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martes, 29 de mayo de 2012

De cómo viviendo me convertí en ser humano, por Oriana Lozada (II)


Estaba yo sentada en una mesa del Trasnocho cuando él se acercó, yo ya llevaba unas cuantas copas de vino, las disfrutaba como siempre, pero él me vio como nunca antes alguien lo había hecho; yo pensé, como siempre, que el amigo que se había sentado en la mesa era homosexual, ya estaba acostumbrada a que se sentaran hombres atractivos a mi lado a quienes no les interesaba mi sexo. Este hombre a pesar de mis sospechas, era muy masculino, igual yo afirmé porque poseía una terrible capacidad para definir la apetencia sexual de cualquiera del medio.
Eran las 11 de la noche, cuando ya las dos sórdidas copas de vino me habían vuelto uva, y yo lo estaba disfrutando. En un momento las conversaciones empezaron a distribuirse según las personas que teníamos al lado; yo tenía al lado a este personaje agradable. Empezamos a hablar él, yo y el vino, sí, el vino hablaba por mi, él parecía hablar por si mismo.
En ningún momento parecía que estaba tratando de seducirme, aquellos ojos y sonrisa pícara parecían ser parte de él todo el tiempo, yo no podía evitar sentirme seducida por aquel homosexual, pero ya estaba acostumbrada.
De repente todos empezaron a irse, ya eran las 2 am, nosotros seguíamos hablando, me atrevería a decir que noches con conversaciones de ese tipo muy pocas, había sido tan buena que podía meter esa conversación en mi maleta y transportarla por mi vida. Y eso fue lo que pasó, él se quedó en mi vida, o por lo menos en mi maleta de historias para comunicar.
Después de esa noche nos fuimos  a una tasca donde estaban otros amigos, pero sus ojos y los míos ya no se podían separar. Aquel instinto que se había equivocado tantas veces en definir la sexualidad de un hombre se había equivocado otra vez, gracias a Dios.
Aquel hombre era un músico, ese estilo John Mayer, hombre blanco, cabello castaño, con piel pálida, y unas ojeras que te obligaban a ver a juro dónde te llevaban, era a su mirada clara y penetrante con un brillo en el medio de esos oscuros ojos. Un labio superior delgado, bien cubierto por un grueso labio inferior; un cuello liso que parecía hacerte caer libremente en un pecho marcado pero que nadie lo podía notar a primera vista, un tatuaje en sus hombros se confundían con sus pecas, pero cada uno tenía personalidad propia, su tatuaje hablaba de un hombre que buscaba vivir con equilibrio, pero que aceptaba caer en los extremos, un ying yang, cubría esas pecas marrones claras que conducían a una espalda bien definido por la curvatura que llegaba al inicio de sus glúteos suficientemente elevados, pero no tanto para llamar la atención de todos; Para mi era suficiente que llamara la mía. Sus piernas eran blancas y peludas, estaban bien formadas por la danza que había practicado por algunos años, sus canillas eran magníficas, daban el indicio de un hombre que había sabido cómo mantenerse bien sostenido junto a unos pies que eran delicados pero suficientemente varoniles.
Desde ese día que descubrí su cuerpo, comprendimos que ambos debíamos compartirnos con el otro.
Solíamos caminar por Altamira sin algún rumbo fijo, solo disfrutábamos estar el uno con el otro. Aquella Oriana que solo se había compartido una vez  con su primer amor, por primera vez se estaba compartiendo con alguien que compartiera lo mejor de los dos mundos a los que pertenecían.
Para mi había sido difícil entregarlo todo a alguien, tenía bien claro que si había que invertir en una persona era en mi misma. Él me enseñó algo distinto, que la inversión más grande que podía hacerme era estar con él. 
Aquella alma libre que buscaba humanizarse en el teatro, en las letras, en su comunicación había entendido que aquellas noches en una habitación con aquel hombre hicieron conocerse a si misma más que todas esas artes. Las artes me habían hecho ser quien era, y que él tuviera una persona de la cual enamorarse, ahora, él estaba creando en mi nuevos conocimientos que comunicar.
Estando juntos nos dedicamos a conocer todos los lugares recónditos de esta ciudad, entre tascas de  La Candelaria y en Bellas Artes lográbamos trasnocharnos para trabajar cada uno en lo suyo,  por la mañana.
Yo me encargaba de organizar los eventos que hacía el Banco Sudebán, por las tardes producía en Bolivar Film; Él trabajaba a tiempo completo produciendo para  distintas empresas, en la noche me cantaba al oído.
Solíamos componer y escribir juntos, a veces sacábamos canciones de nuestros escritos.
Un día decidí mandar alguno de mis escritos al Nacional, ciertamente tenía ese pesimismo que me acompaña para no sentirme tan mal con el fracaso, pero algo me decía  que estaba apuntando con la persona correcta en el momento correcto.
Tenía varios escritos que había publicado con algunos colegas , algunas otras obras de teatro que había escrito y que se habían presentado y que justamente en sus temporadas había conocido a un hombre a quien le había llamado la atención.
Estaba yo sentada en la misma mesa donde me sentaba los días de función en el CELARG, con la misma copita de vino que siempre tenía a mi lado, cuando un hombre canoso, barrigón, cachetón, y con pelos que nada más cubrían el contorno de sus patillas, se parecía bastante a Cesar Miguel Rondón. Tenía una sonrisa pícara y se le hacían dos hoyitos en sus cachetes.
Este hombre tenía una presencia fuerte. Al sentarse en mi mesa se presentó, yo estaba en un estado de incertidumbre, este señor parecía conocedor de algo, no sabía todavía de qué , pero yo sospechaba que sabía muy bien de lo suyo.
Se sentó y me dijo:
-Él: Mucho gusto, Alberto García.
-Yo: Mucho gusto, Oriana.
-Él: Me gustó el guión de la obra que acabo de ver, quizá si tienes algunos textos podrías enviármelos.
Yo seguía en estado de incertidumbre.
-Yo: Gracias, me alegro que le haya gustado.
-Él: me interesaría leer algo más, estoy seguro me escribirás aquí.
Sacó su billetera del bolsillo y me dio una tarjeta.
En ese momento llegaron otros colegas y se sentaron a hablar.
Cuando llegué a casa me extrañó la situación que había vivido, por un momento estaba feliz que alguien que hubiese visto mis textos haya querido leer más.
Llamé a mi músico favorito y le conté lo que había pasado, lo primero que le dije es que seguramente era un impostor loco que quería robar todos mis textos, que no se lo iba a poner tan fácil como para regalarle todo lo que sentía y había analizado. Luego me calmé y colgué al ver que no tenía que convencer a nadie del asunto si no a mi misma.
Me puse a repetirme a mi misma: Las copas de vino siempre me han traído suerte, y justo cuando se me acercó este señor tenía vino. ¿Yo no juego a ser comunicadora? Enviarle mis reflexiones a otro hombre expandirían mis barreras de comunicación, ¿no era eso lo que yo quería? Desapegarme de lo material y compartirle al mundo aquellas realidades que yo puedo percibir y que otros quizá no, al final el arte es de todos y para todos.
Siempre había criticado esa posesión de las obras artísticas, darle un valor inalcanzable a una pieza de arte es como encerrar al espíritu en un lugar donde no pueda nutrirse de la vida, no tiene sentido, están hechos para llegar a todos fácilmente.
Esta idea de Robin Hood se mantuvo vigente hasta que dudé y me dijo: “Oriana ni siquiera sabes quién es este señor”.
Brillantemente fui a la computadora y metí su nombre en Google ¡Santo Remedio! Este señor era un dramaturgo que había tenido un auge en los 90 y que ya había desaparecido del ámbito teatral, se había dedicado a la poesía.
Decidí escribirle un correo presentándomele, y diciéndole mis expectativas de su aparición, a lo que anexe un texto pequeño que no era de mis mejores escritos pero del que estaba muy orgullosa. Le dije que si de verdad quería leer mis textos que me aceptara un café y podríamos intercambiar opiniones.
El susodicho no respondió si no a los meses, yo ya había olvidado el asunto, me había distraído en la cotidianidad de mi trabajo, tenía tiempo sin escribir.
Me respondió con su número de teléfono y una invitación aceptada del café el Viernes a las 4pm en la San Honoré.
Llevé mi libreta pequeña para escribir una que otra frase que me dijera este señor, y algunos de mis textos, llegué puntual y ahí estaba él, esperando con dos tazas de café. Yo venía sudada, atareada del tráfico, lo menos que me provocaba era una taza de café. Ahora quería un helado, siempre he tenido un fetiche de los viernes por la tarde, o me tomo un café o me como un helado. Pero hoy no era viernes de café.
Lo saludé y él sonrió, me dijo adelante.
Cualquiera que nos viera pensaría que estábamos en un reencuentro de padre e hija que llevaban años sin verse. La empatía que tuvimos desde el inicio se notó, desde ese día no pudimos dejar de hablarnos y de leernos. Quedamos en que todos los viernes a esa misma hora íbamos a sentarnos q hablar tomando un café o comiendo un helado, leeríamos mis textos y los de él.
Nunca me comentó nada sobre su familia, yo tampoco le conté de la mía, aunque el intuyó que era hija única y que me había criado una madre soltera.
Uno de esos viernes me comentó que tenía un hermano que podría leer mis textos y conseguir algo más de ellos que satisfacción personal y deleite de los amigos.
Envié el mail a su hermano a la dirección de garcíalujan@elnacional.com . No niego que para mi esa posibilidad de estar en El Nacional era como incomprensible, me gustaba escribir pero nunca estuve segura que yo estaría sentada escribiendo para ellos.
La respuesta del hermano García fue agradable y aceptó que fuera a hablar con él.
Había llegado otro viernes,  esta vez yo tenía una buena historia que contarle a mi nuevo compañero de los viernes. Su hermano me había contratado para escribir crónicas de la ciudad. El Nacional me había contrato para escribir crónicas de la ciudad.
Mi compañero de los viernes se rió y me dijo, yo lo sabía, solo estaba esperando cuando estuvieses lista para entregarte a la comunicación de esta sociedad.
Me miró a los ojos y me dijo “Escúchame bien, tu no eres ciudadana de esta ciudad, eres ciudadana del mundo, no le tengas miedo a no pertenecer a un solo lugar, o a una sola persona, tu eres un espíritu libre que necesita desprenderse, y solo te podrás desprender cuando no pertenezcas a ningún lado”
Aquellas palabras de amigo que me salía decir esta vez sonaron distintas.
Empecé a trabajar conjuntamente a mis otros trabajos, al teatro, y a mis cotidianas escrituras, en El Nacional, ahora tenía que ver de nuevo con calma aquella ciudad por la que pasaba corriendo para poder llegar al otro trabajo.
Aquel viernes siguiente estaba ansiosa por llegar a mostrarle mi primera publicación a mi amigo, pasaron las 6 y mi amigo de los viernes no había llegado, me extrañó el asunto y me fui, pensé, seguro le pasó algo y no pudo llegar.
Todos llamaron felicitándome, mi mamá con su tono emocionante de felicitaciones combinada con la voz de bebe que nunca hemos olvidado al hablar las dos juntas. Toda la familia estaba contenta a pesar de que no entendieras demasiado qué era una crónica periodística. Quizá la mayoría de los venezolanos no sabían qué era una crónica, pero el mensaje de esa ciudad les había llegado.
El siguiente viernes estuve de nuevo en la San Honoré, mi amigo nuevamente no llegó, yo estaba ansiosa para que leyera y corrigiera mis escritos, nos habamos convertido en una especie de mentor y alumna, se había convertido en un buen padre de mis letras, me había hecho ver cosas que tenía al frente y que nunca me había parado a observarlas, aquel hombre ante todo era un buen observador. Él con tan sólo observar bien, encontró en mi cosas que me habían tomado todo lo que llevaba de vida para entender.
En fin, no estaba allí. Me daba pena escribirle al jefe por su hermano. No sabía qué tipo de relación tenían.
Le escribí un mail a mi amigo y nunca respondió, le dije que volvería a ir el próximo viernes.
Y así fue aquel viernes no estaba.
Mis escritos me había llevado a varios viajes por Latinoamérica, siempre había tenido la curiosidad de conocer Latinoamérica en profundidad, y no había tenido la oportunidad
Ahora que estaba establecida decidí dejar Sudeban y me dediqué a tiempo libre a ciertos aportes para Bolivar Film.
Mi gran amor seguía ahí, al lado mío, componiendo su música, y con un estudio de grabación. Cada vez que entraba allí me sentía en casa, había un ambiente de felicidad en ese lugar, de gente que hacía lo que amaba. Yo, una ciudadana del mundo, me sentía segura, como en casa, en muchos lugares. Empecé a comprender que mi éxito en las tablas y en el periódico se debían a que había encontrado un hogar en aquellos lugares. 

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