Buscar este blog

miércoles, 30 de mayo de 2012

De cómo viviendo me convertí en ser humano (III), por Oriana Lozada


Empecé a escribir más teatro. Y una nueva vía de comunicación me estaba dando la oportunidad de expresarme: El cine.
Hasta ahora los aprendizajes laborales habían estado llenos de seriedad, y para rematar ese momento de seriedad interpreté varios personajes en la pantalla grande.
Recuerdo que en el estreno vi a una Oriana con la que siempre había soñado, con una carácter definido y que podía muy bien ser controlado por mi misma según la situación, ahí estaba yo, controlando mis emociones en la pantalla grande, sabiendo cómo actuar ante cada situación del personaje, conociendo más al personaje que a mi misma. Fue ahí cuando supe que debía comunicarme con alguien más.
A los 27 años ya tenía el dinero suficiente para mantenerme cómodamente, había subido la escalera hasta donde yo quería, tenía un buen panorama cumplido, era reconocida por hacer un buen trabajo y tenía las puertas abiertas en cualquier campo en el que me quisiera especificar.
Pero había un lugar a donde yo quería ir y dar más.
Hablé con García Lujan y le comenté de la idea de escribir una crónica del mundo entero, de cada extraña ciudad de la que no se conversa demasiado. Él extrañado en este cambio dijo que aceptaba la idea después de terminada, antes no, leería de mis aventuras y luego decidiría si publicarlas.
Mi plan no era durar mucho tiempo afuera, solo quería ir a conocer y maravillarme con otras culturas, salir un poco de mis costumbres para tolerar un poco más de todo. Y así fue, con una nueva maleta que aunque pareciese más llena , yo sentía que tenía más espacio que nunca.
Había contactado a algunos editores en Latinoamérica con los que había tenido contacto para escribirles algún artículo de su ciudad desde la perspectiva de una extranjera y  varios les pareció interesante la idea.
En este viaje yo iría sola, mi músico había desistido de ir, y yo no tenía planeado durar mucho tiempo ausente, aunque sospechara que esta ciudadana del mundo no podría quedarse nunca más en un solo lugar.
Había contactado a varios amigos que estaban regados por el mundo, comenzaría este trayecto  primero en los lugares que tenía conocidos, y luego ya vería lo que haría.
En Bogotá tenía unas cuantas  ex compañeras de clases, luego pasaría por Perú, ahí no había nadie, pero sabía que no estaría sola; tenía planeado ir a Buenos Aires a visitar a una vieja amiga del colegio con la que siempre tuve contacto, de Buenos Aires iría a Brazil y a Uruguay. Por ahora ese era mi plan latinoamericano, en el camino encontraría bastante que inventar.
En el fondo de mi sabía que esta “gira” me llevaría a escribir mucho, quería hacer una especie de “Diarios de motocicleta” a lo Che Guevara e ir descubriendo por el mundo.
Si acepto que se generaba una gran nostalgia el dejar todo por un rato, qué iba a pasar cuando regresara, ¿habría gente que estaría sustituyendo mi lugar? Existía un susto, porque yo sabía que este viaje que yo planeaba hacer por poco tiempo en realidad no tenía fecha de vencimiento, este viaje para mi tenía algo distinto. Me causaba nostalgia no tener alguien que me acompañara, solo una libreta, mi amiga fiel de siempre, la que nunca me había abandonado. Era un momento en el que se ponían de frente todos mis fracasos de nuevo, me estaba jugando mucho conmigo misma, darme cuenta que nadie estaba dispuesto a dejarlo todo por ir a ser “ciudadana del mundo”  que nadie tenía tanta curiosidad por el mundo como para ir a descubrirlo, que nadie me amaba demasiado como para dejarlo todo e ir conmigo, que nadie estaba suficientemente loco como para poner la torta como yo. Eran momento de felicidad, pero era inevitable el decirme de nuevo, aquí estamos tu y yo Oriana, de nuevo, solas jugando a descubrirnos a nosotras mismas, valdrá la pena conocerte tanto Oriana, ¿de verdad? Al final regresé donde ya había estado, sentada, con un sentimiento de nostalgia enorme, con una libreta, sin saber de verdad en qué terminaría esta búsqueda, tanto esfuerzo y reconocimiento para dejarlo de lado en una búsqueda. Al final de todo estaba en el mismo lugar donde había empezado, buscando un destino, solo que esta vez no quería habitar en uno; esta vez esta premisa no me garantizaba que no regresara a esta mismo sitio, ya la última vez había dicho que era un alma libre, y me había quedado parada en lo que al final si quise ser.
Entonces agarré mi maleta, esta vez tenia una nostalgia encima, como si yo supiera que iba a abandonar todo lo que tenía acostumbrado, este viaje que no venía obligado por algún trabajo o compromiso  me estaba causando mayor revuelto en el estómago que cualquier otro que no hubiese tenido planeado.
Empaqué lo primordial, aquellas cosas que siempre habían sido mis favoritas y que me darían esa sensación de que no me estaba abandonando. Mis faldas largas favoritas, que me daban esa sensación de frescura y libertad, mis camisas más holgadas y grandes, una lámpara en la que podría colocar aceites aromáticos que me había regalado mi padrastro Richard el Diciembre del 2011, mi tanda de libros predilectos, mi ipad, y mi estuche de cuidado personal, incluyendo maquillaje. No quería llevar nada de valor, quería desprenderme de todo lo que me podría causar preocupación, pero para hacerlo me di cuenta que necesitaría dejar mi cerebro e inevitablemente no pude hacerlo.
Tomé mi ligera maleta, una buena tarjeta de crédito y volé a Bogotá, mi amiga estaba esperando en el Aeropuerto de Bogotá “El Dorado”, este lugar nunca me había parecido tan poco familiar, las otras veces que había ido se me hacía muy conocido a mi casa, a mi país, pero esta vez yo sabía que era el comienzo de un camino sin casa, Bogotá esta vez no se estaba pareciendo a mi casa, era un lugar completamente nuevo y extraño, era el inicio de mi viaje a lugares desconocidos.
Llegamos al apartamento, mi amiga Ana y yo, ella estaba muy contenta por mi visita, se notaba que sus ánimos estaban mucho más arriba que los míos. Ella contaba chistes e historias de lo maravillosa que me iba a parecer la ciudad y lo divertida que podía ser la gente. No recuerdo haber tenido un trayecto tan melancólico, parecía uno de esos recorridos en los que habías terminado con tu novio y estabas de regreso a casa, esa sensación en el estómago de frío, sin hambre, sin vida, como dice Shakira, sin llanto y sin sonrisa; ella hablaba y hablaba, yo asentía y disimulaba, no quería ganarme enemigos tan rápido.
Es que cómo no iba a estar melancólica si yo había planeado un viaje incierto, con el único fin de ir a conocer por el mundo, buscar información, irme de periodista que busca datos por el mundo para luego venir a comunicarlos, aquella periodista que quería llegar con nuevas historias, contando su drástica transformación personal. Quien no se iba a sentir mal sabiendo que su objetivo de viaje era tan poco objetivo, me había dado cuenta que yo me había convertido en otra persona, aquel espíritu libre que creía que seguía siendo se había reducido a unas cuantas historias, a otras cuantas interpretaciones, y una que otra crónica que me hacían ver como un espíritu que iba libre por la ciudad tomando lo mejor de ella. En realidad me había encerrado tanto en mi arte, mi poesía, mis rimas que fui acostumbrándome a una vida con perfecta medida, dentro de tanto arte había camuflajeado una métrica en cada paso, si algo no rimaba no lo hacía, y este viaje no estaba rimando con nada de lo que había conseguido.
Sentada en la acogedora habitación que mi amiga me había dado, con la excusa de estar cansada del viaje apagué la luz y solo me quedaba pensar. Porqué no me quedé allá en la vida normal que todos tenían, felices, con hijos, esposos, trabajando todo el mundo, salimos los fines de semana con los amigos, nos salimos de vez en cuando de ser gente común al contar nuestras experiencias en un blog, hasta completar un libro y publicarlo, tendría lectores, ya tenía un grupo de colegas que les gustaba lo que hacía, ¿porqué carajo me la quise dar de diferente? ¿Con quién quería lucirme? ¿Conmigo misma? Mamá estaría en casa con Trudi, viendo TV, tomando un poquito y vino, en una casa comodita y calientita, yo aquí, pensando porqué la dejé sola, ¿estaría extrañándome? Ya no podía hacer nada, solo estaba la nostalgia de porqué no pasé más noches junto a ella viendo TV, sentadas tranquilas, de vez en cuando haciendo comentarios de lo que pasaba, pero estando una al lado de la otra. De qué valía todo lo que había recorrido, todas esas noches que la había dejado sola, en las que buscaba hacer relaciones sociales para consolidarme un buen futuro, si a la larga estaría en otro país sola, en una habitación muy oscura, y con la cabeza igual de incierta que a los 19 años cuando no sabía hacia qué camino iría.
Siempre escuché que la gente se lamentaba al final de su vida porqué no había disfrutado más a los de su alrededor, porqué no los había tratado lo suficientemente bien, porqué no los había hecho pasar un buen rato mientras estaban conmigo en vez de crearles amarguras y dudas, de qué me había servido todo eso, si al final, solo quería estar con esas personas especiales.
Estaba en un momento de crisis, lloraba como una niña pequeña, la mujer de 30 años, que estaba en la mejor época de su vida decidió ponerle fin a la cúspide de su carrera por decisión propia antes que la vida sola se encargara de tumbarla, era mi orgullo tan grande para obligarme a tomar decisiones donde pareciese yo tener el control de todo. Solo me decía en qué monstruo me convertí, solo quedaba pensar que no me quería lo suficiente, o que quizá me quería tanto como para no darme cuenta que la vida sencilla y común era la que de verdad yo quería.
Aquella noche, un Martes de Febrero, me dormí llorando, sin nadie que me abrazara, ni siquiera yo misma quería darme palabras de aliento, simplemente estaba divorciada de mi misma también. No solo estaba en un país desconocido, si no que también estaba con una desconocida: yo misma.



Me levanté como si nada, el sol estaba precioso, mi amiga se había ido a trabajar, eran ya las 10 am, había un clima soleado pero con un frío parecido al que te pega en la colonia Tovar, solo que esta vez había un cielo despejado que dejaba que los rayos del sol te pegaran completamente.
El desayuno estaba hecho, Ana me lo había preparado, me dejó un par de arepas, junto con una nota que decía “Como en casa”. Ana era venezolana, se había mudado hace unos años a Bogotá porque el trabajo se lo pedía, ella una mujer independiente y sin esposo no lo dudó. Nos habíamos conocido en una de las tantas convenciones que hice con Sudeban, pero ella y yo tuvimos una química especial, ella también escribía para un diario en Bogotá, El Espectador, solíamos intercambiarnos por mail nuestros artículos, ambas teníamos una vida bastante parecida, ella era muy sonriente, era de esas personas que siempre deslumbran con una linda sonrisa, tez muy blanca y un cabello largo precioso que combinaban con sus oscuras pupilas.
Agarré mi arepa y salí a caminar con mi arepa en mano. Al salir de la casa me di cuenta que tenía una linda fachada, era estrecha pero alta, tenía un techo de tejas rojo, y tenía un lindo jardín verde manzana, me dije : Esto es tan Ana, parecía la casa de Caperucita Roja, solo hace falta un árbol y manzanas rojas.
La calle estaba sola, estuve pendiente de ver los puntos de referencia, caminé unas 4 cuadras y empecé a ver gente, yo seguía con mi arepa en mano, contenta de tener un pedazo de mi país en mano.
Sabía que no iba a regresar a la casa por un buen rato, así que anoté la dirección y me fui tranquila y segura que alguien luego me daría la dirección y podría decirle a algún taxi que me llevara.
Alquilé una bicicleta y empecé a pedalear, aquella ciudad era preciosa, muy verde, sin embargo no estaba en casa, seguía esa melancolía que ya empezaba a fastidiarme. Algo que si conservaba era que podía meterme en un hueco profundo, pero me aburría pasar mucho tiempo ahí, quería sonreír, pasarla bien, yo confiaba en la ley de atracción y mientras más tiempo durara con el drama, más drama iba a traer a mi vida, sabía que tenía que modificar esa actitud aunque mi corazón estuviese arrugado.
Pasé todo el día viendo lugares, no anoté nada en mi libreta, realmente no quería escuchar a nadie ni a mi misma. El azul de este cielo me hizo recordar aquel azul que se veía cuando caminaba por los Palos Grandes en Caracas, era inevitable pararse a verlo. En eso pasé todo mi día. Llegué a casa y estaba Ana con unos amigos, me invitaron a quedarme un rato con ellos y acepté. Hablé con alguno de ellos y me recomendaron algunos lugares, otros me dijeron de talleres por si estaba interesada, les hablé que quería aprender a pintar, me recomendaron un curso que comenzaría pronto, yo estaba bastante interesada, estaba buscando qué hacer, por primera vez en mucho tiempo no tenía obligaciones.
Al día siguiente me levanté por un ballenato que sonaba, no podía creer esto, se supone que la gente contemporánea no es demasiado patriota, en la capital de Venezuela los vecinos no te despiertan con unas Llaneras, yo estaba en Bogotá y los vecinos me habían despertado con un buen ballenato; Entonces fue cuando me dije, “Bienvenida al intercambio cultural, toma tu tolerancia” .
Este tipo de sarcasmo me produce cierta gracias, por lo que me levanté animada y me preparé un buen cereal, siempre he amado probar los productos industriales de otros países, cereales, atún, mantequilla, jugos; pareciera que en cada país hubiese un código de cuanta azúcar echarle, cuanto porcentaje de ingredientes, en fin, es la misma comida pero sabe distinto, así son los humanos, son la misma especie pero saben distinto.
Cereal con leche fue lo único que tuve en el estómago aquel día, pasé todo el día en un taller de escultura, sabía que ahí me tenía que quedar, y así se me pasaron dos meses en el taller, escuchando muy de cerca aquel cantado del acento colombiano que ya se me hacía común.
Mientras estaba en una de las clases, nos tocaba dibujar para luego hacer el gran Machu Pichu. Mi inquietud se prendió, era hora de partir a mi próximo hogar, Perú.
Una de las chicas del taller, me escuchó hablar y se acercó hacia mi. Me dijo que si no me molestaba que ella me acompañara en el viaje. Aquella mujer de ojos verdes parecía ser agradable, tenía un aspecto bastante hippie, parecía estar adaptada a no estorbarle a la vida.
Ella me comentó tener amigos que nos podían dar hospedaje en el Amazonas en la frontera hacia Perú, y hasta allí llegamos, de bus en bus, cada vez la idea me emocionaba más; los viajes normalmente tienen una fecha de expiración, pero de este me emocionaba que parecía no tener fin, podías viajar y viajar y no sabías qué podrías descubrir, yo me sentía Colon.
Llegamos a Flor de Agosto, el Estado en frontera con Colombia.
Esta mujer estaba realmente loca y enamorada de algo de la vida que yo todavía no lograba entender, pero parecía que a ella no le quedaba duda qué era. Se la pasaba todo el día tejiendo, o haciendo manualidades, me enseñó un par de bordados y nos hicimos varios gorritos y camisas juntas, habíamos creado una especie de amistad tejida en lana.
Conocimos pueblos, gente y logramos vender algunas artesanías. Encontramos una tienda donde podíamos comprar materiales para las esculturas y ahí comenzó. Ella se propuso dibujar todos los rostros que les trasmitieran algo, y yo me propuse dibujar todos los lugares que para mi tuviesen algo especial e inolvidable, ambas los llevaríamos a esculturas. “La hippie” decía que era una manera de conservar contigo esos momentos, era como una fotografía, pero construida con tus propias manos, en cierta forma eras parte de la creación de ese individuo o esa cosa, ahora lo admirado sería tuyo.
Yo le decía “La hippie” y ella me decía “venezolana”, se creó un especie de juego entre nuestros nombres, delante de la gente nos presentábamos con estos nombres y las dos nos reíamos.
Cusco quedaba bastante debajo de Perú, conocimos todas las provincias que quedaban en el camino, nos sentíamos en una especie de maratón en el que se te empieza a olvidar la meta cuando empiezas a disfrutarte el camino.
Comíamos todo lo que se nos atravesase, cantábamos. Teníamos una buena ventaja, la comunidad hippie es una sola, estés donde estés todos parecen ser hermanos y se saludan, se dan casa, simplemente por ser miembros de la misma comunidad. “la Hippie” me decía “nosotros somos los más.. cómo es que se dice.. ¿panas? Fíjate que un gordito ver a otro gordito en la calle y no lo saluda, un negro a otro negro no le da casa por el simple hecho de serlo, en cambio los hippies nos vemos en la calle y nos saludamos, y nuestra comida es la del otro pana” . Y era verdad, estos seres parecían conocerse de toda la vida. Al principio tenía la inocente costumbre de decirle, ¿lo conoces? De dónde, “wao pero tu si conoces gente” hasta que empezó a explicarme de qué se trataba todo.
Vivíamos de grupo de hippies a hippies, a veces quería gritar hablar alto, todo estaba tan en calma, parecía que sus emociones se habían muerto y se habían quedado en un estado de equilibrio permanente, yo definitivamente no lo soportaba del todo.
Llegamos a Cusco. Cuando entramos a Macchu Pichu lo primero que se me vino a la mente fueron las frases del Che Guevara en “Diarios de motocicleta” haciendo alusión entre la civilización y la naturaleza (aquel paisaje) diciendo      “hemos cambiado esto, señalando Machu Pichu, por esto, señalando la civilización” . Quedé boca abierta, estaba ante aquello, miles de personas había ido y su vida seguía igual, el curso del mundo no mejoraba, Cómo tanta gente ha visto esto y ha seguid actuando igual, después de ver esa majestuosidad se puede creer que todo es posible.
La Hippie parecía que por primera vez había roto su estado de equilibrio constante para darle paso a la exaltación de aquellas montañas. Tanto fue su desorden emocional que decidió quedarse allí. Primera parada de un pasajero, ya una encontró un nuevo hogar.
Antes de irme me entregó un rostro de los que había dibujado, me dijo “me falta esculpirlo, si te gusta te dejo esa tarea a ti, pero tranquila ya todo esta casi listo, me fijé muy bien en los detalles, eso sí, no lo abras hasta llegar a tu destino final”. La curiosidad casi me mata, pero logré sobrevivir e inmediatamente y con un nudo en la garganta me despedí y me grité a mis adentros… ¡¡AL FIN PUEDO GRITAR!! -Cabe acotar que cada vez que yo tenía emociones muy fuertes “La hippie” lograba tranquilizarme y bajarme los picos anímicos para estar en perfecto equilibrio-
Pero ya no hacía falta gritar, tanto tiempo con ella me hizo darle calma a todo, a lo que le remató mi estadía con los Indios de la región, que definitivamente me había hecho ver todo con sencillez, ahora yo sí creía de verdad en la perfección y era la de la naturaleza.

martes, 29 de mayo de 2012

De cómo viviendo me convertí en ser humano, por Oriana Lozada (II)


Estaba yo sentada en una mesa del Trasnocho cuando él se acercó, yo ya llevaba unas cuantas copas de vino, las disfrutaba como siempre, pero él me vio como nunca antes alguien lo había hecho; yo pensé, como siempre, que el amigo que se había sentado en la mesa era homosexual, ya estaba acostumbrada a que se sentaran hombres atractivos a mi lado a quienes no les interesaba mi sexo. Este hombre a pesar de mis sospechas, era muy masculino, igual yo afirmé porque poseía una terrible capacidad para definir la apetencia sexual de cualquiera del medio.
Eran las 11 de la noche, cuando ya las dos sórdidas copas de vino me habían vuelto uva, y yo lo estaba disfrutando. En un momento las conversaciones empezaron a distribuirse según las personas que teníamos al lado; yo tenía al lado a este personaje agradable. Empezamos a hablar él, yo y el vino, sí, el vino hablaba por mi, él parecía hablar por si mismo.
En ningún momento parecía que estaba tratando de seducirme, aquellos ojos y sonrisa pícara parecían ser parte de él todo el tiempo, yo no podía evitar sentirme seducida por aquel homosexual, pero ya estaba acostumbrada.
De repente todos empezaron a irse, ya eran las 2 am, nosotros seguíamos hablando, me atrevería a decir que noches con conversaciones de ese tipo muy pocas, había sido tan buena que podía meter esa conversación en mi maleta y transportarla por mi vida. Y eso fue lo que pasó, él se quedó en mi vida, o por lo menos en mi maleta de historias para comunicar.
Después de esa noche nos fuimos  a una tasca donde estaban otros amigos, pero sus ojos y los míos ya no se podían separar. Aquel instinto que se había equivocado tantas veces en definir la sexualidad de un hombre se había equivocado otra vez, gracias a Dios.
Aquel hombre era un músico, ese estilo John Mayer, hombre blanco, cabello castaño, con piel pálida, y unas ojeras que te obligaban a ver a juro dónde te llevaban, era a su mirada clara y penetrante con un brillo en el medio de esos oscuros ojos. Un labio superior delgado, bien cubierto por un grueso labio inferior; un cuello liso que parecía hacerte caer libremente en un pecho marcado pero que nadie lo podía notar a primera vista, un tatuaje en sus hombros se confundían con sus pecas, pero cada uno tenía personalidad propia, su tatuaje hablaba de un hombre que buscaba vivir con equilibrio, pero que aceptaba caer en los extremos, un ying yang, cubría esas pecas marrones claras que conducían a una espalda bien definido por la curvatura que llegaba al inicio de sus glúteos suficientemente elevados, pero no tanto para llamar la atención de todos; Para mi era suficiente que llamara la mía. Sus piernas eran blancas y peludas, estaban bien formadas por la danza que había practicado por algunos años, sus canillas eran magníficas, daban el indicio de un hombre que había sabido cómo mantenerse bien sostenido junto a unos pies que eran delicados pero suficientemente varoniles.
Desde ese día que descubrí su cuerpo, comprendimos que ambos debíamos compartirnos con el otro.
Solíamos caminar por Altamira sin algún rumbo fijo, solo disfrutábamos estar el uno con el otro. Aquella Oriana que solo se había compartido una vez  con su primer amor, por primera vez se estaba compartiendo con alguien que compartiera lo mejor de los dos mundos a los que pertenecían.
Para mi había sido difícil entregarlo todo a alguien, tenía bien claro que si había que invertir en una persona era en mi misma. Él me enseñó algo distinto, que la inversión más grande que podía hacerme era estar con él. 
Aquella alma libre que buscaba humanizarse en el teatro, en las letras, en su comunicación había entendido que aquellas noches en una habitación con aquel hombre hicieron conocerse a si misma más que todas esas artes. Las artes me habían hecho ser quien era, y que él tuviera una persona de la cual enamorarse, ahora, él estaba creando en mi nuevos conocimientos que comunicar.
Estando juntos nos dedicamos a conocer todos los lugares recónditos de esta ciudad, entre tascas de  La Candelaria y en Bellas Artes lográbamos trasnocharnos para trabajar cada uno en lo suyo,  por la mañana.
Yo me encargaba de organizar los eventos que hacía el Banco Sudebán, por las tardes producía en Bolivar Film; Él trabajaba a tiempo completo produciendo para  distintas empresas, en la noche me cantaba al oído.
Solíamos componer y escribir juntos, a veces sacábamos canciones de nuestros escritos.
Un día decidí mandar alguno de mis escritos al Nacional, ciertamente tenía ese pesimismo que me acompaña para no sentirme tan mal con el fracaso, pero algo me decía  que estaba apuntando con la persona correcta en el momento correcto.
Tenía varios escritos que había publicado con algunos colegas , algunas otras obras de teatro que había escrito y que se habían presentado y que justamente en sus temporadas había conocido a un hombre a quien le había llamado la atención.
Estaba yo sentada en la misma mesa donde me sentaba los días de función en el CELARG, con la misma copita de vino que siempre tenía a mi lado, cuando un hombre canoso, barrigón, cachetón, y con pelos que nada más cubrían el contorno de sus patillas, se parecía bastante a Cesar Miguel Rondón. Tenía una sonrisa pícara y se le hacían dos hoyitos en sus cachetes.
Este hombre tenía una presencia fuerte. Al sentarse en mi mesa se presentó, yo estaba en un estado de incertidumbre, este señor parecía conocedor de algo, no sabía todavía de qué , pero yo sospechaba que sabía muy bien de lo suyo.
Se sentó y me dijo:
-Él: Mucho gusto, Alberto García.
-Yo: Mucho gusto, Oriana.
-Él: Me gustó el guión de la obra que acabo de ver, quizá si tienes algunos textos podrías enviármelos.
Yo seguía en estado de incertidumbre.
-Yo: Gracias, me alegro que le haya gustado.
-Él: me interesaría leer algo más, estoy seguro me escribirás aquí.
Sacó su billetera del bolsillo y me dio una tarjeta.
En ese momento llegaron otros colegas y se sentaron a hablar.
Cuando llegué a casa me extrañó la situación que había vivido, por un momento estaba feliz que alguien que hubiese visto mis textos haya querido leer más.
Llamé a mi músico favorito y le conté lo que había pasado, lo primero que le dije es que seguramente era un impostor loco que quería robar todos mis textos, que no se lo iba a poner tan fácil como para regalarle todo lo que sentía y había analizado. Luego me calmé y colgué al ver que no tenía que convencer a nadie del asunto si no a mi misma.
Me puse a repetirme a mi misma: Las copas de vino siempre me han traído suerte, y justo cuando se me acercó este señor tenía vino. ¿Yo no juego a ser comunicadora? Enviarle mis reflexiones a otro hombre expandirían mis barreras de comunicación, ¿no era eso lo que yo quería? Desapegarme de lo material y compartirle al mundo aquellas realidades que yo puedo percibir y que otros quizá no, al final el arte es de todos y para todos.
Siempre había criticado esa posesión de las obras artísticas, darle un valor inalcanzable a una pieza de arte es como encerrar al espíritu en un lugar donde no pueda nutrirse de la vida, no tiene sentido, están hechos para llegar a todos fácilmente.
Esta idea de Robin Hood se mantuvo vigente hasta que dudé y me dijo: “Oriana ni siquiera sabes quién es este señor”.
Brillantemente fui a la computadora y metí su nombre en Google ¡Santo Remedio! Este señor era un dramaturgo que había tenido un auge en los 90 y que ya había desaparecido del ámbito teatral, se había dedicado a la poesía.
Decidí escribirle un correo presentándomele, y diciéndole mis expectativas de su aparición, a lo que anexe un texto pequeño que no era de mis mejores escritos pero del que estaba muy orgullosa. Le dije que si de verdad quería leer mis textos que me aceptara un café y podríamos intercambiar opiniones.
El susodicho no respondió si no a los meses, yo ya había olvidado el asunto, me había distraído en la cotidianidad de mi trabajo, tenía tiempo sin escribir.
Me respondió con su número de teléfono y una invitación aceptada del café el Viernes a las 4pm en la San Honoré.
Llevé mi libreta pequeña para escribir una que otra frase que me dijera este señor, y algunos de mis textos, llegué puntual y ahí estaba él, esperando con dos tazas de café. Yo venía sudada, atareada del tráfico, lo menos que me provocaba era una taza de café. Ahora quería un helado, siempre he tenido un fetiche de los viernes por la tarde, o me tomo un café o me como un helado. Pero hoy no era viernes de café.
Lo saludé y él sonrió, me dijo adelante.
Cualquiera que nos viera pensaría que estábamos en un reencuentro de padre e hija que llevaban años sin verse. La empatía que tuvimos desde el inicio se notó, desde ese día no pudimos dejar de hablarnos y de leernos. Quedamos en que todos los viernes a esa misma hora íbamos a sentarnos q hablar tomando un café o comiendo un helado, leeríamos mis textos y los de él.
Nunca me comentó nada sobre su familia, yo tampoco le conté de la mía, aunque el intuyó que era hija única y que me había criado una madre soltera.
Uno de esos viernes me comentó que tenía un hermano que podría leer mis textos y conseguir algo más de ellos que satisfacción personal y deleite de los amigos.
Envié el mail a su hermano a la dirección de garcíalujan@elnacional.com . No niego que para mi esa posibilidad de estar en El Nacional era como incomprensible, me gustaba escribir pero nunca estuve segura que yo estaría sentada escribiendo para ellos.
La respuesta del hermano García fue agradable y aceptó que fuera a hablar con él.
Había llegado otro viernes,  esta vez yo tenía una buena historia que contarle a mi nuevo compañero de los viernes. Su hermano me había contratado para escribir crónicas de la ciudad. El Nacional me había contrato para escribir crónicas de la ciudad.
Mi compañero de los viernes se rió y me dijo, yo lo sabía, solo estaba esperando cuando estuvieses lista para entregarte a la comunicación de esta sociedad.
Me miró a los ojos y me dijo “Escúchame bien, tu no eres ciudadana de esta ciudad, eres ciudadana del mundo, no le tengas miedo a no pertenecer a un solo lugar, o a una sola persona, tu eres un espíritu libre que necesita desprenderse, y solo te podrás desprender cuando no pertenezcas a ningún lado”
Aquellas palabras de amigo que me salía decir esta vez sonaron distintas.
Empecé a trabajar conjuntamente a mis otros trabajos, al teatro, y a mis cotidianas escrituras, en El Nacional, ahora tenía que ver de nuevo con calma aquella ciudad por la que pasaba corriendo para poder llegar al otro trabajo.
Aquel viernes siguiente estaba ansiosa por llegar a mostrarle mi primera publicación a mi amigo, pasaron las 6 y mi amigo de los viernes no había llegado, me extrañó el asunto y me fui, pensé, seguro le pasó algo y no pudo llegar.
Todos llamaron felicitándome, mi mamá con su tono emocionante de felicitaciones combinada con la voz de bebe que nunca hemos olvidado al hablar las dos juntas. Toda la familia estaba contenta a pesar de que no entendieras demasiado qué era una crónica periodística. Quizá la mayoría de los venezolanos no sabían qué era una crónica, pero el mensaje de esa ciudad les había llegado.
El siguiente viernes estuve de nuevo en la San Honoré, mi amigo nuevamente no llegó, yo estaba ansiosa para que leyera y corrigiera mis escritos, nos habamos convertido en una especie de mentor y alumna, se había convertido en un buen padre de mis letras, me había hecho ver cosas que tenía al frente y que nunca me había parado a observarlas, aquel hombre ante todo era un buen observador. Él con tan sólo observar bien, encontró en mi cosas que me habían tomado todo lo que llevaba de vida para entender.
En fin, no estaba allí. Me daba pena escribirle al jefe por su hermano. No sabía qué tipo de relación tenían.
Le escribí un mail a mi amigo y nunca respondió, le dije que volvería a ir el próximo viernes.
Y así fue aquel viernes no estaba.
Mis escritos me había llevado a varios viajes por Latinoamérica, siempre había tenido la curiosidad de conocer Latinoamérica en profundidad, y no había tenido la oportunidad
Ahora que estaba establecida decidí dejar Sudeban y me dediqué a tiempo libre a ciertos aportes para Bolivar Film.
Mi gran amor seguía ahí, al lado mío, componiendo su música, y con un estudio de grabación. Cada vez que entraba allí me sentía en casa, había un ambiente de felicidad en ese lugar, de gente que hacía lo que amaba. Yo, una ciudadana del mundo, me sentía segura, como en casa, en muchos lugares. Empecé a comprender que mi éxito en las tablas y en el periódico se debían a que había encontrado un hogar en aquellos lugares. 

lunes, 28 de mayo de 2012

De como viviendo me convertí en ser humano, por Oriana Lozada (I)


Toda mi vida creí estar caminando por el camino correcto; cada cruce estaba perfectamente meditado, en cada intersección habían árboles con suficiente raíz como para saber de dónde eran.
La mayoría de mis amigos en bachillerato no estaban muy seguros de lo que querían, yo por otro lado, lo sabía todo, nací sabiéndolo: Recuerdo que una vez escribí en mi diario a los 7 años que soñaba con ser artista. Luego me di cuenta que esa es una cualidad de todo ser en el que se habite un alma, cualquiera que tenga una desea expresar y comunicar algo, para unos es su prioridad, para otros es una eslabón más de su vida.
Pero, ¿quién sabe de verdad quién quiere ser, si nunca llega a descubrir en su totalidad quien es?
En ese trayecto de objetivos claros, me encontré con alguien que me abrió la ventana de ese mundo que yo desde hace rato había coloreado. Llegar a ese lugar era como acercarse a un cuadro que tu has pintado pero que al tenerlo al frente te preguntas ¿esto es  mío? ¿Cómo fue que llegué hasta ahí?
Tenía yo 13 años cuando descubrí un lugar, que curiosamente, quedaba a unas tres cuadras de mi casa, “La casa del artista”, ubicado al lado de Colegio de Ingenieros, tenía que levantarme un Sábado temprano para acudir a Clases de Teatro con Noel de la Cruz. Yo había llegado hasta él gracias a la sugerencia de uno de esos amiguitos que uno tiene por Messenger y que nunca ha visto en persona.
Entré a la clase, todo estaba frío, un salón enorme con paredes en vitrales donde se veía toda la ciudad, yo era la menor del grupo, por supuesto, si el más grande del grupo tendría 56 años.. Recuerdo que el grupo era como de 25 personas, el primer ejercicio era meterse dentro de una bolsa negra e imaginar que estábamos en el vientre de nuestra madre. Yo, una niña de 13 años todavía me sentía dentro del vientre de su madre.
Ejercicio tras ejercicio, yo veía que todos los adultos se ponían a llorar, que les generaba una carga emocional todas las confesiones que salían en estas clases, mientras que yo pensaba en qué tendría mi madre preparado para almorzar al yo llegar a casa.
Uno que otro ejercicio pedía que contáramos nuestra historia de vida, los adultos se sentaban y duraban una hora hablando y hasta más; mientras ellos hablaban yo solo me preguntaba ¿qué puedo contar yo? De las navidades felices que pasamos con la familia,. Todas esas personas contando sus tragedias griegas, y yo sentada pensando, con que así es la vida… con que eso no existe nada más en las películas.
En la sala Doris Wells de la Casa del artista, oscura y fría, pero más acogedora que muchos otros lugares calientes e iluminados a los que yo había ido. Esto era un mundo nuevo para una niña que ahora tenía 14 años, estaba conociendo por primera vez a unos seres humanos reales, estuve sentada por primera vez frente a la humanidad, algo que mi madre nunca me había mostrado, ella me tenía a mi en el cielo, yo por un instinto natural me quise venir a la Tierra a vivir lo antes posible.
Así que no fue después de un año que aterricé, realmente ese aterrizaje me costó varios años, uno puede llegar a creer que lo más difícil es despegar, pero podría intuir que es más difícil encontrar dónde aterrizar, cuál es tu pista y en dónde te quedarás, por más que sea el vuelo son solo unas horas, el aterrizaje conmemora el lugar donde estarás, donde te quedarás.
El problema conmigo es que nunca quise aterrizar del todo, nunca me arraigué a una Tierra, siempre fui un espíritu demasiado libre dentro de un cuerpo demasiado conservador.
Fue por eso que cuando me di cuenta, que las inclinaciones que había tenido desde pequeña de graduarme de comunicación social y ser artista no estaban erradas, si no mal interpretadas por una adolescente. Comprendí en momentos en que se empezaba a tambalear lo que siempre había querido con lo que estaba viviendo, que eran absolutamente lo mismo, con que yo quería más y todo lo que quería ansiaba que estuviesen entrelazadas.
Un día comprendí, que yo lo que de verdad ansiaba era ser comunicadora de realidades, la intuición que desde pequeña había estado sembrado en mi no estaba del todo mal, solo necesitaba madurarla. Yo sabía que había nacido para comunicar, para poner en común historias, realidades, pasiones y que el teatro, y la carrera que había escogido para mi eran los medios que había elegido para emitir esa comunicación. Más tarde comprendí que todo eso era maravilloso, pero que yo quería más medios, y no me quería quedar en uno solo, yo quería probar todos los medios para comunicarme , cada uno le agregaba distintos matices a la realidad y llegaba a diferentes personas. De lo que estaba segura es que si iba a ser una comunicadora necesitaba algo bueno que comunicar, sí y a eso me dediqué, a ir por la vida buscando qué comunicar.
A los 19 años ya tenía en mi maleta de comunicaciones, la historia de porqué a los 19 años ya estaba calva, una historia de desamor pero sin haber amado todavía,  unos cuantos cuentos de viajes llenos de locura, unos cuantos poemas sobre la amistad y el amor de una perfecta madre, unas cuantas canciones del amor que siento hacia la naturaleza,  y una extraña relación amorosa con Dios. Yo sabía que esta maleta estaba vacía, y que necesitaba urgentemente ser llenada. Yo sabía que todo lo que llevaba  cargando no era más que aquellas entremeses que te ofrece la vida que tienen un gran valor pero que solo son el inicio, el comienzo de una buena papa.
Así que me fui con mi maleta y comencé de hacer de turista en mi propia ciudad, en mis lugares favoritos, empecé a conocer lo más importante que tiene, su gente.
Ya había conocido varios grupos selectos homogéneos entre sí. Tenía dos grupos favoritos, muy distintos pero ambos lograban algo en común en mi, me sentía en casa.

Mi grupo número uno frecuenta lugares donde se come sano, les gusta tomar café con una buena charla que cuenta los últimos secretos de todos, quizá sentarnos en la estancia a hablar de nuestras últimas historias amorosas, les gusta salir a bailar, pero no se acercan demasiado a los licores, le tienen un poco de miedo a la moral que les ha inculcado la sociedad.
El segundo grupo hace años que olvidó la moral que inculcaba la sociedad, ellos  crearon una propia, pareciera que el arte los hizo conocer tanto su naturaleza, que ellos mismo escribieron las reglas de la moral.
Ambos fueron un perfecto equilibrio en mi vida, con unos tomaba café, con los otros tomaba vino, con los primeros sé qué hablábamos, con los segundos no sé de qué hablamos todo el tiempo, pero sé que después de salir de ahí era una nueva persona. Con unos cantaba y bailaba reggeaton, con los otros cantaba rancheras, ABBA.
Unos me hicieron comprender el cielo y el infierno humano, me hicieron ver normal aquello que para el grupo uno era una locura. Yo pertenecía a los dos mundos, al grupo que se reunía en Holic un viernes por la noche, o que hacían una parrilla en casa de alguno y se creía malos por estar tomando en la calle, mientras que los otros se reunían en lugares de ambiente, en una tasca en Sabana Grande,  o en las mesas de cualquier teatro y se creían buenos por estar disfrutando del licor y del derecho de vivir con profundidad su joven humanidad que parecía no desaparecer.
Con los dos me reía, de los dos me reía, no podía creer que fuera parte de dos mundo tan contrarios y de los dos disfrutara de la misma manera, no dejaba de ser en ninguno de los dos.  Yo era la unión entre estos dos grupos, a mi grupo “conservador” le enseñaba cómo vivir con mayor profundidad y amor a su naturaleza, que se dejaran llevar por los que su ser les indicaba, que estaban vivos para vivir, que se lanzaran al carril de vivir con todo; a los otros los incitaba a creer más en el bien, a confiar en que no somos del todo tan perversos como parecemos. Algunos de los dos grupos me creyeron y otros no, pero supo que estaba siendo mi rol de comunicadora una vez más, estaba uniendo dos  mundos que no se parecían y que necesitaban tener contacto sin conocerse demasiado, al final comprobé que este mundo lo que necesitaba era un poco de comunicación entre sí.
Por su puesto que este rol de Mesías sin credo se me agotó en algún momento, estaba rodeada de gente en la que había dejado semillas de sonrisas, y ellos se encargaban de devolverme de la misma cosecha que les había dado cada vez que yo me deprimía.
Los fines de semana en el CELARG, en unos dos años se habían convertido en fines de semana en el Trasnocho, luego se volvieron a  convertir en fines en el CELARG, luego se fueron a Rajatabla, más tarde a UNEARTE, en cada uno de esas temporadas de nuevos fines de semana habían una nueva Oriana, que de vez en cuando recordaba sus primeras temporadas, sus primeros grupos y se reía al recordar que jamás lo hubiese imaginado, todo lo que había sido un mito, las personas con las que no se permitía soñar porque eran demasiado grandes, las tenía en mi mesa, yo, diciéndole diminutivos a sus nombres, “Arochis” “Diana” “Señora Peñalver” “Ricardo” “Querida Gladys”. De vez en cuando me volvía a reír pensando en todos los límites que jugué a tener.

domingo, 27 de mayo de 2012

Crónica persona (IV), de Ricardo Serrano


El pueblo al que nos mudamos se llama Fort McMurray, queda al norte de la provincia del Alberta al oeste de Canadá. Fort McMurray era más chiquito qué Punto Fijo, me daba la sensación de que los pueblos me perseguían. Éste era un típico pueblo americano. Tiene un pequeño centro o downtown (como se le dice en inglés), con las tiendas esenciales, un gran río que lo atraviesa y está rodeado por un bosque de pinos. En invierno las temperaturas oscilan entre los menos veinte y menos cuarenta grados. En Fort McMurray están la mayoría de las refinerías petroleras de Canadá, ya que ahí se encuentra el crudo en las arenas bituminosas. Es el único lugar del mundo en el que el crudo se encuentra de esa manera. Miles de venezolanos habían decidido mudarse a Canadá luego del paro. Cuando llegue a Fort McMurray ya conocía a varias de las familias que ahí vivían. Se puede decir que adaptarme a esta nueva vida se me hizo más fácil gracias a eso. Pero también es cierto que si en Punto Fijo me quejaba de que era un pueblo, que conocía a todo el mundo, que me daba fastidio conseguirme a la gente en supermercado, en el centro comercial, etc; en Fort McMurray sería mucho peor. Aquí los venezolanos hacían todo juntos: hacían fiestas mensuales, iban al mismo gym, los hijos iban a la misma escuela, vivían en los mismos vecindarios. Recuerdo que las profesoras en mi colegio me comentaban que les parecía curioso que de todos los imigrantes, los venezolanos eran los que menos se adaptaban o integraban, o al menos eran los que más tardaban en hacerlo. Y esto no por la diferencia en idioma. Los venezolanos comíamos todos en una misma mesa, tomábamos juntos las clases, los venezolanos se empataban con otros venezolanos, etc. La parte negativa es que lamentablemente además de ser amigables y habladores,  algo que también nos caracteriza a los venezolanos es el ser chismosos, así que desde que llegué sentí un rechazo a esa comunidad, sin que nada me pasara en específico.
Mis recuerdos de Fort McMurray van dirigidos a mis días en la escuela, las montadas de bicicleta por el bosque en verano y las idas a esquiar en el invierno. En la escuela me reencontré con un viejo amigo, que había vivido en Punto Fijo pero que luego se había mudado a Caracas; Noé. Noé es una de esas personas que son muy buenos amigos, es fiel y mostró estar ahí para cuando lo necesitaba, en las buenas y en las malas. No era de muchas palabras cuando estábamos en grupo pero me acuerdo que se reía de todo, le daban unos ataques de risa que se caía al suelo y era difícil pararlo. Era una persona bien parecida, recuerdo que muchas veces yo intenté levantarme a chamas y me terminaban preguntando por mi amigo. Noé tiene pelo negro, tez muy blanca y unos ojos verdes muy grandes. Él vivía con su papá y una madrastra, ya que a los cinco años aquí en Venezuela le habían matado a su mamá estando con él, para robarles. Su relación con la madrastra no era nada buena, ella le prohibía tener fotos de su mamá en la casa y había botado de su casa a los dos hermanos mayores de Noé, por eso fue el único que se terminó yendo a Canadá con sus papás. Cuando llego a Canadá, los problemas en su casa se intensificaron y para escapar de ellos, Noé se la pasaba todo el día en mi casa. Luego conocimos a María, una venezolana que también acababa de llegar, y enseguida hizo click con Noé y conmigo. Decidimos tomar juntos todas las clases, porque en el sistema de bachillerato en Canadá uno elige las clases que quiere tomar. Recuerdo que usábamos como pretexto el ser inmigrantes para que nos dieran más tiempo en los exámenes. En la escuela existía un salón que era especializado para ayudar a los estudiantes que provenían de otros países que se llamaba ISL (english as a second lenguaje). Los ayudaban con la escritura, la pronunciación, la lectura, etc. María, Noé y yo siempre pedíamos que nos mandaran a hacer los exámenes ahí para que nos ayudaran a leer las preguntas. Era mentira que necesitábamos eso, los tres sabíamos leer inglés muy bien. Pero las profesoras nos creían y nos entregaban los exámenes en la mano para que fuéramos al salón de ISL, y en el trayecto al salón nos copiábamos todo el examen. Canadá, y Fort McMurray en particular, es un lugar de oportunidades. Está ranqueado entre los lugares con mejores sueldos en el mundo y constantemente están buscando gente para que vaya y trabaje en las refinerías y comercios. La mayoría de los venezolanos sentía que se habían sacado la lotería al mudarse allá. Mi mamá logró obtener el puesto de gerente de la refinería. De nuevo las cosas volvían a dar un giro positivo en mi casa. Pero había algo que no estaba bien, yo sentía que me había ido del país sin cerrar un capítulo. Todos los días me metía en la biblioteca de mi escuela para leer Globovision por internet. Cuando en el 2001 cerraron RCTV y salieron los líderes estudiantiles a protestar, yo sentía que debía estar ahí. Extrañaba a mi país, todos mis trabajos en la escuela eran sobre Venezuela, a todos les hablaba de mi país. Cada cosa que veía en Canadá enseguida la relacionaba con Venezuela y me preguntaba: ¿Por qué no hacer esto allá? ¿Como quedaría?
Fue así que cuando me gradué, senté a mis papás y les pedí que me apoyaran en la decisión de venirme; y lo hicieron. Fui el tema de qué hablar por la comunidad venezolana de Fort McMurray ese verano de 2008. Los amigos de mis papás les preguntaban que por qué me dejaban ir. Me enteré de que muchos otros decían que era un acto de irresponsabilidad el dejarme regresar a Venezuela, otros me consideraban un rebelde sin causa. La verdad es que ni yo sabía si lo que estaba haciendo tenía sentido, pero no quería después preguntarme el “¿y si…?” Además, si hay una etapa para meter la pata y ser rebelde, inventar, explorar, soñar y luchar por los sueños, es la adolescencia.
 Me mude a Caracas a finales del 2008. Al principio viví con mi abuela en Santa Mónica. Ese primer año lo dividí entre hacer la reválida  de bachillerato y dedicarme a lo que quería hacer cuando extrañaba Venezuela; trabajar en la política. Me presenté en Súmate y logré trabajar con ellos por varios meses. Fui representante de esa ONG en varias parroquias de Libertador, incluso logré salir en dos programas de TV y en una entrevista de radio. Pero luego de quedar en la Monteávila decidí mudarme a El Marqués.
Lo cierto es que cuatro años después, puedo decir que hay días en los que me arrepiento de la decisión y otros en los que no. Me encanta mi universidad y la carrera, pero me decepciona ver el nivel de apatía que existe en los jóvenes, nunca fue lo que pensé encontrar. Este año se me vence mi residencia canadiense. Para el gobierno de Canadá es un insulto que uno voluntariamente la pierda, así que será un proceso difícil volverla a pedir o pensar en ser ciudadano canadiense en un futuro. Se puede decir que dejé todo por mi país, me alejé de mi familia y rechacé una oportunidad de vida en un país que me aseguraba estabilidad económica y calidad de vida. Muchas veces me pongo a escuchar la canción de Billy Joel; “Vienna”, y me doy cuenta de que, como a la mayoría de las personas, la juventud se me está pasando volando y que tal vez estoy tan sumergido en la rutina que no me doy cuenta.  Creo que como el común de las personas, tengo ganas de ser algún día respetado y reconocido por mi trabajo. También me preocupa mi estabilidad económica, mi carrera no es conocida por dar buenos ingresos y menos en este país. Lo cierto es que si algo he aprendido a mis 22 años, es que parte de madurar esta en aceptar los fracasos. Me pregunto si este camino que tomé será el que me llevara al éxito. No lo sé, sólo espero que algún día puedan pedirme hacer otra crónica de mi vida, y que con gusto diga que tengo una vida con la suficiente relevancia para no dormir al lector, como sé que ésta lo hará con el que se atreva a leerla.