Llegamos
al aeropuerto casi a las 6 de la mañana, hora de Brasil (antes de las 4 de la
mañana, hora de Venezuela), sin medida de tiempo. Es decir, dejamos los
celulares, quienes nos dictaban minutos y segundos en Caracas, así que éramos
libres de Cronos. Eso creíamos: estábamos fuera de casa, y necesitábamos llevar
un control de nuestras salidas, horas para el desayuno incluido del hotel, y
otras menudencias. Mientras esperábamos las maletas, Blanca fue al Dutty Free y
compró un reloj Puma en 60 dólares. Grande, negro, digital, es decir, todo
aquello que a ella no le gusta en un reloj, por tanto, lo usaría yo. Ya con
medida de tiempo, y recibidas las maletas, nos encaminamos hacia la salida del
aeropuerto de Guarulhos, buscando la caseta en donde podríamos conseguir un taxi
y pagarlo con la tarjeta de crédito (en adelante, cartao de crédito). Los
cajeros nos dieron solamente 100 reales, lo que es muy poco considerando lo que
esperábamos sacar (por lo menos 400). Conseguimos la caseta, pagamos los 80
reales con el cartao, y le dimos al taxista la dirección: Rua Basilio Da Gama,
Hotel Gran Corona, República, con nuestro mejor acento de panadería. Con los
días, me daría cuenta que ese acento solo producía recelos y risas entre los
interpelados y que en Sao Paulo, la gran ciudad de los inmigrantes en Brasil,
es mejor hablar en español. El camino hasta Sao Paulo vino con un sol
despertándose, y una larga autopista. A los 15 minutos, al pasar una curva,
empezamos a ver al coloso: una larga pared de altos edificios componía el
paisaje de la tercera ciudad más poblada y grande del mundo. La visión era
impresionante. Mientras nos acercábamos a ella, pudimos ver zonas limítrofes de
carácter industrial, muchísimos galpones, y favelas del lado izquierdo.
Entramos a la ciudad como sin querer, poco a poco, y poco a poco llegamos al
hotel, en pleno centro y al lado de la Torre Italia, el edificio más alto de la
urbe. Estábamos en Sao Paulo. Yeah. Nos registramos, medio dormidos, luego de
dos días de cansancio y sueño interrumpido, y subimos a la habitación. Piso 9,
en la esquina derecha. Abrimos. Y encontramos el paraíso: un cuarto inmenso,
casi un apartamento de soltero, con televisor, nevera, muebles, closet,
alfombrado, con una cama mullida y la preeminencia de la madera en todos los
espacios. Este cuarto sería nuestro bunker durante los próximos 7 días. Y
cuánto lo agradeceríamos.
Bajamos
a desayunar (ese día, no incluido), al restaurant del hotel y luego nos
acostamos un rato. Abrimos maletas un rato después, consultamos mapas, y
llamamos a Jorge Romero, amigo profesor de la Escuela de Letras, de sabático en
Sao Paulo. Jorge nos dijo que tenía que ir a la Universidad a recoger unos
trabajos y que podíamos hablar de nuevo al final de la tarde, para vernos. Nos
invitó a acompañarlo a la Universidad, pero decidimos quedarnos mejor y dar una
primera vuelta nosotros por los alrededores.
Al
salir del Hotel, tomamos rumbo hacia la izquierda, a una Galería (pequeño
centro comercial). Ahí vimos tiendas, sitio de comida, intentamos otra vez con
un par de cajeros sacar dinero, pero no logramos nada. Preguntamos en una
agencia de viajes si tenía city tours
a una muchacha morena que no hablaba ni inglés ni español, pero nos dijo, medio
en señas, que no tenía. Cruzándonos de brazos, salimos de la Galería en línea
recta y desembocamos en una plaza. En un kiosko, descubrimos una maravilla:
primero, son inmensos y venden de todo, en especial libros; segundo, tienen
punto de venta. Compramos un mapa grande, pues ya tenìamos uno pequeño, algo más.
Decidimos seguir. La abundancia de personas durmiendo en la calle, nos llamó la
atención. Indigentes moraban al lado de las estatuas de Chopin y de Goethe,
donadas por la comunidad polaca y alemana respectivamente, a la ciudad. La
plaza estaba llena de árboles y vegetación, y caminos serpenteantes que
invitaban a pasearla, además de unos adoquines en el piso que Blanca fotografió
con fervor. Nos sentamos un rato. Veíamos todo con avidez, los autobuses, la
gente, el aire. Más arriba, paralelo a una calle, seguimos caminando hasta
desembocar en la Biblioteca Mario de Andrade, un edificio hermoso de vidrio,
que alberga a la Biblioteca de la ciudad. Y muy cerca, en una estatua de Miguel
de Cervantes, pedí a Blanca mi primera foto. Bajamos por el lado opuesto de la
plaza, y adelantamos dos calles para llegar a la avenida, donde vimos la
estación del Metro. Cruzamos hasta un puesto de asistencia al visitante. En el,
dos muchachas, una de origen oriental y otra blanca, nos brindaron en español
un mapa y poca información. En el aeropuerto nos pasó igual: un mapa, poca
información. Como diciéndonos: todo está ahí, deje de mirarme. Caminamos cerca
de un hermoso y antiguo edificio, y nos vimos dándole una vuelta a la Plaza
República, que nos gustó mucho con sus puentes, pasos de agua, peces y
tortugas. Cansados por el calor (comienzo del verano en el sur de Brasil), nos
regresamos a nuestro cuarto.
Poco
después, llamamos a Jorge, quien nos indicó como llegar a un Shopping (Centro
Comercial), en la Avenida Paulista. Tomaríamos el Metro. Nos montaríamos en
República (a menos de dos cuadras pequeñas de nuestro hotel) y debíamos seguir
hasta la estación Paulista, buscar la salida Consolasao, y llegábamos al sitio.
Bien, arrancamos. El Metro cuesta 3, 10 cada viaje, compramos, y pasamos el
torniquete. Sao Paulo tiene más de 20 líneas de Metro, sin contar los enlaces
con el Tren, los Ómnivus, el Trolebús y otros medios de transporte, pero
sorpresivamente, es manejable. La estación Paulista está en la línea verde,
República, en la amarilla. Por suerte, en República varias líneas tienen
transferencias, así que solo serían dos estaciones hasta la Paulista. El Metro
es limpio y cuidado. Cuando nos bajamos, salimos por la salida equivocada y
tardamos un poco en dar la vuelta y llegar a la Paulista. La avenida es uno de
los símbolos de la ciudad, y uno de sus principales centros financieros,
comerciales y turísticos. A sus espaldas se encuentran barrios célebres como
Jardins, centro de la clase media alta acomodada, y de múltiples tiendas y
restaurants. Otro Barrio cercano en Bella Vista, lleno de presencia italiana. Es
una avenida impresionante por lo larga, pero también por lo fresca y
cosmopolita. En una tienda, preguntamos por el Shopping que nos dijo Jorge
donde encontrarnos, y tardamos en encontrarlo pues yo había anotado mal la
referencia. Al final, llegamos. En la entrada un coro cantaba canciones; cerca,
en la Avenida, múltiples adornos referentes a la Navidad la cruzaban. Entramos y
nos vino la pregunta: ¿dónde buscaríamos a Jorge? Mirándonos sin hablar, Blanca
y yo decidimos explorar. Era un Centro Comercial pequeño, que paseamos
rápidamente. Volvimos a probar con un cajero: nada. Y de repente, vemos a Jorge
bajar unas escaleras mecánicas, mientras me llama por mi nombre. Jorge era otro
Jorge: barbado, con ribetes blancos en la misma, cabello más largo de lo usual,
pero con el humor y la inteligencia de siempre. Nos abrazamos, y decidimos
comer (nosotros estábamos muertos de hambre). Nos fuimos a la Feria del Shopping,
donde encontramos un sitio de comida por peso a buen precio. Mientras comíamos,
nos poníamos al día rápidamente. Jorge está en Sao Paulo desde abril, y estará
acá hasta febrero, lo que lamenta. En Sao Paulo se siente a gusto, plenamente. Luego
de comer, vamos por café y un dulce. En Brasil solo existe el café negro y el
café con leche (o leche con café), cero matices como en Venezuela. Pido un con
leche y nos sentamos. Jorge nos va hablando de algunos problemas en la
Universidad de Sao Paulo (hoy en día, la Universidad latinoamericana con el
ranking más alto), como protestas, pero nada que ver con lo que pasa en la UCV.
Empezamos a comparar países, le cuento como están las cosas en Venezuela, pero
el solo tiene ánimos para Brasil. Luego del café, nos invita a bajar por una
Avenida a tomarnos unas cervezas, cosa que hacemos. Sao Paulo está llena de
subidas y bajadas empinadas, por suerte esta vez nos toca en bajada. Al fin,
conseguimos un bar con mesas en la calle y nos instalamos. Tomamos cervezas
heladas y enormes, que nos sirven en vasos pequeños. Jorge nos dice dos cosas
que serán clave en nuestra estancia brasilera: la primera, la frase que es casi
un mantra en Brasil es “Tudo Bom”. La segunda cosa es otra frase, que siempre
escucharemos aquí: “Pode”. La primera, quiere decir “Todo bien”, la segunda “Puede”.
Brasil es el país donde todo se puede. Si usted pregunta si puede dormir en el
mueble del hotel, le dirán que sí; si pregunta si puede pagar con X tarjeta, le
dirán que sí; si usted pregunta si puede salir desnudo corriendo por la calle,
le dirán que sí. La palabra sí tiene una traducción: Pode. Todo se Pode. Punto.
Avanzada
la noche, Blanca da signos de cansancio y debemos despedirnos. Jorge se iría
caminando a su casa, pues es cerca. Nosotros tomamos un taxi cuyo chofer nos
hablaba en portugués a la velocidad de la luz (una semana después en Río,
sospecharíamos que era carioca) y nos ofrecía sus servicios para futuros paseos
a la ciudad. Quedamos en vernos con Jorge al día siguiente. Llegamos al Hotel,
cansados, pero con un poco de fuerzas todavía para hacer una planificación
relámpago de la ciudad, gracias a tips de algunos amigos. Antes de terminarlo,
pero sabiendo que el día siguiente sería de mucha agitación y expectativa, nos
dormimos.