Buscar este blog

martes, 20 de septiembre de 2011

El equipaje es una cosa infinita, por Lena Yau.

Para Adrian y Raquel.

“Sangran en mí las hojas de los árboles”. Eugenio Montejo.

El equipaje es una cosa infinita.
Todavía encuentro alguna camiseta ovejita hecha un rebujo en el fondo del baúl de madera que en Caracas usaba de mesa para la tele y que en Madrid uso para guardar la ropa de verano cuando es invierno y de invierno cuando es verano. Parecía tan grande allá. Acá su capacidad es insuficiente. Mi mano toca la tela de franela y la reconoce. No necesito mirar para saber. Mi mano tiene memoria.
Pasa también cuando busco ibuprofeno en el mueble de las medicinas. A ciegas, por pereza de encender la luz, mi mano tantea. Explora volúmenes y formas, tropieza con una pestaña de cartón que el tacto lee, ésta no, ésta es de allá, juega al toca–toca para adivinar, ¿será ponstan? hasta dar con la caja que necesito.
El tropiezo con la cajita de allá me dispara, me hace volar y aterrizar en el asiento trasero de un taxi, doce años atrás. Allí, engurruñada por una mezcla de frío, dolor y miedo, pensaba en círculos sin poder  parar de llorar. El hilo musical de mi cabeza sonaba así:
Qué frío tan coñoemadre, ¿cómo se llamará esta autopista?, se parece al pulpo, el cartel dice M30, M30, ¿qué quiere decir M30?, no me ubico, ¿cómo saber dónde está el norte si aquí no hay Ávila?, este taxista no habla, qué pinta de malandro, esos pelos, por favor, el camino de vuelta se me está haciendo más largo que el de ida, el dolor me está reventando, y eso que tengo anestesia, odio la anestesia, me pica en la mejilla, no siento la boca, no se me entiende cuando hablo, ¿cómo voy a hacer en la farmacia?, ¿cómo se dirá ponstan aquí?, yo quiero ponstan, una merengada de ponstan, ¿cómo se dirá esa vaina en españoleto?, este taxista me quiere secuestrar, esta no es la vía por la que vine, ¿por qué agarró por aquí?, está  claro, me quiere secuestrar, en la autopista no hay semáforos, ¿y si me tiro?, ¿me pasará mucho?, va a cien kilómetros por hora, si me tiro pongo la mejilla derecha primero, segurito que no me duele, me inyectaron anestesia por carajazos, voy a llorar callada para que crea que soy valiente, le voy a decir que no me secuestre, que le va a salir mal el negocio, que me duele mucho la muela, que enferma soy imposible y que en esta ciudad nadie pagaría por mí un rescate, qué cagada, aquí no valgo medio, aquí no soy nadie, aquí no existo, aquí no salgo en la guía telefónica, aquí no soy secuestrable, aquí no me puede doler la muela porque no sé decir ponstan.
Ahora me río pero…
Vivo en un mundo bilingüe.
Camisetas de aquí y de allá, medicinas de aquí y de allá, comida de aquí y de allá, palabras de aquí y de allá.
Todo se traduce.
Siempre fue así.
Hija de inmigrantes españoles, mi mundo era un cubo de rubik. Porque los hermanos de mi padre y de mi madre se unieron también a inmigrantes. Españoles, alemanes, italianos, portugueses y más. Vivía una realidad de cuadritos de colores que combinados al azar hacían las caras de un cubo. Había que traducir todo. Poner lo que era de allá y acá en su lugar. Supongo que por eso no tengo claro si soy una emigrante, una inmigrante, una retornada. Aquí soy de allá, allá soy de aquí. A veces imagino el mapa de mi país: geografía de cielos. El de Venezuela, el del España, el del Atlántico entre ambos.
Una tarde, mi hijo hace un cuenco con sus manos y me ofrece su botín:
Una piña de pino, tres bellotas maduradas, una granada color gris ciudad.
Veo las palmas de sus manos, sudadas y pegajosas y el recuerdo superpone sobre ellas, las mías, más de treinta años antes, yo pequeña, en aquel valle verde, llevándole a mi madre mi tesoro: mangos y cocos por crecer, guayabas picadas de gusanitos blancos, envoltorios de torontos que juntaba y alisaba con mucha paciencia, la pluma de un turpial.
Se lo cuento a mi hijo y pregunta por el nombre del árbol del coco. Cocotero, le digo. No me cree. Me pide merendar “ese pan redondito de tu país que rellenas con York”…quiere arepas con jamón.
Llamo a mis compadres y atiende mi ahijada.
Me habla de Segovia, de Burgos, de Guadalajara, de San Lorenzo del Escorial. En su boca de niña esas geografías suenan tan mayúsculas que me dan ganas de decirle: princesa, no digas tacos.
Entonces me recuerdo diciendo Carabobo, Guasdualito, Margarita, Parapara, Barquisimeto, Aragua, ante la cara desorientada de los adultos de mi familia.
No sé bien de qué me fui.
Sólo sé que tenía que irme.
Y que el país intentó detenerme.
Primer aviso; piénsalo bien, traidora:
Cuatro días antes de la partida: bajando por la autopista de Prados del Este, una lámina de conglomerado mal amarrada, se desprendió del camión que iba delante de mi carro y se estrelló contra el parabrisas.
Segundo aviso; no lo vas a poder contar, traidora:
La última imagen de mi ciudad adorada: atrapada una torre de Plaza Caracas. Busco la ventana y miro diez pisos hacia abajo. En el asfalto negro y bacheado, una decena de ballenas con sus chorros más que disuasorios, jaulas, patrullas, gente en estampida, gritos, triquitraquis…¿eran triquitraquis?
Tercer aviso; ahora o nunca, traidora.
Colofón de la fuga: a diez metros del estacionamiento del aeropuerto, con las maletas que vendrían por avión, con los pasaportes en la mano, curva cerrada, mancha de aceite, chirrido de cauchos que derrapan, equipaje que vuela, cinturones que felizmente no estaban vencidos y funcionaron como debían.
Cuarto aviso; aquí también estoy:
La venganza: en Madrid, de camino a tramitar mi documento nacional de identidad. Yo mirando a través de la ventana cafeterías con dibujos de churros, yo pensando que el atasco me iba a hacer perder la cita, yo considerando si pagar la carrera e irme caminando, yo escuchando unos gritos, una frenada larga, un golpe seco. Yo recuperando la consciencia mientras voces preguntaban si me siento bien, si quiero llamar a alguien, si me ayudan a poner la denuncia.

Y hoy, tantos años después, tan lejos de todo aquello, sigue aquí.
En un semáforo en la calle Alcalá.
A mi derecha, Las ventas.
Pululan rumanos que quieren limpiarme el parabrisas.
A mi izquierda, una ambulancia. En su carrocería leo: San Román.
Se abre el océano y todo está en un mismo sitio.
Regresa la cola sonora de un extra, rehenes en una clínica, ladrones, policías.
Desecho aquello.
Pienso en mi hijo y en mi ahijada comiendo mamones con los antebrazos embarrados del juguito que chorrean, con las lenguas pintadas de amarillo de raspado de parchita, cantando los chimichimitos y el pájaro guarandol, sabiendo escoger los árboles a trepar (guayaba no, que resbala, aguacate no, que la rama se quiebra), pronunciando con soltura chaguaramos y Guachirongo.
Eso será posible desde la memoria, desde la palabra de los poetas, desde las páginas de los libros, desde el humo de una empanada de carne mechada hecha en invierno.
Yo hice un viaje de vuelta que ellos harán cuando sea oportuno.
Mientras tanto, ellos también viven un mundo bilingüe que ven como un plus, una ganancia, un extra.
Jamás como una pérdida.
No sé si doce años después alguien pagaría un rescate por mí.
Sé que aparezco en la guía, que me encuentro a amigos por casualidad en la calle, que el paisaje me responde cuando le hablo.
Sé que tengo un país con un mapa hecho de tres cielos que son uno solo.
Y que el Ávila marca el norte dentro de mí.






martes, 13 de septiembre de 2011

La ciudad anterior: recordando a Maracay desde Sevilla, de Carlos Castro.

Robert De Niro me persigue por toda Sevilla. Lleva a todas partes un vaso con whisky y hielo. Cada vez que me encuentra me dice:
–El carácter no se regala.

Cuando me subo a un autobús me gusta sentarme de espaldas al camino: el vértigo (si escribes vértigo en Nokia se te interpone testigo, si escribes ateísmo se te interpone budismo), el vértigo, repito, de avanzar hacia atrás, es bello. Hablando de autobuses sevillanos (apartando el hecho de que todos hieden): cuando digo “Tomo el autobús”, todo el mundo piensa que me lo bebo. ¿Por qué? Pasa que ahora soy extranjero, siempre. El Orinoco por el Guadalquivir, América Latina por Andalucía. Pero Lucía no quiere andar todavía. Aunque soy feliz, qué carajo.
Pero no era eso de lo que quería hablar ahorita. Vine a hablar de la ciudad anterior: Maracay. De las que resultaron ser, quizá, mis dos despedidas.

Despedida del domingo: 13 de marzo de 2011. La hora exacta no la recuerdo, digamos que era pleno “atardecer de un ocaso crepuscular” (como se titula el libro del poeta Luis Carlos Álvarez Fresón, invención de mis venerados Les Luthiers). Paseaba con Raúl en bicicleta, en la que resultó ser “Una ronda nocturna sin destino, hermano”, alrededor de una Maracay un día después del Apocalipsis (que mañana lunes recomenzaría). Dimos vueltas por el Centro, un Centro peligrosamente en calma, vacío, sucio, hermoso, tenue, silencioso. Raúl no, porque estaba acostumbrado, pero yo sí puse a prueba mi ingle sobre una trayectoria accidentada. Una semana antes de dejarla, Maracay era la misma y era otra: la silueta del hombre se interpuso a la silueta del niño (o digamos que la silueta del niño se ensanchó de pronto, ya ni sé). Y a pesar de que no había nadie en sus calles, estoy seguro de que todo el mundo estaba allí, escondido, sin querer decirme adiós. Llegamos hasta Las Delicias. “Quiere llover, cachetón. Vamonós”, dijo Raúl. El espeluznante misterio místico de una expresión como “Quiere llover”. Mierda. Jonathan diría después que también los dioses relajan sus vejigas.
Despedida del lunes 14: el día llegó y salí a enfrentarlo, dichoso: aullidos de cornetas, frenazos, rugido y llanto de motores, humo muerto, multitudes felicísimas y tristísimas tropezándose, invadiéndose, negociándose, ayudándose, gritándose; basura viva, perpetua; estruendosa música popular omnipresente; paisaje urbano deteriorado, recompuesto, vuelto a deteriorar; nombres, apellidos, promesas, proposiciones, juramentos en cada pared (desde mediados del siglo XX, blancos, amarillos, verdes, rojos), en cada poste de una Maracay que me arrastra, me trae un autobús, me monta y me cruza por varias esquinas hasta desaparecerme.
El aire de la ciudad está hecho de derrota y frustración, de solidaridad y afecto, de violencia y cuidado, de buenas intenciones mezcladas son sed. Y aunque el caos parece para siempre, es mientras tanto. Absolutamente todo parece mientras tanto. Y no llovió, por cierto.
Volviendo al autobús, primero:
–Buenos días, mi gente. Ando por aquí para que me conozcan. Mi nombre es [no pude retenerlo]. Quiero ser presidente. Por eso estudio bastante. Ayúdenme con algo ahí mientras tanto, ¿sí? –dijo un adolescente que apareció de la nada, liceísta. Los pasajeros se rieron y casi todos le regalaron unas monedas. Yo no. Bajó y se reunió con su grupo de compañeros. Chocaron las manos y corrieron. Carcajadas y tropiezos. “Una de Superior”, pensé, “Con suerte, Pampero, o Gran Reserva”. No vale la pena que repita aquí las impresiones de la gente apenas se hubo marchado el pequeño prospecto de primer mandatario. No.
Y después:
–En los días buenos le va bien a todo el mundo. En los días malos le va bien al que se esfuerza –dijo el señor (ojos azules, rubio, largo y fuerte, andrajoso, en muletas) una vez se incorporó bien en el estribo, e inmediatamente después ofreció su mercancía, alta en el aire, sucedida por la fetidez de una axila evidentemente poco ventilada: un bocadillo de plátano por 2 Bs. Entregó una muestra obligada, impuesta, forzada, el coño de su madre, a cada pasajero. Soltó la perorata de los favores del producto, la oferta exclusiva, irrepetible. Nadie le compró: gente cruel, incluyéndome. Recogió los bocadillos uno a uno, con una sonrisa demorada. Se bajó.
Lo esperaba, detrás, atragantados todos de gente terrible y preciosa, un centenar de autobuses más.
Y así, bicicleta y autobús, fue como me despedí, quizá, de Maracay.

–Con que el carácter no se regala, eh, Robert.
–Así es.
–¿Qué es carácter, Robert?
–No lo sé. Décadas siendo actor y no lo sé. Además sólo me pagaron por decir que no se regala.
–Entiendo.
–Sí.
–…
–…
–Robert…
–Dime.
–El carácter es una ciudad.

lunes, 5 de septiembre de 2011

De exilios y extrañamientos (sin reversa), por Ricardo Cie

Hace unos días, estaba sentado en la oficina de un amigo dueño de una productora. Hablábamos de un par de proyectos en conjunto y se levantó de su silla para atender un asunto con una de sus empleadas. En esos minutos esperando en su oficina, revoloteando con la mirada sobre la biblioteca de “El Potrillo” (así le dicen porque se llama Alejandro Fernández. No canta. Hasta ahí los parecidos), veo un lomo que me resulta familiar. Blanco, la tipografía del título es manuscrita y corrida, a lápiz y la reconozco de inmediato: ¿Qué hace un libro de Pedro León Zapata en la biblioteca del Potrillo en Ciudad de México? Me levanto, tomo el libro y efectivamente, es una recopilación de Zapatazos. Lo abro y busco en las primeras hojas alguna pista de su origen y la encuentro: Una dedicatoria. El libro se lo regalé en el 2006. Yo se lo regalé.


Esta anécdota, encierra, para mí, el significado de migrar. Es un intercambio de vida, donde uno acerca a muchos su bagaje y recibe otro que no hace más que ampliar los horizontes. ¿Qué posibilidad habría de que “El Potrillo” hubiera conocido a éste Zapata?¿De qué otra forma yo me habría relacionado con un “potrillo” que habla?


Nunca hubiera conocido la profunda verdad del “ser venezolano” si no me hubiera ido. Ese distanciamiento necesario del que hablan muchos escritores (Cortázar, por ejemplo) que sólo pudieron escribir de los suyos en la distancia, es un concepto que no se puede entender hasta que te vas y miras ese lugar que es tu génesis desde lejos.


Descubrir tu acento, sin ir más lejos. Darte cuenta, a punta de no estar, que en la calle oyes una forma de hablar diferente y reconoces que por ahí está pasando un venezolano. Llegar a darte cuenta de que, en ocasiones, no tienes siquiera que oír el acento: ves de lejos a alguien que camina y gesticula de tal manera que sabes que es un compatriota.


Yo me marché hace 11 años. No me fui por Chávez, ni por la inseguridad, que ya la había vivido en carne propia. Me hicieron una oferta de trabajo que no fui capaz de rechazar. Así de simple. Me marché con mi esposa a ver qué tal. Y mientras trataba de adaptarme al nuevo entorno, mientras aprendía a no decir ¡Verga! cada dos minutos (que aquí es una palabrota mayor) y bajaba la velocidad del habla porque no me entendían, la Venezuela de la que me fui desapareció. La mataron a puñetazos rojos. Le desfiguraron la cara y el alma.


Y aunque sé que hay una Venezuela afín que sigue, que lucha, que se deprime y luego se vuelve esperanzar, que intenta retomar algún camino al futuro, once años después, no es ni volverá a ser el país del que me fui. Y no hablo de un sistema político que también estaba lleno de sinsentidos. Es algo más profundo y difícil de expresar. Puedo ir al país donde está mi familia, donde hay tantos amigos que extraño, donde hay un Avila como el que recuerdo y el cielo tiene unos colores y una nitidez que no he visto en ningún otro lugar, pero no puedo volver al país del que me fui. Ese no existe. Y a medida que pasa el tiempo, no sé que voy a sentir al enfrentarme al que hoy es.


Mientras tanto, hay una gran cantidad de cosas a las que me he acostumbrado y que no son venezolanas. Tengo un hijo nacido en México y ese sí es un lazo indestructible. Tengo un matrimonio de 14 años que sólo 3 pasaron en Venezuela. Hay lugares que me encantan, gente maravillosa y una historia fascinante aquí. Hay una patria adoptada en gestación.


Por diversas situaciones fuera de mi control, no he podido volver de visita con la frecuencia que quisiera. Tengo ya unos 5 años que no aterrizo en La Guaira, muchos más que no voy a Morrocoy y mis últimas 100 arepas las he rellenado con queso Manchego Mexicano. Y debo confesar que tengo algo de miedo al pensar en volver. Me preocupa el encuentro con ese otro país que no es el que dejé y que inevitablemente es parte de mí. Y de nuevo, no hablo sólo de unas circunstancias políticas que se han vuelto lamentables. Son cosas más humanas también: Unos padres que se hacen mayores, sobrinos que dejé niños ahora son hombres, amigos que ya no voy a encontrar allá. En definitiva, una vida que no tiene caja de cambios y a la que no puedo ponerle retroceso.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Venezolanos melosos en el exterior, por Vicente Ullive-Schnell

Bien dice Kundera cuando habla de exilio y estar lejos de su país que el alejamiento de la tierra de origen produce un encantamiento por todo lo propio, una exaltación y una euforia por la patria donde cada tequeño, cada pincho en el estadio o empanada en El Palito se recuerda como el más delectable manjar. Todo es idílico, todo es perfecto, no hay novia fea ni noche aburrida en la memoria del extranjero meloso.

Ahora bien, pocas veces pensé que yo pudiese ser víctima de tal situación y por ello intentaba en la medida de lo posible mantenerme alejado de las reuniones y encuentros con los otros venezolanos, ya que en las conversaciones todo lo del país que nos recibía se volvía criticable, imperfecto, hasta ridículo, y Venezuela era la tierra del mejor clima, la mejor comida, las mejores amistades.

Sin embargo, tratando de ayudar a un compatriota a promocionar una fiesta venezolana, me vi invitado a un café en la Plaza de Saint-Michel de París, para asistir a una “noche venezolana” y comer un pabellón criollo, algo nada desdeñable. Así que fui, qué podía ser peor, convencido de que al menos un buen plato me comería y tomaría unas cervecitas, siempre tratando de evitar la conversación política.

Al llegar al local ya la cosa comenzó a presentarse mal, ya que el restaurante era un “mezcladito” latino, como para no perder cualquier churupo venido de nuestro Continente: los lunes eran venezolanos, los martes colombianos, los miércoles mexicanos y los fines de semana cubanos, algo que evidentemente atrae más público europeo, buscando “lo exótico” y preguntándote si has oído hablar de Tito Puente o Compay Segundo para bailar “salsa”. De ahí que al entrar, un collage bastante chocante saltase a los ojos: afiches de charros mexicanos paseándose por las playas de Varadero, un mapa de Colombia al lado de una pintura tipo daguerrotipo de Gardel, un cuatro, una bandera de Guatemala y un poncho quién sabe si de Perú. Las mesas, por supuesto, eran de maderita tipo del llano y, gracias a Dios, las mesoneras no estaban obligadas a vestirse de burriquitas o bailar pasos tradicionales. Por supuesto que la escena era un poco contrastante ya que al exterior hacía más o menos ocho grados sobre cero y estábamos sentados en mesas como si estuviésemos en tremendo calor tropical, al lado de la guacamaya de plástico y la palmera pintada en la pared. Pero bueno, ¿qué carrizo, no? Ahí estábamos.

El primer problema apareció al pedir las cervezas, ya que lo que había era una marca cubana de dudosa procedencia (no era Cristal) y otra extrañamente, peruana. Nada venezolano, y no es por ser patriótico, pero cuando se paga cinco euros la botellita, al menos que me den de la mía.

Luego apareció mi amigo, quien me explicó que teníamos que poner el “ambiente”, algo raro ya que entre tanto pájaro de colores y palmerita y playa pintada, a mí me parecía que el ambiente ya estaba “puesto”. Nada, al final, apartando unas maracas y unas ceramiquitas que decían “Tasca Gao” de la pared, conseguimos un puesto para proyectar unas fotos que él había tomado en la Gran Sabana. Al menos era algo, con la única excepción de que la pared estaba detrás de mi puesto, pero “como tú entenderás, mi pana”, tuve que “hacer un esfuerzo” para “colaborar” y agachar la cabeza cada vez que encendían el retroproyector.

Después de que la proyección de las diapositivas power point había comenzado a rodar, despertando “uuuus” y “aaaahs” entre los venezolanos y miradas curiosas más no admirativas de parte de los franceses, vino lo peor: mi amigo sacó su guitarra –al menos no era un cuatro- y me explicó que iba a cantar canciones venezolanas. Ahora bien, antes de que me llamen antipatriótico, quiero dejar algo en claro: yo me siento bastante venezolano, al menos igual que cualquier tipo que tenga al lado, pero cuando se habla de “música venezolana” ahí es que yo retrocedo, porque que yo sepa, desde que tengo uso de razón la música que escuché en Venezuela fue Bob Marley, Las Fania y el merengue del perrito, en el peor de los casos. Por eso es que cuando en el ambiente empezó a resonar “sabaaaaaana” y las venezolanas empezaron a decir “¡qué bello!” yo, por mi parte, empecé a sentir un nudo en el estómago que me cortaba el apetito.

Poco después llegó el pabellón, bastante bien cocinado sino fuera por el hecho de que tenía que agachar la cabeza, casi hundiendo la nariz en las caraotas cuando alguien encendía el retroproyector y otro gritaba “¡no veo!”, o cuando las fotos eran proyectadas dentro de mi ojo, arriesgándome a equivocarme y sacarme una córnea con el tenedor o algo. El repertorio musical, por su parte, continuó con “la vaca mariposa” y por supuesto “Venezuela”, seguido del “Alma Llanera”, lo cual ya empezó a afectarme de gravedad, más o menos como el protagonista de la náusea cuando le hablaban.

Fue en ese entonces cuando apareció lo que se llama una “diferencia cultural”, ya que los franceses reaccionaban apáticamente ante los gemidos, perdón, tonadas, de mi compañero, y los aullidos de las muchachas que no paraban de decir “qué bello”, para más originalidad. Sucede que los franceses dicen amar el arte de lo que se llama “hablar”, por eso es que cuando sales en París no te ves nunca encerrado en un café con música a tantos decibeles que tienes que recurrir única y exclusivamente a tus sonrisitas y poses para levantarte a la chama que está contigo, porque si te pones a hablar la ronquera que te queda y la repetidera de “¿qué? No escucho” es bárbara. De ahí que los franceses empezasen a hablar más alto, y una de las muchachas, ya con un pañuelo a los ojos para secarse las lágrimas, se dio a la tarea de decir “chíton, innnorantes”, con ese acento tan de venezolana que uno extraña. Los franceses, un poco perplejos, volteaban para constatar que seguía el grupito reunido con una guitarra cantando en otra mesa y luego volvían a su conversación, para luego ser encarados con un “¡Coye, vale!”, “¡respeeeeten, por favor!”, siempre en español, lo cual añadía al diálogo de sordos.
Yo por mi parte, canté –lo confieso- un par de estrofas que me sabía, la cosa es que a estas alturas la tortícolis era bárbara por lo del proyector en toda la pepa del ojo y francamente, tiré el guante cuando alguien empezó a pedir gaitas, y no sólo gaitas sino “Sin Rencor” a lo cual no pude sino reaccionar igual que los atletas españoles cuando hace un año les pusieron el himno de Franco sin querer en lugar del himno de España. Se pararon y se fueron. Yo me levanté, saludé a lo lejos a mi amigo, traté de no bloquear demasiado el Churún Merú que pasaba por decimoctava vez y salí tranquilamente por la puerta, convencido de que el mejor lugar de París son los restaurantes chinos, baratos, buena calidad y sobretodo, sin venezolanos melosos.