo increíblemente caro, muchas veces más caro que en Europa y la calidad muy por debajo. Se respira un aire de violencia y desconfianza por todos lados. Es un paisaje triste, atemorizado y violento. Siento que hasta las personas se han contagiado de eso, no son los mismos, se vive en guetos y no quiero eso para mí.
Hubo algo que me chocó muchísimo, parece que la pobreza es proporcional a la necesidad de aparentar; conseguí gente muy frívola, muy plástica. Casi todas las mujeres operadísimas (una me dijo que yo era medio marimacha por no haberme puesto tetas), el país cayéndose a trozos y todos pensaban sólo en un Blackberry y en operaciones. En la radio (la escucho por internet) sólo oigo personas que hablan como sifrinos, ese acento tan desagradable, y le comento a una hermana y me dice:”Aquí todo el mundo habla así ahora, la niñera de los hijos de una amiga, que es de un pueblito de los llanos habla así”. He optado por escuchar emisoras venezolanas en AM. Es un caso curioso, sifrinos hay en todos lados, llámalos pijos, fresas o como sea, pero creo que es el único país en el que la gente pobre finge ser hijo de papá, aunque sea en el habla. En España o Andorra (de lo que conozco) nadie que no sea pijo quiere serlo, los detestan y estos, a su vez quieren destacarse, les gusta la diferencia, es casi un club exclusivo. Es un caso de verdad muy curioso.
Sé, que muchos de mis verdaderos amigos no piensan así, pero son los menos. Esa mayoría que es la que vota, se maneja de esta forma por la vida.
Estoy conectada con mi país a diario, lo sufro y amo a partes iguales. Pero sé que ya no podría vivir con tantas injusticias (uno se acostumbra rápido a la libertad) y menos imponérselas a mi esposo. Aquí puedes dormir con las puertas abiertas, no hay rejas, puedes llevar tus joyas con toda tranquilidad, nadie te va a robar el telf., ni el carro y eso no tiene precio. Cuando nos conocimos, al principio pensábamos, si algún día se va Chávez podríamos ir a vivir allá. Pero ahora ni que se vaya, porque Venezuela está tan dañada que pasaran muchos años antes de que vuelva a ser lo que fue. Aunque ya no esté en el poder, los problemas entre rojos y opositores tienen muchos días por delante. Espero equivocarme y que pronto pueda decir, que estaba en un error y que volveré, pero por ahora no lo veo viable. No me quedaron ni ganas de ir de vacaciones, lo único que salvo de todo son los amigos y el mar, que nunca defraudan. Ambas cosas son dos fuertes razones por la que siempre querré volver. El país que recuerdo ya no existe, está sólo en mi memoria y eso no lo pueden expropiar.
Aún así, hay algo que destaco, con todos los problemas que tiene Venezuela aún es un lugar donde ganarse la vida es posible, allí todo se comercializa, la gente es muy consumista y lo que quieras lo vendes. Es un país donde hasta hace unos años se podía soñar, donde yo tenía ilusiones de hacer algo a nivel personal. Yo creo que eso sigue vivo en la gente, ese germen del trabajo puede salvar a esta tierra. Quizás sea que yo no soy de grandes cosas y me conformo con algo que me guste, con lo que me gane la vida y que me sienta realizada.

Este párrafo quizás suene un poco bipolar, pero es que Venezuela lo es, viendo lo que hay aquí y comparando (muy de lejos desde luego) sé que muchas cosas podrían ser posibles, pero por otro lado te aplasta una realidad tan cruel como esto que me acaban de contar: que una tienda de esas de toda la vida, donde solía ir mucho, la cierra el gobierno y todos los que trabajan allí irán a la calle, el dueño un señor mayor ve cómo le quitan su negocio, con él los años que lleva contribuyendo con el país y todos sus esfuerzos. Lo más triste es que no es un caso único, cuando estuve en noviembre vi muchos comercios del centro cerrados y otros ya amenazados. Y entonces piensas ¿A quién se le puede ocurrir poner un negocio o venir a vivir a un país con semejante inseguridad comercial, jurídica, civil y personal?

Yo siento que Andorra me ha robado mis sueños. Lo digo porque si quieres montar un negocio es imposible con los alquileres, los trabajos que hay no implican ningún reto, no hay nada creativo, no puedo hacer nada con los estudios que hice. Por no haber no hay ni teatros, ni museos y eso para alguien creativo es muy malo.
Hoy de hecho hablaba sobre las vacaciones con mi marido y pensé, yo en Caracas no tenía estas ansias, esta necesidad imperativa de irme de vacaciones, de hecho mucha gente no se va nunca a ningún lugar y no lo pasa tan mal. Es más llevadero ¿Por qué? Porque allá tú sales y te encuentras con amigos, te vas a tomar algo, salir ya es una experiencia en sí misma. Siempre hay algo que hacer, si quieres te escapas un día a la Guaira, al Ávila, a un museo o a un centro comercial. En Andorra es necesario salir, supongo que al vivir en una grieta, entre montañas, llega un momento en que te falta el aire.
Siento mucho si este texto es confuso y contradictorio. Que suene a queja, a lamento y añoranzas, pero es lo que hay