Robert De Niro me persigue por toda Sevilla. Lleva a todas partes un vaso con whisky y hielo. Cada vez que me encuentra me dice:
–El carácter no se regala.
Cuando me subo a un autobús me gusta sentarme de espaldas al camino: el vértigo (si escribes vértigo en Nokia se te interpone testigo, si escribes ateísmo se te interpone budismo), el vértigo, repito, de avanzar hacia atrás, es bello. Hablando de autobuses sevillanos (apartando el hecho de que todos hieden): cuando digo “Tomo el autobús”, todo el mundo piensa que me lo bebo. ¿Por qué? Pasa que ahora soy extranjero, siempre. El Orinoco por el Guadalquivir, América Latina por Andalucía. Pero Lucía no quiere andar todavía. Aunque soy feliz, qué carajo.
Pero no era eso de lo que quería hablar ahorita. Vine a hablar de la ciudad anterior: Maracay. De las que resultaron ser, quizá, mis dos despedidas.
Despedida del domingo: 13 de marzo de 2011. La hora exacta no la recuerdo, digamos que era pleno “atardecer de un ocaso crepuscular” (como se titula el libro del poeta Luis Carlos Álvarez Fresón, invención de mis venerados Les Luthiers). Paseaba con Raúl en bicicleta, en la que resultó ser “Una ronda nocturna sin destino, hermano”, alrededor de una Maracay un día después del Apocalipsis (que mañana lunes recomenzaría). Dimos vueltas por el Centro, un Centro peligrosamente en calma, vacío, sucio, hermoso, tenue, silencioso. Raúl no, porque estaba acostumbrado, pero yo sí puse a prueba mi ingle sobre una trayectoria accidentada. Una semana antes de dejarla, Maracay era la misma y era otra: la silueta del hombre se interpuso a la silueta del niño (o digamos que la silueta del niño se ensanchó de pronto, ya ni sé). Y a pesar de que no había nadie en sus calles, estoy seguro de que todo el mundo estaba allí, escondido, sin querer decirme adiós. Llegamos hasta Las Delicias. “Quiere llover, cachetón. Vamonós”, dijo Raúl. El espeluznante misterio místico de una expresión como “Quiere llover”. Mierda. Jonathan diría después que también los dioses relajan sus vejigas.
Despedida del lunes 14: el día llegó y salí a enfrentarlo, dichoso: aullidos de cornetas, frenazos, rugido y llanto de motores, humo muerto, multitudes felicísimas y tristísimas tropezándose, invadiéndose, negociándose, ayudándose, gritándose; basura viva, perpetua; estruendosa música popular omnipresente; paisaje urbano deteriorado, recompuesto, vuelto a deteriorar; nombres, apellidos, promesas, proposiciones, juramentos en cada pared (desde mediados del siglo XX, blancos, amarillos, verdes, rojos), en cada poste de una Maracay que me arrastra, me trae un autobús, me monta y me cruza por varias esquinas hasta desaparecerme.
El aire de la ciudad está hecho de derrota y frustración, de solidaridad y afecto, de violencia y cuidado, de buenas intenciones mezcladas son sed. Y aunque el caos parece para siempre, es mientras tanto. Absolutamente todo parece mientras tanto. Y no llovió, por cierto.
Volviendo al autobús, primero:
–Buenos días, mi gente. Ando por aquí para que me conozcan. Mi nombre es [no pude retenerlo]. Quiero ser presidente. Por eso estudio bastante. Ayúdenme con algo ahí mientras tanto, ¿sí? –dijo un adolescente que apareció de la nada, liceísta. Los pasajeros se rieron y casi todos le regalaron unas monedas. Yo no. Bajó y se reunió con su grupo de compañeros. Chocaron las manos y corrieron. Carcajadas y tropiezos. “Una de Superior”, pensé, “Con suerte, Pampero, o Gran Reserva”. No vale la pena que repita aquí las impresiones de la gente apenas se hubo marchado el pequeño prospecto de primer mandatario. No.
Y después:
–En los días buenos le va bien a todo el mundo. En los días malos le va bien al que se esfuerza –dijo el señor (ojos azules, rubio, largo y fuerte, andrajoso, en muletas) una vez se incorporó bien en el estribo, e inmediatamente después ofreció su mercancía, alta en el aire, sucedida por la fetidez de una axila evidentemente poco ventilada: un bocadillo de plátano por 2 Bs. Entregó una muestra obligada, impuesta, forzada, el coño de su madre, a cada pasajero. Soltó la perorata de los favores del producto, la oferta exclusiva, irrepetible. Nadie le compró: gente cruel, incluyéndome. Recogió los bocadillos uno a uno, con una sonrisa demorada. Se bajó.
Lo esperaba, detrás, atragantados todos de gente terrible y preciosa, un centenar de autobuses más.
Y así, bicicleta y autobús, fue como me despedí, quizá, de Maracay.
–Con que el carácter no se regala, eh, Robert.
–Así es.
–¿Qué es carácter, Robert?
–No lo sé. Décadas siendo actor y no lo sé. Además sólo me pagaron por decir que no se regala.
–Entiendo.
–Sí.
–…
–…
–Robert…
–Dime.
–El carácter es una ciudad.
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