Estaba
yo sentada en una mesa del Trasnocho cuando él se acercó, yo ya llevaba unas
cuantas copas de vino, las disfrutaba como siempre, pero él me vio como nunca
antes alguien lo había hecho; yo pensé, como siempre, que el amigo que se había
sentado en la mesa era homosexual, ya estaba acostumbrada a que se sentaran
hombres atractivos a mi lado a quienes no les interesaba mi sexo. Este hombre a
pesar de mis sospechas, era muy masculino, igual yo afirmé porque poseía una
terrible capacidad para definir la apetencia sexual de cualquiera del medio.
Eran
las 11 de la noche, cuando ya las dos sórdidas copas de vino me habían vuelto
uva, y yo lo estaba disfrutando. En un momento las conversaciones empezaron a
distribuirse según las personas que teníamos al lado; yo tenía al lado a este
personaje agradable. Empezamos a hablar él, yo y el vino, sí, el vino hablaba
por mi, él parecía hablar por si mismo.
En
ningún momento parecía que estaba tratando de seducirme, aquellos ojos y
sonrisa pícara parecían ser parte de él todo el tiempo, yo no podía evitar
sentirme seducida por aquel homosexual, pero ya estaba acostumbrada.
De
repente todos empezaron a irse, ya eran las 2 am, nosotros seguíamos hablando,
me atrevería a decir que noches con conversaciones de ese tipo muy pocas, había
sido tan buena que podía meter esa conversación en mi maleta y transportarla
por mi vida. Y eso fue lo que pasó, él se quedó en mi vida, o por lo menos en
mi maleta de historias para comunicar.
Después
de esa noche nos fuimos a una tasca
donde estaban otros amigos, pero sus ojos y los míos ya no se podían separar.
Aquel instinto que se había equivocado tantas veces en definir la sexualidad de
un hombre se había equivocado otra vez, gracias a Dios.
Aquel
hombre era un músico, ese estilo John Mayer, hombre blanco, cabello castaño,
con piel pálida, y unas ojeras que te obligaban a ver a juro dónde te llevaban,
era a su mirada clara y penetrante con un brillo en el medio de esos oscuros
ojos. Un labio superior delgado, bien cubierto por un grueso labio inferior; un
cuello liso que parecía hacerte caer libremente en un pecho marcado pero que
nadie lo podía notar a primera vista, un tatuaje en sus hombros se confundían
con sus pecas, pero cada uno tenía personalidad propia, su tatuaje hablaba de
un hombre que buscaba vivir con equilibrio, pero que aceptaba caer en los
extremos, un ying yang, cubría esas pecas marrones claras que conducían a una
espalda bien definido por la curvatura que llegaba al inicio de sus glúteos
suficientemente elevados, pero no tanto para llamar la atención de todos; Para mi
era suficiente que llamara la mía. Sus piernas eran blancas y peludas, estaban
bien formadas por la danza que había practicado por algunos años, sus canillas
eran magníficas, daban el indicio de un hombre que había sabido cómo mantenerse
bien sostenido junto a unos pies que eran delicados pero suficientemente
varoniles.
Desde
ese día que descubrí su cuerpo, comprendimos que ambos debíamos compartirnos
con el otro.
Solíamos
caminar por Altamira sin algún rumbo fijo, solo disfrutábamos estar el uno con
el otro. Aquella Oriana que solo se había compartido una vez con su primer amor, por primera vez se estaba
compartiendo con alguien que compartiera lo mejor de los dos mundos a los que
pertenecían.
Para
mi había sido difícil entregarlo todo a alguien, tenía bien claro que si había
que invertir en una persona era en mi misma. Él me enseñó algo distinto, que la
inversión más grande que podía hacerme era estar con él.
Aquella
alma libre que buscaba humanizarse en el teatro, en las letras, en su
comunicación había entendido que aquellas noches en una habitación con aquel
hombre hicieron conocerse a si misma más que todas esas artes. Las artes me
habían hecho ser quien era, y que él tuviera una persona de la cual enamorarse,
ahora, él estaba creando en mi nuevos conocimientos que comunicar.
Estando
juntos nos dedicamos a conocer todos los lugares recónditos de esta ciudad,
entre tascas de La Candelaria y en
Bellas Artes lográbamos trasnocharnos para trabajar cada uno en lo suyo, por la mañana.
Yo
me encargaba de organizar los eventos que hacía el Banco Sudebán, por las
tardes producía en Bolivar Film; Él trabajaba a tiempo completo produciendo
para distintas empresas, en la noche me
cantaba al oído.
Solíamos
componer y escribir juntos, a veces sacábamos canciones de nuestros escritos.
Un
día decidí mandar alguno de mis escritos al Nacional, ciertamente tenía ese
pesimismo que me acompaña para no sentirme tan mal con el fracaso, pero algo me
decía que estaba apuntando con la
persona correcta en el momento correcto.
Tenía
varios escritos que había publicado con algunos colegas , algunas otras obras
de teatro que había escrito y que se habían presentado y que justamente en sus
temporadas había conocido a un hombre a quien le había llamado la atención.
Estaba
yo sentada en la misma mesa donde me sentaba los días de función en el CELARG,
con la misma copita de vino que siempre tenía a mi lado, cuando un hombre
canoso, barrigón, cachetón, y con pelos que nada más cubrían el contorno de sus
patillas, se parecía bastante a Cesar Miguel Rondón. Tenía una sonrisa pícara y
se le hacían dos hoyitos en sus cachetes.
Este
hombre tenía una presencia fuerte. Al sentarse en mi mesa se presentó, yo
estaba en un estado de incertidumbre, este señor parecía conocedor de algo, no
sabía todavía de qué , pero yo sospechaba que sabía muy bien de lo suyo.
Se
sentó y me dijo:
-Él:
Mucho gusto, Alberto García.
-Yo:
Mucho gusto, Oriana.
-Él:
Me gustó el guión de la obra que acabo de ver, quizá si tienes algunos textos
podrías enviármelos.
Yo
seguía en estado de incertidumbre.
-Yo:
Gracias, me alegro que le haya gustado.
-Él:
me interesaría leer algo más, estoy seguro me escribirás aquí.
Sacó
su billetera del bolsillo y me dio una tarjeta.
En
ese momento llegaron otros colegas y se sentaron a hablar.
Cuando
llegué a casa me extrañó la situación que había vivido, por un momento estaba
feliz que alguien que hubiese visto mis textos haya querido leer más.
Llamé
a mi músico favorito y le conté lo que había pasado, lo primero que le dije es
que seguramente era un impostor loco que quería robar todos mis textos, que no
se lo iba a poner tan fácil como para regalarle todo lo que sentía y había
analizado. Luego me calmé y colgué al ver que no tenía que convencer a nadie
del asunto si no a mi misma.
Me
puse a repetirme a mi misma: Las copas de vino siempre me han traído suerte, y
justo cuando se me acercó este señor tenía vino. ¿Yo no juego a ser
comunicadora? Enviarle mis reflexiones a otro hombre expandirían mis barreras
de comunicación, ¿no era eso lo que yo quería? Desapegarme de lo material y
compartirle al mundo aquellas realidades que yo puedo percibir y que otros
quizá no, al final el arte es de todos y para todos.
Siempre
había criticado esa posesión de las obras artísticas, darle un valor inalcanzable
a una pieza de arte es como encerrar al espíritu en un lugar donde no pueda
nutrirse de la vida, no tiene sentido, están hechos para llegar a todos
fácilmente.
Esta
idea de Robin Hood se mantuvo vigente hasta que dudé y me dijo: “Oriana ni
siquiera sabes quién es este señor”.
Brillantemente
fui a la computadora y metí su nombre en Google ¡Santo Remedio! Este señor era
un dramaturgo que había tenido un auge en los 90 y que ya había desaparecido
del ámbito teatral, se había dedicado a la poesía.
Decidí
escribirle un correo presentándomele, y diciéndole mis expectativas de su
aparición, a lo que anexe un texto pequeño que no era de mis mejores escritos
pero del que estaba muy orgullosa. Le dije que si de verdad quería leer mis
textos que me aceptara un café y podríamos intercambiar opiniones.
El
susodicho no respondió si no a los meses, yo ya había olvidado el asunto, me
había distraído en la cotidianidad de mi trabajo, tenía tiempo sin escribir.
Me
respondió con su número de teléfono y una invitación aceptada del café el
Viernes a las 4pm en la San Honoré.
Llevé
mi libreta pequeña para escribir una que otra frase que me dijera este señor, y
algunos de mis textos, llegué puntual y ahí estaba él, esperando con dos tazas
de café. Yo venía sudada, atareada del tráfico, lo menos que me provocaba era
una taza de café. Ahora quería un helado, siempre he tenido un fetiche de los
viernes por la tarde, o me tomo un café o me como un helado. Pero hoy no era
viernes de café.
Lo
saludé y él sonrió, me dijo adelante.
Cualquiera
que nos viera pensaría que estábamos en un reencuentro de padre e hija que
llevaban años sin verse. La empatía que tuvimos desde el inicio se notó, desde
ese día no pudimos dejar de hablarnos y de leernos. Quedamos en que todos los
viernes a esa misma hora íbamos a sentarnos q hablar tomando un café o comiendo
un helado, leeríamos mis textos y los de él.
Nunca
me comentó nada sobre su familia, yo tampoco le conté de la mía, aunque el
intuyó que era hija única y que me había criado una madre soltera.
Uno
de esos viernes me comentó que tenía un hermano que podría leer mis textos y
conseguir algo más de ellos que satisfacción personal y deleite de los amigos.
Envié
el mail a su hermano a la dirección de garcíalujan@elnacional.com .
No niego que para mi esa posibilidad de estar en El Nacional era como
incomprensible, me gustaba escribir pero nunca estuve segura que yo estaría
sentada escribiendo para ellos.
La
respuesta del hermano García fue agradable y aceptó que fuera a hablar con él.
Había
llegado otro viernes, esta vez yo tenía
una buena historia que contarle a mi nuevo compañero de los viernes. Su hermano
me había contratado para escribir crónicas de la ciudad. El Nacional me había
contrato para escribir crónicas de la ciudad.
Mi
compañero de los viernes se rió y me dijo, yo lo sabía, solo estaba esperando
cuando estuvieses lista para entregarte a la comunicación de esta sociedad.
Me
miró a los ojos y me dijo “Escúchame bien, tu no eres ciudadana de esta ciudad,
eres ciudadana del mundo, no le tengas miedo a no pertenecer a un solo lugar, o
a una sola persona, tu eres un espíritu libre que necesita desprenderse, y solo
te podrás desprender cuando no pertenezcas a ningún lado”
Aquellas
palabras de amigo que me salía decir esta vez sonaron distintas.
Empecé
a trabajar conjuntamente a mis otros trabajos, al teatro, y a mis cotidianas
escrituras, en El Nacional, ahora tenía que ver de nuevo con calma aquella
ciudad por la que pasaba corriendo para poder llegar al otro trabajo.
Aquel
viernes siguiente estaba ansiosa por llegar a mostrarle mi primera publicación
a mi amigo, pasaron las 6 y mi amigo de los viernes no había llegado, me
extrañó el asunto y me fui, pensé, seguro le pasó algo y no pudo llegar.
Todos
llamaron felicitándome, mi mamá con su tono emocionante de felicitaciones
combinada con la voz de bebe que nunca hemos olvidado al hablar las dos juntas.
Toda la familia estaba contenta a pesar de que no entendieras demasiado qué era
una crónica periodística. Quizá la mayoría de los venezolanos no sabían qué era
una crónica, pero el mensaje de esa ciudad les había llegado.
El
siguiente viernes estuve de nuevo en la San Honoré, mi amigo nuevamente no
llegó, yo estaba ansiosa para que leyera y corrigiera mis escritos, nos habamos
convertido en una especie de mentor y alumna, se había convertido en un buen
padre de mis letras, me había hecho ver cosas que tenía al frente y que nunca
me había parado a observarlas, aquel hombre ante todo era un buen observador.
Él con tan sólo observar bien, encontró en mi cosas que me habían tomado todo
lo que llevaba de vida para entender.
En
fin, no estaba allí. Me daba pena escribirle al jefe por su hermano. No sabía
qué tipo de relación tenían.
Le
escribí un mail a mi amigo y nunca respondió, le dije que volvería a ir el
próximo viernes.
Y
así fue aquel viernes no estaba.
Mis
escritos me había llevado a varios viajes por Latinoamérica, siempre había
tenido la curiosidad de conocer Latinoamérica en profundidad, y no había tenido
la oportunidad
Ahora
que estaba establecida decidí dejar Sudeban y me dediqué a tiempo libre a
ciertos aportes para Bolivar Film.
Mi
gran amor seguía ahí, al lado mío, componiendo su música, y con un estudio de
grabación. Cada vez que entraba allí me sentía en casa, había un ambiente de
felicidad en ese lugar, de gente que hacía lo que amaba. Yo, una ciudadana del
mundo, me sentía segura, como en casa, en muchos lugares. Empecé a comprender
que mi éxito en las tablas y en el periódico se debían a que había encontrado
un hogar en aquellos lugares.
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