¿Fue
Andrés Bello el primero de nuestros desterrados, o lo fue Simón Rodríguez?,
¿quién asumió ese destierro primero, como condición final de su existencia?
Bello sale para Londres en senda Embajada con Bolívar y López Méndez y decide
quedarse en la ciudad de la niebla. Veinte años después, parte hacia Chile, a
realizar su gran labor pedagógica. Rodríguez viviría menos fortuna. Ambos,
dejaron atrás al territorio nuevo, con no más de medio siglo de existencia
desde 1777, denominado Venezuela. La condición de destierro en Bello y en
Rodríguez es sin igual: son próceres, héroes civiles, de la gesta
independentista. Figuras intelectuales nuestras como Baralt, ya lo serían de
los tiempos republicanos. Y entrado el siglo XX, con Pocaterra, Gallegos, Picón
Salas, nos encontraremos con otro tipo de desterrados: aquellos que la historia
no quiso para sí, en esa tierra decimonónica, aun entrados ya los pasos en el
siglo de los modernos.
Nuestra
condición de desterrados, exiliados, hijos de la diáspora, es remoto. Miguel de
Cervantes añoró toda su vida poder ir a las Indias, específicamente hacia el
Alto Perú, hoy Bolivia, a hacer fortuna. El veterano de Lepanto pasaría mucho
de sus días como recogedor de Impuestos para la Corona Española, repudiado por
el común en esta amarga labor, solo para ver esos dineros hundirse muy cerca de
las costas inglesas en ese ridículo histórico denominado “La Derrota de la
Armada Invencible”. Antes que él, Garcilaso hizo sus mejores días en Italia.
Los fundadores de la lengua española, se sentían hijos de ese aire de libertad
que era la Bota italiana, y lamentaban constantemente sus penas en tierras de
España.
Somos
hijos de los nómadas. Pero en especial, lo es todo aquel que se atreva a las
ideas en tierras americanas. La lista de aquellos llenos de ansias de otros
lugares es enorme: desde Guzmán Blanco hasta Ramos Sucre, desde nuestros
grandes artistas plásticos hasta nuestros más destacados poetas. La utopía de
las ideas, de la Ilustración, del pensamiento, ha encontrado múltiples
obstáculos en el Nuevo Mundo, e incluso aquellos que han triunfado, se han
llenado la boca con la sangre del destierro.
Existen
quienes no se han querido ir y han terminado marchándose por causas de fuerza
mayor (en Hispanoamérica, siempre es política esta fuerza mayor), y quienes lo
han decidido libremente. Han roto lazos; quemado naves. Han odiado incluso la
tierra en donde nacieron. Después de la Guerra Civil española, la lista es
larga: Guillén, Salinas, Cernuda. Muertos: Lorca, Hernández. Desterrados de la
generación del 98: Machado, Jiménez. El caso que más me ha llamado la atención
siempre ha sido el de Cernuda. En su Díptico
Español, bien nos dice, ya desde el primer poema, Es lástima que fuera mi tierra, lo siguiente:
Soy
español sin ganas
Que vive como
puede bien lejos de su tierra
Sin pesar ni
nostalgia. He aprendido
El oficio de
hombre duramente,
Por eso en él
puse mi fe. Tanto que prefiero
No volver a una
tierra cuya fe, si una tiene, dejó de ser
La
mía,
Cuyas maneras
rara vez me fueron propias,
Cuyo recuerdo tan
hostil se me ha vuelto
Y de la cual
ausencia y tiempo me extrañaron.
Cernuda
asume con lucidez algo que acompaña a muchos hombres, en especial desde los
tiempos de la Ilustración: rabiar la tierra, destetarse de ella. Otra figura
quizá similar pueda ser José Antonio Ramos Sucre. No suelen ser bien vistos;
incomodan; rompen los moldes de una modernidad idiota, que se afana en los
infiernos del Nacionalismo, de la idea de Raza, o en el fundamentalismo religioso,
económico e ideológico. Vivimos, aun, un tiempo que no acepta disidentes, y en
donde aquel que rompe con lazos asumidos en el colectivo como definitivos, debe
hacer fila en la larga cola de los pronto a ser ahorcados. Nos hemos
acostumbrado a ver, hoy en día, estas figuras asomarse en sociedades no
Occidentales: en China, en Irán, en otros lares. Pero en Occidente esta lista
es larga. Son pocos quienes han defendidos a los heterodoxos, a los raros, a
quienes creen más en el individuo que en los colectivos. Figuras tan disímiles
como Beckett, Celan, Canetti, Brodsky, Naipaul, Goytisolo, por solo mencionar
algunos, se asoman como soles en estos tiempos excluyentes.
Autores
como George Steiner, en su Extraterritorial,
o el doctor José Solanes, entre nosotros, han trabajado con fuerza el exilio,
el destierro, la diáspora entre los intelectuales. Quisiera hablar del libro de
Solanes. Editado por Monte Ávila en 1993 y desaparecido de cualquier estante,
Solanes hace una de las exploraciones más lúcidas sobre el tema, en lengua
española. Los nombres del exilio, no
tiene nada que sobre; todo dice, todo explora, todo recorre. Español exiliado
en tierras venezolanas, psiquiatra destacado, José Solanes escribió un libro
que merece ser reeditado con premura. En él, podemos encontrar las preguntas
bien formuladas con respecto a todo aquello que comprenda la condición humana
más allá de las fronteras nacionales. Es de la mano de Solanes que pude
explorar con claridad un libro como Los
desterrados, de Eduardo Sánchez Rugeles. No quisiera hablar sobre su éxito
editorial, sus logros como autor joven, sus triunfos en concursos literarios.
Tampoco de sus títulos universitarios, o su labor docente en Venezuela. El
Sánchez Rugeles que me interesa es aquel que decidió irse a vivir a España y no
volver más. Aquel que edita en Venezuela, que hiere con fuerza en la carne de
la comodidad criolla, que se hace antipático ante el cheverismo desatado entre
nosotros.
El
libro Los desterrados, no habla de
cualquier partida de tierras nacionales. Habla del exilio del lector. Del
venezolano como lector de sí mismo, es decir, de la ausencia de una conciencia
crítica profunda, no inmediatista, no venal. Durante todo el libro de crónicas
de este autor, diversos matices son explorados: la muerte en muchas variantes,
la sátira más ruda, la ironía más afilada, el humor más corrosivo. Sánchez Rugeles
explora no el fracaso de una utopía nacional, no sus restos: explora la
distopía colectiva como condición sine qua
non criolla. Abordando casi siempre dos historias en paralelo, que se van
hilando una a otra para la construcción de la historia final, el texto va
haciéndose crónica a través de la música popular venezolana, de Sabina, y de
diversos parajes que acogen a sus protagonistas: Chipre, Portugal, Italia,
España. Todo recorre, por medio de veloces y muy acertados flash-backs,
recuerdos dolorosos de los tiempos en que estos desterrados vivían en
Venezuela. El fracaso de sus ilusiones, el quiebre de sus promesas, el
resultado final de sus caminos, allende el mar. El exiliado es el paradigma del
hombre, diría Solanes.
Las
críticas son feroces hacia todo lo que consideramos bueno, nuestro, instituido:
El Miss Venezuela, Sábado Sensacional, nuestros ilustrados, nuestros
deportistas, el militarismo, la mitología de la izquierda entre nosotros y
muchos de sus falsos logros, figuras como Rómulo Gallegos, entre tantas cosas.
Las crónicas de este libro están escritas con la saliva de múltiples gargajos.
Textos
mayores son El odio, casi un
manifiesto para todo aquel que desee dejar atrás esa condición particular: ser
venezolano; Redención, quizás el
texto más hermosamente escrito, saudoso, donde nos encontramos con citas como
esta:
Todo
está en la memoria. Uno, finalmente, no pertenece a una cosa tan abstracta e
insignificante como un país, ni siquiera a una ciudad. La vida, supongo, se
construye en tu calle, en la ventana de tu casa o tropezando en el mercado con
las personas de siempre; quizás la idiosincrasia no sea más que una cuestión de
esquinas y paradas de autobús. Yo, por ejemplo, no sabría decir si soy
venezolano o portugués, mucho menos español, ni siquiera soy caraqueño. Lo que
sí puedo decirte y lo que realmente siento es que soy de Los Chaguaramos. En el
fondo, no soy más que un ciudadano de la Avenida Las Ciencias.
También textos como La Culpa, o E-mail desde
Jamaica, son memorables, en donde la crítica política, en especial en el
último de los textos mencionados, es clara y concisa:
La verdad es muy simple, Henry: el llamado
chavismo es un proyecto totalitario. Cualquier justificación de este
despropósito no es más que mala literatura. Impera en estas tierras un
totalitarismo bailable, un bingo incompleto, un absolutismo circense, una raza
híbrida de tiranuelos y sicarios. Esta feria del mal gusto no aparece descrita
en los ensayos de Arendt o Raymond Aron. La teoría, en este contexto, es
inútil. No puedo satisfacer tu curiosidad de científico social ya que la
realidad venezolana no se adapta a ninguno de los modelos que interpreta la
lógica del mundo. Autores como Bobbio o Sartori preferirían alquilar pornos o
ver un partido de fútbol de la segunda división italiana antes que perder su
tiempo en teorizar sobre lo «inteorizable». Existe una expresión popular que,
en gran medida, permite comprender la dialéctica criolla: en Venezuela impera
la cultura del cogeculo. Este modismo vulgar, de explícitas
alusiones, se aplica a totalidad de la rutina y ha sido institucionalizado por el
mal gobierno. En este país es legítimo afirmar –parodiando el título de la
novela de Sael Ibáñez– que vivir
atemoriza.
En otros textos, Sánchez Rugeles, explora
la nostalgia, la melancolía devoradora de cualquier sueño y, en términos formales,
diversas expresiones comunicacionales del siglo XXI: en todo momento, los
correos electrónicos, el chat, los viajes constantes, la búsqueda de algo
indefinido, define el rumbo de los textos.
Los
desterrados es
casi una bitácora personal de Sánchez Rugeles, a través de varios personajes,
en especial Lautaro Sanz, a quien podemos reconocer como a un hijo posmoderno
de Maqroll el Gaviero. Trece crónicas, más el Discurso de recepción del Premio
Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri, componen el libro.
Lo invitamos a leerlo en su condición de
lector, siempre fuera de toda frontera en estos tiempos y otros más atrás, con toda la rabia interior que usted pueda
tener reprimida, y sin olvidar que usted también, en algún momento de su
historia, también podría llegar a ser un desterrado.