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viernes, 25 de mayo de 2012

Crónica personal (II), de Ricardo Serrano

A los siete años, PDVSA, la empresa donde trabajaba mi mamá, decidió mandarla por un año y medio a vivir en Estados Unidos. Así que nos mudamos por ese tiempo con mi abuela. Ése, yo lo consideraría uno de los mejores años de mi vida, y creo que igual opinan mis papás y mi abuela. Mi mamá trabajaría unos meses en California y luego en New Jersey, así que para enero de 1997 yo estaba aterrizando en Los Ángeles. Yo soy muy nacionalista, pero si hay un lugar con el que le “montaría los cachos” a Venezuela sería con California. Ahí se respira un ambiente feliz, es el estado hippie por excelencia, hay mucho colorido y paisajes hermosos. California está llena de bulevares y pueblitos cerca del mar, con tienditas únicas manejadas por dueños  locales, bellos atardeceres, y carreteras largas que bordean el mar. Todos los fines de semana salíamos a un paseo nuevo: Santa Bárbara, San Francisco, Hollywood, Laguna Beach, Sacramento, Yellowstone, Mammoth Lakes… Todos los conocimos montados en un Toyota Corolla. Recuerdo que las carreteras eran larguísimas, y siempre escuchábamos un CD del soundtrack de la película “Blues Brothers” que ponía mi papá y uno de los clásicos de Sinatra que ponía mi mamá. De California recuerdo los puestos de donas, la gente rara, los punketos, los homosexuales (era algo nuevo para mí). Incluso recuerdo haber escuchado a mi mamá y abuela hablar de lo extraño que era ver a una pareja lesbiana de tercera edad, que vivían cerca de nosotros, agarrase de mano y besarse en público. También recuerdo los años nuevos en el barrio chino de San Francisco.
Mi escuela me gustaba, no me costó tanto adaptarme y ya tenía una base de inglés porque en Venezuela yo había estado en un curso. Claro, no lo hablaba bien, pero entendía y me defendía. A mi abuela, que es maestra, la escuela la llamó como voluntaria para ayudar a los niños hispanos, y así fue que pasó sus días ocupada. Mi papá, que no tenía licencia para ejercer allá, consiguió un trabajo en un laboratorio dental. Se hizo muy amigo del dueño del laboratorio, quien nos invitaba constantemente a pescar en su bote. Me acuerdo de que cuando salimos con él siempre parábamos en unas casas flotantes que estaban en medio del mar para comprar carnada.
Luego de unos meses nos mudamos a New Jersey, e íbamos todos los fines de semana a New York de vacaciones. New York es una de mis ciudades favoritas. El año que vivimos en New Jersey pasamos el año nuevo allá. New York en diciembre tiene un ambiente único, sobre todo las vitrinas temáticas de los locales decoradas con muñecos que se mueven. Recuerdo una en especial de Macy’s sobre el cuento del señor Scrooge, cada vitrina tenía una escena diferente del cuento. Me acuerdo que varias veces patiné sobre hielo en el Rockefeller Center con mi mamá, a quien le encanta patinar. Decidimos ir a recibir el año nuevo en Time Square. La calle estaba repleta de gente, el frío era bastante fuerte y recuerdo que nos paramos justo al lado de una pizzería que trabajaría esa noche 24 horas. Por pura casualidad nos conseguimos con un grupo de venezolanos que estaban al lado de nosotros esperando el año ahí también. El frío estaba tan fuerte que mi papá decidió agarrar una caja de cartón que vio en una esquina y meternos a David y a mí adentro, técnica que es aplicada por los indigentes de New York para contrarrestar el frío en invierno. Para el año en que nos mudamos a Estados Unidos (que fue 1997), se estaba estrenando la película Godzilla, y en una de las escenas recuerdo que aparecía este monstruo aplastando Time Square. Por eso, al momento en que llegó la hora de darse el feliz año, me dio miedo mirar hacia arriba y decidí mas bien sentarme en la caja. Las luces, los adornos gigantes en las calles, el árbol gigante y la música navideña en cada tienda, hacen para mí de esa ciudad uno de los mejores destinos en el mes de Diciembre.
De esa época recuerdo haber tenido una fiebre por Batman; veía con David las comiquitas y mi papá nos compraba las historietas y nos las leía todas las noches. Mi mamá nos compró unas pijamas de Batman y Robin a David y a mí y no nos las quitábamos ni para ir al supermercado. De New Jersey el recuerdo que me queda es el Toys R Us que nos quedaba cerca de casa. Podíamos pasar horas ahí y lo mejor era que dejaban probar la mayoría de los juguetes. También recuerdo el patinar en hielo sobre los lagos congelados en invierno.
El año en Estados Unidos lo aprovechamos muy bien, logramos recorrer varios estados en carro y mi papá aprovechó para llevarnos de camping casi todos los meses. En una ocasión fuimos a conocer el Gran Cañón en Arizona. Decidimos acampar y en la noche empezó una tormenta con lluvia y mucho viento. No podíamos dormir, mi papá de repente salió porque escuchó algo y de inmediato se volvió a meter cuando vio que se trataba de una manada de coyotes que pasaba por el lugar. Son muchos los recuerdos que me quedan de salidas a acampar que hicimos durante ese año.
Los recuerdos que tengo al regresar de Estados Unidos están ligados con la construcción de mi casa en Punto Fijo. Antes de irnos por ese medio año a Estados Unidos, mis papás habían comenzado a construir una casa en Punto Fijo, buscando tener más comodidad y espacio del que teníamos en el tráiler. La casa había sido diseñada por ellos y con la ayuda de una tía que es arquitecto. Mis papás querían una casa con un estilo rústico pero a la vez moderno. Cuando compraron el terreno lo hicieron en una zona vacía que quedaba cerca de una urbanización, se pusieron de acuerdo con varias de las parejas amigas de ellos para que todos construyeran sus casas ahí. Al final, por razones distintas, los únicos que terminaron construyendo ahí fueron mis papás, así que mi casa quedó sin vecinos rodeada de puro monte. Recuerdo haber acompañado a mi papá a ver dónde mandaba a hacer el suelo de la casa. Ellos querían poner baldosas de arcilla y se las mandó a hacer a un señor que vivía en un caserío de la Península. Me acuerdo de que las hacía en un horno de bahareque con una mezcla de lodo que se usa para construir casas, que quedaba al lado de su casita. Por lo rústico del lugar, sobre las baldosas caminaban chivos, gallinas, gatos y perros, así que luego cuando caminaba por la casa podía ver las huellas de estos animales en el piso de mi casa. La península de Paraguaná está llena de casitas coloniales hechas de bahareque a punto de caerse, así que otra de las cosas que hice con mi papá fue buscar ladrillos de las que ya estaban caídas, para construir una pared interna de la casa que daba a la sala y otra que quedaba en el living room. Era meramente decorativa, pero el contraste de la pared con ladrillos antiguos, descolorados y la pared blanca le daba un toque muy hogareño a mi casa. Para mí esa siempre será mi casa, mis papás la construyeron pensando en que nunca se mudarían de ahí, así que no dudaron en invertirle años de trabajo para hacerla un lugar caluroso y bonito. Mi lugar favorito era el estudio, tenía una gran ventana que daba hacia el jardín, pero lo que la hacía tan especial era que estaba cubierta por unos estantes que habían mandado a empotrar en las paredes para poner los libros. Mi mamá organizo la biblioteca de la casa por géneros y cada estante estaba decorado con un adorno de diferentes países. Mi casa era muy verde, tenía un jardín interno justo al lado de la cocina con palmeras y maticas de café. Desde que nos mudamos a la casa comprábamos tortugas y las dejábamos ahí. Nunca les daba de comer, imagino que vivían de los insectos que atrapaban. El jardín de la casa era grande, a un costado del patio frontal de la casa mi papá había sembrado un sauce llorón y en el jardín de atrás había una piscina y varias palmeras. Sin lugar a dudas, algo que hacía a la casa más fresca era la entrada. El terreno que mi casa tenía en frente era de la alcaldía, o sea que nadie iba a construir una casa ahí. Por ello mi papá decidió usarlo para sembrar distintos árboles. Habían Mangos, Cemerucos, Acacias, Cujíes, un árbol de la vida, y una hilera de Nins en la acera de mi casa que hacían un arco natural en la calle. Daba la sensación de que entrabas en un túnel natural cuando llegabas a la calle. Para ese entonces, yo estaba en los Boyscouts. Era guía en el zoológico de Punto Fijo, decía que quería ser veterinario y me apasionaban los animales. Unos de mis pasatiempos era salir al monte alrededor de mi casa a atrapar lagartos, iguanas y culebras para ponerlos en peceras. Se me ocurrió que quería hacer un grupo de protección al ambiente e hice una lista para inscribir a los miembros, que eran apenas cinco: mi mamá, mi papá, mi abuela, David y mi amigo Jhonny. Mi papá le pagó a la misma empresa que le hacía sus tarjetas de presentación para que me hicieran unas a mí, y me llevó una tarde a la papelería que las hacía para que diseñara las tarjetas. El grupo se llamaba RAM (Rescate Al Ambiente). No tardó en que se me ocurrieran las primeras obras de RAM. La primera fue construir una laguna en el terreno que quedaba en frente de mi casa y poner un contenedor de reciclaje. Luego de semanas de pedirle a mi papá que lo hiciéramos, accedió y lo construimos, pero terminó siendo un lugar para que los mosquitos pusieran sus larvas. La segunda fue una recolección de basura, así que un fin de semana salimos mi papá, mi mamá, David y yo a recoger la basura en las calles cerca de mi casa, cada uno con una bolsa negra en la mano. Pero el proyecto más ambicioso de RAM era construir una reserva ecológica en la laguna de Guaranao, que queda en pleno centro de Punto Fijo. La laguna quedaba al lado de la autopista y cada vez que pasaba podía ver flamingos, corocoros, gaviotas y tijeretas paradas en los mangles. Pero la laguna queda al lado de un barrio que la usa como desagüe. Así que dibujé un día un plano del proyecto y llamé a un familiar de mi abuela que fue el fundador del Parque Universal de La Paz en Caricuao, y le pedí que me ayudara. El señor obviamente por educación y simpatía me siguió la corriente, pero nunca se lo mandé.

1 comentario:

  1. Está bueno Ricardo sobre todo los detalles minuciosos. Sabes qué? creo que sé quien en ese Sr que nombras al final, él era o es cronista de esa parroquia, y te cuento que subí a ese Parque con él por un proyecto del liceo hace 10 años, él subía y subía como un muchachito siendo un Sr de más de 60 años y nosotros adolescentes con la lengua afuera y él nos decía: ah no vale!, ya están cansados? Seguro si lo hubiéras contactado otra vez te ayuda...

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