Toda
mi vida creí estar caminando por el camino correcto; cada cruce estaba
perfectamente meditado, en cada intersección habían árboles con suficiente raíz
como para saber de dónde eran.
La
mayoría de mis amigos en bachillerato no estaban muy seguros de lo que querían,
yo por otro lado, lo sabía todo, nací sabiéndolo: Recuerdo
que una vez escribí en mi diario a los 7 años que soñaba con ser artista. Luego
me di cuenta que esa es una cualidad de todo ser en el que se habite un alma,
cualquiera que tenga una desea expresar y comunicar algo, para unos es su
prioridad, para otros es una eslabón más de su vida.
Pero,
¿quién sabe de verdad quién quiere ser, si nunca llega a descubrir en su
totalidad quien es?
En
ese trayecto de objetivos claros, me encontré con alguien que me abrió la
ventana de ese mundo que yo desde hace rato había coloreado. Llegar a ese lugar
era como acercarse a un cuadro que tu has pintado pero que al tenerlo al frente
te preguntas ¿esto es mío? ¿Cómo fue que
llegué hasta ahí?
Tenía
yo 13 años cuando descubrí un lugar, que curiosamente, quedaba a unas tres
cuadras de mi casa, “La casa del artista”, ubicado al lado de Colegio de
Ingenieros, tenía que levantarme un Sábado temprano para acudir a Clases de
Teatro con Noel de la Cruz. Yo había llegado hasta él gracias a la sugerencia
de uno de esos amiguitos que uno tiene por Messenger y que nunca ha visto en
persona.
Entré
a la clase, todo estaba frío, un salón enorme con paredes en vitrales donde se
veía toda la ciudad, yo era la menor del grupo, por supuesto, si el más grande
del grupo tendría 56 años.. Recuerdo que el grupo era como de 25 personas, el
primer ejercicio era meterse dentro de una bolsa negra e imaginar que estábamos
en el vientre de nuestra madre. Yo, una niña de 13 años todavía me sentía
dentro del vientre de su madre.
Ejercicio
tras ejercicio, yo veía que todos los adultos se ponían a llorar, que les
generaba una carga emocional todas las confesiones que salían en estas clases,
mientras que yo pensaba en qué tendría mi madre preparado para almorzar al yo
llegar a casa.
Uno
que otro ejercicio pedía que contáramos nuestra historia de vida, los adultos
se sentaban y duraban una hora hablando y hasta más; mientras ellos hablaban yo
solo me preguntaba ¿qué puedo contar yo? De las navidades felices que pasamos
con la familia,. Todas esas personas contando sus tragedias griegas, y yo
sentada pensando, con que así es la vida… con que eso no existe nada más en las
películas.
En
la sala Doris Wells de la Casa del artista, oscura y fría, pero más acogedora
que muchos otros lugares calientes e iluminados a los que yo había ido. Esto
era un mundo nuevo para una niña que ahora tenía 14 años, estaba conociendo por
primera vez a unos seres humanos reales,
estuve sentada por primera vez frente a la humanidad,
algo que mi madre nunca me había mostrado, ella me tenía a mi en el cielo,
yo por un instinto natural me quise venir a la Tierra a vivir lo antes posible.
Así
que no fue después de un año que aterricé, realmente ese aterrizaje me costó
varios años, uno puede llegar a creer que lo más difícil es despegar, pero
podría intuir que es más difícil encontrar dónde aterrizar, cuál es tu pista y
en dónde te quedarás, por más que sea el vuelo son solo unas horas, el
aterrizaje conmemora el lugar donde estarás, donde te quedarás.
El
problema conmigo es que nunca quise aterrizar del todo, nunca me arraigué a una
Tierra, siempre fui un espíritu demasiado libre dentro de un cuerpo demasiado
conservador.
Fue
por eso que cuando me di cuenta, que las inclinaciones que había tenido desde
pequeña de graduarme de comunicación social y ser artista no estaban erradas,
si no mal interpretadas por una adolescente. Comprendí en momentos en que se
empezaba a tambalear lo que siempre había querido con lo que estaba viviendo,
que eran absolutamente lo mismo, con que yo quería más y todo lo que quería
ansiaba que estuviesen entrelazadas.
Un
día comprendí, que yo lo que de verdad ansiaba era ser comunicadora de
realidades, la intuición que desde pequeña había estado sembrado en mi no
estaba del todo mal, solo necesitaba madurarla. Yo sabía que había nacido para
comunicar, para poner en común historias, realidades, pasiones y que el teatro,
y la carrera que había escogido para mi eran los medios que había elegido para
emitir esa comunicación. Más tarde comprendí que todo eso era maravilloso, pero
que yo quería más medios, y no me quería quedar en uno solo, yo quería probar
todos los medios para comunicarme , cada uno le agregaba distintos matices a la
realidad y llegaba a diferentes personas. De lo que estaba segura es que si iba
a ser una comunicadora necesitaba algo bueno que comunicar, sí y a eso me
dediqué, a ir por la vida buscando qué comunicar.
A
los 19 años ya tenía en mi maleta de comunicaciones, la historia de porqué a
los 19 años ya estaba calva, una historia de desamor pero sin haber amado
todavía, unos cuantos cuentos de viajes
llenos de locura, unos cuantos poemas sobre la amistad y el amor de una
perfecta madre, unas cuantas canciones del amor que siento hacia la
naturaleza, y una extraña relación
amorosa con Dios. Yo sabía que esta maleta estaba vacía, y que necesitaba
urgentemente ser llenada. Yo sabía que todo lo que llevaba cargando no era más que aquellas entremeses
que te ofrece la vida que tienen un gran valor pero que solo son el inicio, el
comienzo de una buena papa.
Así
que me fui con mi maleta y comencé de hacer de turista en mi propia ciudad, en
mis lugares favoritos, empecé a conocer lo más importante que tiene, su gente.
Ya
había conocido varios grupos selectos homogéneos entre sí. Tenía dos grupos
favoritos, muy distintos pero ambos lograban algo en común en mi, me sentía en
casa.
Mi
grupo número uno frecuenta lugares donde se come sano, les gusta tomar café con
una buena charla que cuenta los últimos secretos de todos, quizá sentarnos en
la estancia a hablar de nuestras últimas historias amorosas, les gusta salir a
bailar, pero no se acercan demasiado a los licores, le tienen un poco de miedo
a la moral que les ha inculcado la sociedad.
El
segundo grupo hace años que olvidó la moral que inculcaba la sociedad,
ellos crearon una propia, pareciera que
el arte los hizo conocer tanto su naturaleza, que ellos mismo escribieron las
reglas de la moral.
Ambos
fueron un perfecto equilibrio en mi vida, con unos tomaba café, con los otros
tomaba vino, con los primeros sé qué hablábamos, con los segundos no sé de qué
hablamos todo el tiempo, pero sé que después de salir de ahí era una nueva
persona. Con unos cantaba y bailaba reggeaton, con los otros cantaba rancheras,
ABBA.
Unos
me hicieron comprender el cielo y el infierno humano, me hicieron ver normal
aquello que para el grupo uno era una locura. Yo pertenecía a los dos mundos,
al grupo que se reunía en Holic un viernes por la noche, o que hacían una
parrilla en casa de alguno y se creía malos por estar tomando en la calle,
mientras que los otros se reunían en lugares de ambiente, en una tasca en
Sabana Grande, o en las mesas de
cualquier teatro y se creían buenos por estar disfrutando del licor y del
derecho de vivir con profundidad su joven humanidad que parecía no desaparecer.
Con
los dos me reía, de los dos me reía, no podía creer que fuera parte de dos
mundo tan contrarios y de los dos disfrutara de la misma manera, no dejaba de
ser en ninguno de los dos. Yo era la
unión entre estos dos grupos, a mi grupo “conservador” le enseñaba cómo vivir
con mayor profundidad y amor a su naturaleza, que se dejaran llevar por los que
su ser les indicaba, que estaban vivos para vivir, que se lanzaran al carril de
vivir con todo; a los otros los incitaba a creer más en el bien, a confiar en
que no somos del todo tan perversos como parecemos. Algunos de los dos grupos
me creyeron y otros no, pero supo que estaba siendo mi rol de comunicadora una
vez más, estaba uniendo dos mundos que
no se parecían y que necesitaban tener contacto sin conocerse demasiado, al
final comprobé que este mundo lo que necesitaba era un poco de comunicación
entre sí.
Por
su puesto que este rol de Mesías sin credo se me agotó en algún momento, estaba
rodeada de gente en la que había dejado semillas de sonrisas, y ellos se
encargaban de devolverme de la misma cosecha que les había dado cada vez que yo
me deprimía.
Los
fines de semana en el CELARG, en unos dos años se habían convertido en fines de
semana en el Trasnocho, luego se volvieron a
convertir en fines en el CELARG, luego se fueron a Rajatabla, más tarde
a UNEARTE, en cada uno de esas temporadas de nuevos fines de semana habían una nueva
Oriana, que de vez en cuando recordaba sus primeras temporadas, sus primeros
grupos y se reía al recordar que jamás lo hubiese imaginado, todo lo que había
sido un mito, las personas con las que no se permitía soñar porque eran
demasiado grandes, las tenía en mi mesa, yo, diciéndole diminutivos a sus
nombres, “Arochis” “Diana” “Señora Peñalver” “Ricardo” “Querida Gladys”. De vez
en cuando me volvía a reír pensando en todos los límites que jugué a tener.
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